Capítulo 18 #2
—No voy a deciros qué hacer. Estoy seguro de que vuestra prometida ya se encarga de eso. —Sus ojos brillaban, divertidos—. Solo pensé que quizá os gustaría charlar con alguien que os entiende, aunque no os guste lo que tenga que decir.
—¿Sientes cariño hacia la mujer que te secuestró?
—Quiero a Enadra más que a mi propia vida.
Por los dioses. A ese hombre le habían lavado el cerebro. Sanos deseó que no le hubieran dejado acercarse.
—Sé lo que estáis pensando —dijo Obar—. Creéis que estoy loco.
Que me han comido la cabeza. Pero dejad que os diga una cosa.
Yo era el segundo hijo de un noble difankari.
Mi vida no tenía sentido. No conocía ningún oficio.
No poseía tierras ni heredaría ninguna fortuna.
Cuando Enadra me raptó, estaba furioso. Pasaron años hasta que me di cuenta de que había pasado de no tener nada a tenerlo todo.
»Enadra me dio un propósito. Ya no era un segundo hijo sin nada que hacer.
Me convertí en marido, en padre, en amigo de muchos hombres del gimnasio.
Pero, por encima de todo, me dio amor. Fue un duro golpe llegar aquí.
Aprender y aceptar sus costumbres. Sin embargo, cuando lo hice, empecé a ser más feliz de lo que había sido nunca.
Sanos entrecerró los ojos.
—¿Te ha dicho Olerra que hables conmigo?
Obar se rio.
—Sois tal y como era yo, solo que yo no era un príncipe, así que no me aventuraré a pensar que sé a lo que habréis tenido que renunciar.
Yo no perdí nada más que mi orgullo, y, a cambio, lo gané todo.
—El anciano se levantó—. Nadie me ha ordenado que venga, príncipe.
Tan solo sabed que estoy aquí si buscáis un amigo.
La mayoría de los hombres tienen miedo de acercarse a vos, porque nadie quiere provocar la ira de Glen.
Sin embargo, no se atreverían a enfadar a Enadra, siendo, como es, una de las cuatro mujeres que tienen su futuro en sus manos. Que tengáis un buen día.
Dejó a Sanos allí sentado, con más preocupaciones que convicción. El príncipe se guardó su carta en un bolsillo; necesitaba moverse. Se dispuso a caminar sin rumbo por entre las salas del gimnasio.
Pero, fuera donde fuese, el dulce aroma de las flores impregnaba el aire.
Las guardias lo abandonaron cuando llegaron los eunucos para escoltarlo fuera del gimnasio. Lina vez libre de la amenaza de los consortes de Glen, estaba claro que no las necesitaba.
A Sanos le hacía ilusión volver a sus aposentos, y, cuando se percató de que era porque allí lo aguardaban las flores de Olerra, se sintió molesto.
Tan absorto estaba en ello que no se dio cuenta de que los eunucos se habían desviado, llevándolo a una zona del palacio que no reconocía.
Abrieron una puerta y empujaron a Sanos al interior, completamente confundido.
—Dejadnos —dijo una voz.
La puerta se cerró y ocultó toda fuente de luz del exterior.
Sanos se giró hacia todos lados, buscando el origen de la voz. Creyó haber reconocido el tono, pero no estaba seguro.
Una vela se encendió para revelar el rostro de la prima de Olerra. Estaban a solas en una habitación sencilla. No había ventanas, solo una mesa y dos sillas. Era poco más que un armario.
—Andrastus —dijo Glenaerys—, va siendo hora de que tú y yo nos conozcamos mejor.
El rostro de Sanos permaneció impasible, mirándola a los ojos, a pesar de que sus hombres siempre se mostraban sumisos cuando ella les dirigía aquella fría mirada.
Sabía que estaba en peligro, pero no podía dejar que se le notara. De alguna forma, estaba seguro de que eso solo la volvería más agresiva.
—¿Y qué conlleva eso? —preguntó.
Glenaerys se rio.
—¿Acaso es ira lo que detecto en tu voz?
No seguirás molesto por aquello de la decapitación, ¿no?
Eso sucedió hace… casi un mes. Además, me hiciste el mejor regalo del mundo cuando Olerra ocupó tu lugar.
Llevaba años queriendo poner a mi prima en su sitio.
Olvidémonos de eso y dejemos que entre nosotros haya amistad.
Sanos quería decirle que podía coger su oferta y metérsela por el culo, así que se quedó en silencio.
