El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Ydra no tenía ni de lejos la influencia de Shaelwyn, Enadra, Cyssia o Usstra, pero, siendo la mayor partidaria de Olerra, debía mantener una reputación: la de una mujer amarriana dominante.

Solo los dioses sabían lo que haría Glenaerys si descubriera que el harén de Ydra era una tapadera.

Que en realidad se «rebajaba» al cuidar y proteger a aquellos muchachos de quienes les harían mal a tan tiernas edades.

—¿Por qué tenías que meterte? —le susurró Olerra a Ydra, que estaba sentada a su lado.

La mujer adoptó una expresión de falsa inocencia.

—¿Perdón?

—Él no quiere un trato especial. No le gusta que lo corteje. ¿Por qué tenías que decirle que es mi seul? Eso lo tenía que saber el resto de la nobleza. El no. Es… delicado.

—Tan solo quería acelerar un poco las cosas. Ayudarte a que no estés tan tristona y te puedas centrar en otras cosas.

—Pues lo único que has conseguido es que todo sea más incómodo.

Ambas se giraron hacia el asiento vacío junto a Olerra. Andrastus había preferido sentarse junto a los chicos en lugar de a su lado. El príncipe estaba charlando con Jurn, que se reía con cada cosa que decía.

—Lo siento. —Ydra estaba descompuesta—. Pensaba que te ayudaría.

—La próxima vez que quieras ayudar, dímelo primero.

La comandante apartó su plato e hizo un mohín.

Cuando trajeron el siguiente plato, a todos se les hacía la boca agua con el aroma del venado asado.

—¿Sabes qué, Olerra? —dijo Ydra en voz alta, clavándole el cuchillo a su ración—. Me has inspirado. Creo que va siendo hora de que planee el secuestro de un marido para mí.

El silencio invadió el salón. Andrastus se quedó quieto con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Qué haces? —preguntó Olerra en voz baja.

Ydra la ignoró y se giró hacia Andrastus.

—¿Te sientes solo, príncipe? ¿Te gustaría que trajera a alguno de tus hermanos a Amarra?

Él se quedó helado.

—En absoluto.

—¿Que en absoluto te sientes solo o que en absoluto quieres que me quede con uno de tus hermanos?

Andrastus miró hacia abajo, cortando metódico la carne con su cuchillo. Quizá no se lo tendrían que haber dado, pero Olerra estaba segura de que entre Ydra y ella se lo podían quitar antes de que hiriera a nadie, llegado el caso.

—No te gustarían —respondió él.

—¿Y eso por qué? —preguntó Ydra.

—Demasiado mayores para ti.

—¿En serio? —La mujer no se ofendió—. ¿Cuántos años tiene el pequeño?

—Dieciocho.

—Ajá… Solo por hipotetizar —siguió ella—, digamos que estoy dispuesta a meter a un hombre en mi cama por fin. ¿A qué hermano me recomendarías?

—No vas a tocar a mis hermanos, Ydra.

—Pensaba que te haría ilusión tener a tu familia cerca.

—Pueden venir de visita —insistió él.

Ydra miró a Olerra con unos ojos que decían «no hay manera con él».

—Deja de ayudar —le dijo la general a su amiga con un susurro a gritos.

—Vale —contestó Ydra.

Tan solo se oía a los jóvenes masticando y el sonido de los cubiertos contra los platos.

Olerra decidió romper el silencio:

—¿Me cuentas algo de tus hermanos?

Andrastus ponderó la pregunta antes de mirar a Ydra con preocupación.

—No va a secuestrar a ninguno —le aseguró—. Ydra aún no está lista para un marido, ¿verdad que no?

—Supongo —respondió ella, y dio un sorbo de su copa.

Andrastus inspiró.

—Canus es el tercero —dijo—. A veces es…

difícil. Sin duda es con el que peor me llevo.

Padre todavía no le permite unirse a la batalla contra los efenos, así que tiene por costumbre visitar a los herreros para aprender de armamento.

Entrena bastante con los guardias de los barracones. Se muere por demostrar su valía.

—Si a ti no te cae bien, quizá me gustaría —señaló Ydra.

Olerra le lanzó una mirada de advertencia.

—Trantos es el cuarto —siguió Andrastus, ignorando el comentario de Ydra—.

Es algo salvaje. Siempre está desaparecido.

Siempre llega tarde a todo. La verdad es que no sé qué hace con su vida, pero tiene un corazón pacífico.

No es que no haya sido entrenado como los demás; simplemente, él prefiere no luchar.

»Ikanos es el más joven y, cuando está borracho, recita unos poemas absolutamente horrendos. Sigue trabajando con instructores y no sabe qué quiere hacer con su vida. Aunque tampoco es que tengamos mucha elección. Padre tiene nuestro futuro completamente planeado.

Andrastus se llevó a la boca otro pedazo de comida.

—¿Y qué hay del príncipe heredero? —preguntó Olerra—. De Sanos no has dicho nada.

Él la miró a los ojos y dijo:

—Sanos no te gustaría.

Las palabras no acompañaban al tono de su voz.

—¿Y eso por qué?

—Es problemático. Calculador. Un luchador.

—A mí sí que me gusta cómo suena eso —dijo Ydra—. Una lástima que secuestrar al heredero haría estallar una guerra.

—No le gustarías —dijo Andrastus con seguridad.

—Supongo que lo sabremos cuando venga de visita —respondió Ydra.

El príncipe atravesó a la amiga de Olerra con la mirada.

—Hale —le susurró Ydra a la general mientras ella se limpiaba con una servilleta—. Ahora está enfadado conmigo y no contigo. De nada. Prepáralo para la fiesta.