El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Los eunucos lo devolvieron a sus aposentos, y Sanos vio de inmediato el jarrón con las flores.

«Un pétalo por cada vez que he pensado en ti».

Sacudió la cabeza y miró alrededor, esperando a que los eunucos lo ataran a algo. Pero no se movían. No, lo observaban expectantes, y el príncipe se dio cuenta de estaban esperando a que escondiera el cuchillo.

Sanos miró en torno a la habitación y se percató de inmediato de la presencia de una novedad. Un espejo gigantesco iba del suelo al techo en la pared frente a la que Olerra lo había follado hasta dejarlo sin sentido.

Notó que le subía la temperatura, aunque desvió la mirada con rapidez para evitar que los eunucos notaran su cambio de actitud.

¿Dónde podía esconder su recién adquirida arma?

La chimenea fue su primera opción, pero no tenía ningún ladrillo suelto. Después, pensó en el somier de la cama, o las tablas del suelo. Sabía que sus primeras ideas serían también donde miraría Olerra en primer lugar.

Entonces su atención cayó sobre la puerta, la que daba a los aposentos del resto de los miembros del harén de Olerra, cuando los eligiera.

Pasó al cuarto contiguo. No debería de tener razones para registrar aquella habitación si nadie la estaba ocupando.

Nadie iría a encender el fuego o a preparar la cama.

Sanos enterró el cuchillo bajo las cenizas del hogar.

Después, se lavó las manos en el cuarto de baño contiguo a su habitación.

En el momento en que hubo terminado, los eunucos lo ataron y se marcharon. La mirada de Sanos se desvió inmediatamente hacia el espejo. Podía ver su reflejo desde la cama. No solo Olerra podría verlo a él, sino que él podría verla a ella mientras se la follab…

La puerta se abrió y Sanos apartó la mirada con rapidez; no quería que Olerra adivinara sus pensamientos.

—Buenas tardes, príncipe. ¿Te ha gustado mi regalo? —Su voz sonaba cálida y sensual.

Sanos tardó demasiado en contestar; se preguntaba si se refería al espejo o a las flores.

—No eran… necesarias.

—¿No te gustan las flores? —La general parecía realmente decepcionada.

—No he dicho eso. Es solo que no necesito flores.

—Nadie necesita flores. ¿Te han gustado?

Cuando por fin la miró y se fijó bien el ella, la observó con atención.

—¿Qué te ha pasado?

Olerra se crujió el cuello de lado a lado.

—He tenido un par de peleas con algunas de mis soldados. No te preocupes. Las he ganado todas.

Estaba cubierta de arañazos y tenía algunos moratones, pero no eran tan graves como cuando Glenaerys le había pegado aquella paliza. Esa vez parecía más viva, no menos. Con todo, no le gustaba ver sus heridas. Tenían pinta de ser dolorosas. ¿Cómo podía estar de tan buen humor?

—No temas, príncipe, deberías ver a mis capitanas. Esto es lo que hacemos las mujeres. Nos retamos y ponemos a prueba.

Solo las mujeres salvajes de ese lugar. Sanos nunca había visto a mujeres pelear antes de que lo llevaran a aquel reino atrasado.

Olerra se acercó a la cama y, por algún motivo, Sanos se sorprendió a sí mismo conteniendo la respiración. Mientras ella lo miraba de arriba abajo, él puso toda su atención en procurar que su polla no se moviera.

—No pareces estar particularmente cómodo —dijo ella.

—Porque tener que dormir toda la noche en la misma postura no es cómodo.

—Veamos qué puedo hacer al respecto.

Olerra le desató las muñecas de los postes de la cama, se las colocó por encima de la cabeza y volvió a sujetar cada grillete a un extremo de una cadena anclada a la pared. Después, hizo lo propio con las esposas de los tobillos y se los dejó sujetos entre sí.

—¿Qué tal así?

Sanos probó a girar sobre sí mismo y descubrió que la cadena de la pared rotaba con él. De aquella forma, podía tumbarse bocabajo o de lado para cambiar de postura durante la noche.

—Mucho mejor. Gracias —dijo.

—Estaba pensando que mañana podríamos pasar un rato conociéndonos mejor. He estado todo el tiempo tratando de enseñarte mi reino y mi gente, pero me he dado cuenta de que apenas te he contado nada sobre mí. ¿Qué te parece?

A Sanos le sorprendió que le preguntara su opinión. Podía contestar lo que quisiera, y sabía que ella respetaría su decisión. Algo había… cambiado entre ellos. No debería gustarle esa diferencia, fuera cual fuese.

—Suena bien —respondió.

Hubo una pausa, como si la princesa estuviera esperando a que añadiera algo más. Como no dijo nada, ella contestó:

—Perfecto, pues mañana nos vemos, entonces. Buenas noches, príncipe.

Se fue sin mirar atrás, y Sanos sintió que la decepción se apoderaba de él. ¿Qué era lo que deseaba? ¿Quería que lo tocara, encadenado y apenas capaz de moverse? La idea no debería excitarlo tanto.

Pero lo hacía.

En lugar de eso, se vio obligado a oír cómo, al otro lado de la pared, Olerra usaba sus falos.

Por todos los dioses en el cielo.

La polla se le puso dura, y no había nada que pudiera hacer al respecto. Se quedó ahí tumbado y oyó cómo la práctica llegaba a su inevitable conclusión. Esa vez, Olerra gritó el nombre de su hermano cuando se corrió.

—¡Andrastus!

Nada podría haber hecho que se le bajara la erección más rápido.