El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Al principio, Sanos sintió que las mejillas le ardían.

Olerra le había contado a Ydra lo que había ocurrido entre ellos.

Era humillante. Después, la rabia lo dominó.

¿Cómo se atrevía Ydra a enfrentarse así a él e interrogarlo acerca de su privacidad?

Por último, llegó a una terrible conclusión.

¿Era eso lo que estaba esperando Olerra cada noche antes de despedirse?

Quería que él la invitara a… ¿a qué? No era sexo.

Ella aún estaba preparándose, así que tenían que ser otras cosas.

Cosas que probablemente tuvieran que ver con el enorme espejo que había instalado en su cuarto.

Olerra quería una invitación. Por las tetas de Amarra, le había estado dando espacio, pero también la oportunidad de…

Y él no se había dado cuenta de nada.

¿Cómo cojones iba él a saber eso? Ni que fuera un puto mentalista.

En vez de decirle eso a Ydra, se puso a la defensiva.

—Eso a ti no te importa.

—Falso. Olerra es la mejor persona que conozco, así que me importa ayudarla a ser feliz. Te estás conteniendo con ella. La estás obligando a esforzarse más de lo que debería para poder hacerse con el trono. ¿Por qué?

—Me ha secuestrado —le recordó él.

—Por todos los dioses, supéralo. Es posible que ese fuera el principio de vuestra relación, pero no tiene por qué ser el final. Debes tratarla mejor. No te haces una idea del honor que te ha otorgado.

—¿Por qué? ¿Porque soy su primer marido? Qué suerte la mía. Creo que me sentiré menos especial cuando empiece a llenar de conquistas el resto de las habitaciones.

Ydra dio un paso hacia él.

—Crío estúpido.

—Estoy bastante seguro de que soy mayor que tú.

—Y, aun así, te comportas como un crío. Olerra no tiene un harén como yo. Esta misma semana te ha declarado su seul. Es un honor que se suele reservar a una sirem, que elige a una sola mujer como esposa, tal y como ha hecho la reina.

—No lo entiendo.

—No va a tomar más hombres para su harén. Tan solo a ti por algún insondable motivo, gilipollas.

Antes de que a Sanos pudiera ocurrírsele una respuesta, apareció Olerra. Les dedicó una sonrisa.

—¿Conociéndoos mejor?

—Sí, Andrastus es un encanto —dijo Ydra, con un tono tan convincente que Sanos casi se lo creyó.

—Me alegro tanto de que lo pienses… —Olerra deslizó un dedo sobre el brazalete del príncipe—. ¿Y tú qué opinas de mi hermana elegida?

—Es… ¿Qué es un seul?

Ydra se marchaba, y Olerra giró el cuello hacia ella tan rápido que a Sanos le sorprendió que no se hiciera daño.

—¿Dónde has aprendido eso?

—Puede que Ydra lo dejara caer.

Olerra puso los ojos en blanco.

—Es cuando una mujer elige a una sola pareja con la que pasar la vida. Con la que acostarse.

—¿Y tú me has elegido a mí? —preguntó él, en una voz que apenas fue un murmullo.

Olerra asintió una vez.

Sanos tenía que saberlo:

—¿Lo decidiste antes o después de haberme secuestrado?

¿Era por Andrastus o por él?

—Después.

La respuesta le rompió todos los esquemas. No tenía sentido. Apenas lo conocía, pero había proclamado que era especial para ella.

—¿No querías que lo supiera? —le preguntó.

—Cuanto más afectuosa me muestro contigo, más pareces alejarte.

Era cierto. Incluso en ese momento, Sanos sentía el urgente deseo de salir corriendo. No podía enfrentarse a las emociones que Olerra despertaba en él ni asumir que los días que había pasado con sus soldados habían sido de los mejores de su vida.

Si su padre llegara a descubrirlo…

Quizá Olerra lo estaba viendo hundirse en la corriente de su pensamiento porque se apresuró a añadir:

—Es porque mi prima va por delante, y necesitaba hacer algo drástico para ganarme a la nobleza.

—¿Y cómo va a hacer esto que te ganes a la nobleza?

—Ya te lo dije. Si se creen que estoy perdidamente enamorada de ti, no me verán débil por haber recibido esa paliza en tu lugar. Es una treta, Andrastus. Tan solo tú y yo sabemos realmente cómo es nuestra relación.

¿Lo sabían? ¿Lo sabía él?

Olerra había renunciado a acostarse con otros hombres por él.

No.

No por él, por un trono. Sanos haría eso y mucho más si así se convirtiera en rey de Brutus.

¿Y, entonces, por qué pensaba Ydra que eso no era todo?

Sanos quería preguntárselo, pero no estaba dispuesto a admitir que le estaba dando tantas vueltas.

—No es solo eso —dijo Olerra, interrumpiendo sus pensamientos—. Tengo que pedirte algo, y necesito que te lo tomes en serio.

—¿Qué?

—Mi prima va a dar una fiesta. Tenemos que ir juntos. Tenemos que parecer dos enamorados, y necesito que te hagas notar entre los hombres de su harén.

