Capítulo 19
S anos llevaba toda la vida entrenando para ser un maestro con la espada, pero había tenido que ser cuidadoso. Podía entrenar con otros hombres. Guiarlos. Pero no podía ser su amigo. Tenía fama de ser más o menos solitario, aunque cayera bien.
Estaba claro que Olerra era amiga de muchas de sus soldados. Las saludaba por su nombre. Les preguntaba por sus familias. Ellas, por su parte, le preguntaban por cómo iban las cosas con… bueno, con él.
La princesa sonrió y se giró hacia Sanos.
—¿Qué tal marchan las cosas? —le preguntó, obligándolo a responder.
Él entrecerró los ojos, ponderando si lo estaba retando a que dijera la verdad o si querría que se le ocurriera alguna increíble mentira.
—No van mal —dijo, por fin.
Las mujeres se rieron.
Olerra entrenaba junto a sus soldados, corriendo, luchando, sudando.
Aquellos días, Sanos había tenido que dejar el entrenamiento en manos de sus hombres, ya que él estaba en su tienda preparando la estrategia para su próximo movimiento en la guerra.
Pero Amarra no estaba en guerra, por lo que Olerra tenía libertad para hacer con su tiempo lo que quisiera.
La envidiaba. Sanos estaba harto de la guerra. Al menos el desvío a Amarra le estaba ahorrando las masacres de la vanguardia. Además, estaba pudiendo dormir como nunca.
Cuando Olerra lo vio observando a sus tropas entrenar, le preguntó:
—¿Te quieres unir?
Debió de asentir, porque le retiraron las cadenas. Le dieron una espada de madera de entrenamiento.
Aprendió con rapidez, observando a las mujeres a su alrededor, y comenzó a moverse como ellas. Patada. Empujón. Corte. Pivote. Bloqueo.
Los entrenamientos eran distintos a las formas de combatir de los brutos, pero le gustaba la idea de aprender cómo luchaban las amarrianas. Le vendría bien para la próxima vez que tuviera que enfrentarse a una.
Olerra se colocó junto a él en la primera línea, dejando a Ydra liderando el entrenamiento. No le dijo ni una palabra, tan solo siguió practicando a su lado. Corte a la derecha. A la izquierda. Vuelta. Salto. Esquive.
Estaban bailando, y Olerra cautivaba sus sentidos. Se movía con tal gracia que le resultaba imposible apartar la vista de ella. Su cuerpo era fluido; su espada, firme. Sanos se preguntó si sería capaz de vencer a su padre.
El príncipe se cansó antes que el resto, pues no estaba acostumbrado a pasar largas horas entrenando en su nueva vida de palacio. Se excusó del resto y fue a estirar. Un eunuco le ofreció agua.
Pasó el resto del día sin cadenas. Por la noche, sin embargo, los eunucos se las colocaron de nuevo. Volvía a estar atado a su cama, pero de la forma cómoda, de manera que podía moverse mientras dormía.
Olerra entró en su habitación. Llevaba un camisón holgado de un material muy fino. Le podía ver los pezones a través de la tela.
Por los dioses.
No se acercó a él.
—Hoy parecías estar feliz —le dijo.
—He disfrutado —corrigió él.
—Me alegro. ¿Te gustaría entrenar con nosotras mañana también?
—Sí.
Hubo otra pausa. Exactamente igual que la noche anterior. Como si estuviera esperando a que dijera algo. No sabía qué quería de él.
—Buenas noches, príncipe.
Y se fue tan rápido como había llegado.
Olerra se sentía como una idiota. Quería provocar momentos de intimidad entre ella y el príncipe, pero sabía que era él quien debía tomar la decisión.
Tenía que pedírselo. Así que, cuando no dijo nada, cuando no le pidió nada, se fue.
Pero no sin asegurarse de que lo volvería a ver al día siguiente en la zona de entrenamiento.
Le había gustado verlo tranquilo. Le había encantado verlo sin cadenas y con un arma en la mano, aunque fuera una inofensiva.
Sus tropas no le habían dirigido la palabra, pero lo habían aceptado porque era suyo.
Tal vez su relación por fin pudiera empezar a ser amistosa. A Andrastus le gustaba. A él no le gustaba que le gustase. Y ella lo sabía. Sabía que aún tenía mucho que reflexionar. No podía hacer más que darle tiempo.
Mientras tanto, Olerra siguió ensanchándose con el siguiente falo más grande de la caja.
Pensaba que ese era un dolor al que se llegaría a acostumbrar, pero no era así.
De modo que se obligó a pensar en otras cosas.
Pensó en cómo Andrastus y ella habían reforzado al pueblo con su presencia, repartiendo monedas para que todos lo vieran.
Sus tropas llegarían a apreciarlo, se ganaría su respeto al entrenar con ellas.
Era algo que no había previsto, pero con lo que estaba bastante contenta.
Tan solo quedaba ganarse el favor de la nobleza después del… contratiempo.
Andrastus se portaba bien cada mañana durante los desayunos, pero el daño ya estaba hecho. Al parecer, era tan evidente que su tía terminó convocándola.
La reina Lemya se encontraba escribiendo sobre un pergamino con su pluma cuando dejaron pasar a Olerra sus aposentos. Toria estaba leyendo en un diván, con sus largas piernas estiradas frente a ella.
—Tía —dijo Olerra con una pequeña reverencia, aunque la reina no la estuviera mirando.
—Has perdido a Cyssia y a Usstra.