—¿Qué? —repitió Sanos.

—En las fiestas, es normal que los hombres muestren sus talentos. Actúan durante la noche. Es la oportunidad perfecta para que demuestres que eres mejor que los hombres del harén de Glen. ¿Quizá podrías recitar algún poema que te guste? ¿Hacer algo ante todos para hacer que te aprecien?

—Recitar un poema —repitió él.

—Sí. Tengo entendido que hacías recitales que emocionaban a todo el público.

«Mierda».

Sanos intentó pensar con rapidez.

—Pero no a mucha gente. Audiencias privadas. Yo no…

—Andrastus, por favor. Lo necesito. Mi pueblo lo necesita.

Por primera vez desde que la conocía, el príncipe quería hacer lo que le pedía.

Ahora sabía lo que estaba en juego, lo que ocurriría si era Glenaerys y no Olerra quien ascendía al trono.

Y una pequeña parte de él quería hacerlo simplemente porque se lo estaba pidiendo.

Se dijo a sí mismo que era porque, cuando fuera rey de Brutus, preferiría lidiar con Olerra que con Glenaerys como reina de Amarra.

Si podía hacer que aquello ocurriera antes de escapar, ¿por qué no hacerlo?

Sanos respiró profundo.

—Necesitaré algunos libros de la biblioteca.

—Sí, por supuesto. ¡Todos los que necesites! Se lo diré a tus escoltas y no te molestaré.

Fuera cual fuese la expresión que reflejaba el rostro de Sanos, Olerra debió de pensar que necesitaba algo de ánimo:

—Creo en ti —le dijo—. Sé que puedes hacerlo.

Él apretó la mandíbula.

—Me la vas a deber.

—Encantada.

A pesar de que había una biblioteca en el gimnasio, a Sanos, como futuro marido de Olerra, le permitieron entrar en la biblioteca real. Le había dicho que allí había textos brutos y que quizá encontraría algún «favorito» entre ellos. Como poco, Sanos esperaba encontrar algo que reconociera.

Poesía.

Puta poesía.

Sanos podía narrar las grandes guerras de su pueblo. Era capaz de enumerar fechas y personajes, de recitar las maniobras que los habían llevado a la victoria en grandes batallas.

Pero ¿poesía?

La poesía no había formado parte de las lecturas obligatorias de su educación, y no estaba en su naturaleza acercarse a ella. Y ahora tenía que aprenderse algo de memoria. Y, encima, recitarlo con arte.

Aquello no iba a funcionar.

Deseó poder pedirle ayuda a Andrastus. Añoraba muchísimo a sus hermanos, incluso a Canus.

¿Cómo se las estarían apañando sin él? ¿Estaría su padre aterrorizando a Andrastus? ¿Culparían a sus hermanos de su desaparición? ¿Estaría el rey manteniéndolo todo en secreto, o tendría a todo el reino buscándolo? Se moría por tener noticias de su hogar. Las que fueran.

Deseaba traer a su madre y su hermana a Amarra con él.

La idea lo alteró.

Era la primera vez que pensaba en llevar a su familia hasta allí en lugar de en volver a casa.

Había sido por accidente, estaba claro.

Estaba literalmente prisionero.

Pero no le habían pegado ni una sola vez. Había tenido peleas, pero nada como en el campo de batalla. Las amarrianas, sus supuestas enemigas, lo estaban tratando mejor que su propio padre.

Olerra lo protegía de la amenaza de su prima. Sanos se dio cuenta de que, al secuestrarlo, también lo estaba protegiendo de su padre, aunque no lo supiera.

«Pero no hay nadie que proteja a mi familia».

Y aquel lugar era horrible. Sanos se obligó a recordar el pozo y el mercado. Aunque también era cierto que Olerra tenía intención de desmantelar aquellas barbaridades y hacer de Amarra un lugar mejor para sus gentes.

Pero solo si era nombrada heredera, y para que eso ocurriera, lo necesitaba.

Se encontraba atrapado, pero podía ayudar a Olerra a conseguir su trono.

Con poesía.

Se hizo con una pila de libros y empezó a leer.

Olerra se invitó a la casa de Ydra para cenar. Apenas había podido pasar tiempo con su amiga últimamente, y viendo que Andrastus disfrutaba de sus salidas del palacio, se lo llevó consigo.

Además, quería hablar con su hermana elegida.

La mesa en la que sirvieron la cena se encontraba repleta de aves rellenas, panes cubiertos de hierbas y verduras asadas empapadas en las salsas de las carnes.

El enorme salón de Ydra podía alojar a la corte casi al completo, pero ellos ocupaban tan solo uno de los extremos.

Además de Olerra, Ydra y Andrastus, a la mesa estaban sentados cinco miembros del harén de la anfitriona.

Eran mayores y de confianza, y se podía contar con que no revelarían el verdadero propósito de su harén, aunque Olerra sospechaba que Andrastus ya había adivinado qué ocurría en aquella casa.