—Lo sé.
—Tan solo cuentas con el apoyo de un cuarto de la nobleza, con suerte, y se acaba de decidir que se elegirá a la heredera en el aniversario del Don de la Diosa.
A Olerra se le cayó el alma a los pies.
—¿Tan pronto?
Apenas quedaba un mes para la fecha.
—Shaelwyn ha estado presionando para se haga cuanto antes, ya que Glen cuenta con la mayor parte de los apoyos ahora mismo. Parece que la mayoría está de acuerdo.
Olerra miró hacia abajo. Se sentía avergonzada. No por lo que había hecho por su príncipe, sino porque estaba perdiendo una campaña que tenía que ganar.
—Tenía que salvarlo, tía. Por mi honor. Tardé más en recuperarme de lo que había pensado. Sabía que Glen se aprovecharía de mi ausencia. No sé cómo solucionar esto. No sé cómo recuperar su favor.
—Tendrías que haberlo dejado morir. Quizá te guste demasiado. Pero lo hecho, hecho está. Así que esto es lo que va a pasar. Glen acaba de anunciar que dará una fiesta para celebrar su relación con su soldadito. Tu hombre y tú tenéis que robarle todo el protagonismo. Toda Amarra depende de ello.
—¿Cuándo es la fiesta?
—Dentro de una semana.
—Estaremos listos.
—No espero menos.
Toria le dedicó un gesto empático de despedida y Olerra se lo devolvió.
No sabía cómo iba a conseguirlo. Le gustaban las fiestas, pero solo cuando tenía libertad para pasarlas con la gente a la que apreciaba.
Competir con Glen no sonaba divertido. ¿Y Andrastus?
¿Qué tendría que hacer para conseguir que cooperara?
¿Debería prepararlo para la fiesta o llevarlo sin preámbulos?
Por el momento, se guardó sus pensamientos.
Necesitaba reflexionar.
Sanos ya llevaba cuatro días acompañando a Olerra a su trabajo y sus entrenamientos, y conociendo a algunas de sus soldados.
Las capitanas de Olerra empezaban a desarrollar un aprecio particular hacia él.
Entre ellas estaban Meyla y Riakah, que eran pareja.
Sirem, las llamaban. A las mujeres a las que les gustaban las mujeres.
Luego estaba Lumen, a quien Sanos aprendió a referirse no como «él» ni «ella», sino como «elle».
El término amarriano era madereo. A Sanos le gustaba hablar con Lumen, porque siempre tenía cosas nuevas que enseñarle.
—Sois fuerte para ser un hombre —le dijo Meyla.
—¿Eso es un cumplido? —preguntó Sanos.
—Evidentemente.
—Gracias, entonces.
—Es una lástima que vayáis a ser un marido —dijo Riakah—. Le vendríais de perlas al ejército.
—¿Los maridos no pueden ser soldados? —preguntó él.
Las mujeres intercambiaron una mirada.
—Técnicamente, no hay ninguna norma que lo impida —explicó Lumen, uniéndose a la conversación—. Pero sería… muy inusual.
—¿Por qué?
—Bueno, la mayoría de los maridos prefieren una vida de lujos. Tienen todo lo que necesitan y, en vuestro caso, ni siquiera sois amarriano. ¿Por qué querríais luchar por nuestro reino?
—Para tener un propósito —dijo Sanos—. ¿No deberían todas las vidas tener un significado?
Las mujeres se rieron, pero Lumen se inclinó hacia delante.
—Algo que diría alguien que no ha tenido que trabajar ni un solo día de su vida para poder tener comida y un techo.
—Hay gente —replicó Sanos— que necesita cubrir sus necesidades básicas para poder gobernar y cambiar la situación de su pueblo.
Riakah se rio.
—¿Qué habéis cambiado vos para los pobres brutos?
Bueno, todavía nada. Pero, cuando regresara, las cosas cambiarían.
—Lo que pensaba —dijo Riakah.
—¿Qué está pasando aquí?
Los tres soldados se pusieron en pie y colocaron un puño sobre sus corazones.
—Comandante —saludaron a Ydra, que se acercaba.
—¿No estarás causando problemas? —le preguntó ella a Sanos, que aún se encontraba sentado a la hoguera que habían usado para cocinar la comida.
—No —respondió él.
—En pie.
Sanos obedeció.
—Si vas a entrenar con nosotras, será mejor que aprendas a comportarte como nosotras. Cuando una oficial superior se acerca, le muestras respeto.
Sanos asintió e imitó el gesto que había hecho el resto. No sabía por qué, pero le resultaba más fácil acatar órdenes de Ydra que de Olerra. Quizá porque Ydra no estaba intentando acostarse con él.
—Me gustaría hablar con el príncipe, por favor —dijo la comandante.
Meyla, Riakah y Lumen se marcharon.
Sanos no sabía qué esperar cuando se quedaron a solas. Sabía que Ydra lo odiaba por lo que había pasado con Glen. Sabía que era leal a Olerra, así que no corría riesgo físico por estar cerca de ella. Quizá le quería gritar un poco más.
—¿Por qué te contienes con ella? —le preguntó.
—¿Disculpa?
—Olerra dice que puedes rendir. —Ydra lo miró de arriba abajo—. Y de manera admirable, además. Así que, ¿por qué te mantienes distante? ¿No crees que mi hermana sea hermosa? ¿No te gusta su carácter? ¿Por qué no le has vuelto a pedir que intiméis físicamente?