—Demuestras inteligencia al temerme —dijo ella—. Soy mucho más peligrosa que Olerra, eso está claro. Ella podría torturarte de mil formas, pero yo podría hacer que te enterraran y que nadie te encontrara nunca. Desaparecerías.
Sanos se mantuvo firme, aguardando a que Glen fuera por fin al grano.
—¿Nada que decir? ¿Ninguna pregunta? —dijo ella.
—Estoy seguro de que resolverás todas mis dudas cuando gustes.
—Quiero a mi prima muerta.
Sí que era directa.
—Lo sé, intentaste conseguirlo ayer.
Glenaerys apretó los dientes.
—Perdí a muchas mujeres leales.
—¿No te preocupa que le cuente todo esto a Olerra?
—Como si no lo supiera ya. Además ¿quién más iba acreer tu palabra sobre la mía? Tu única función en la vida es complacer a Olerra. Dirías o harías cualquier cosa por ella.
Ahora le tocaba a él enseñar los dientes.
—No haría cualquier cosa por ella. Olvidas que no soy un amarriano cualquiera.
Glenaerys sonrió y, por algún motivo, aquello la hacía parecer más peligrosa todavía.
—Eso era justo lo que quería oír, príncipe, y por eso quiero hacerte una oferta.
—Mi cuerpo no entra en ningún trato —dijo él al instante.
—Ya te ha tomado Olerra —se volvió a reír ella—. No quiero mercancía usada.
Sanos no se molestó en corregirla.
—No, príncipe, lo que quiero es que la mates.
Glenaerys sacó un cuchillo de la nada y lo dejó sobre la mesa. No era gran cosa. No tenía gemas ni adornos, solo acero afilado y acabado en punta.
Sanos entendió que, si no decía lo que ella quería oír o le presentaba un argumento convincente, la conversación acabaría con ese cuchillo alojado entre sus costillas. Su pulso se aceleró.
—Me deja encadenado toda la noche. No puedo soltarme.
—¿Y por qué haría eso? —Glen ladeó la cabeza.
—Supongo que le facilita nuestras actividades nocturnas. —Sanos no entendía qué tenía aquello de interesante.
La mujer cerró los ojos, pensativa. Durante un minuto entero, no dijo nada, como si estuviera reflexionando sobre algo. Por fin, sacudió la cabeza.
—Entonces, mejor que te ganes su confianza. Mientras tanto, quédate con eso. —Señaló al arma con la cabeza.
—¿Y si registra mi habitación?
—Encuentra un buen sitio para esconderlo.
Deja que te aclare una cosa, Andrastus. No podría importarme menos si vives o mueres.
De hecho, tu muerte debilitaría a Olerra, pero la quiero ver muerta, no débil, y yo planeo a largo plazo.
No te equivoques: para mí, no eres más que una herramienta.
Tengo decenas de planes preparados si tú fracasaras.
—¿Y qué motivación tendría yo para hacer esto por ti —preguntó él— después de todo lo que ha pasado?
—Si tienes éxito, me encargaré de devolverte a tu padre. Es la única forma que tienes de volver a ver tu hogar.
Glen no sabía nada del trato que había hecho con Olerra. Sabía que volvería a casa, a no ser que la reina potencial hubiera mancillado la memoria de su madre.
Con todo, Sanos le siguió el juego.
—De manera que tú no asumes ningún riesgo, pero te llevas toda la gloria, igual que con tus asesinas.
—Soy una estratega. Vivo de ello. Es como serviré y protegeré a mi reino.
No, Sanos tenía claro que Glen era su peor opción. No le importaba el sufrimiento de su pueblo. De hecho, lo hacía sufrir con asiduidad, empezando por su propio harén.
—¿No puedes conseguir las llaves de mis cadenas? —preguntó Sanos, pensando en usarla a ella en sus propios planes de huida—. Puede que así aceleres tu plan.
—Podría —respondió—. Pero entonces Olerra estaría más en guardia si atacaras antes de tiempo. Es más probable que lo consigas si primero te ganas su confianza. Además, Olerra es una hábil guerrera. Te vencería con facilidad. No, tiene que ocurrir cuando hayas conseguido que confíe en ti.
Sanos tomó el cuchillo y se lo escondió en la cintura.
—Excelente —dijo Glenaerys.
Sanos sabía perfectamente que Glen no tenía intención de ayudarlo, hiciera o no lo que le había pedido. Era egoísta, y no podía pensar en la posibilidad de que algo que no fuera una mentira brotara de sus labios. Ella lo creía demasiado estúpido e insignificante como para que se diera cuenta.
Aun así, Sanos se sentía mucho mejor con un arma en su poder. Usarla o no era cosa suya. Últimamente no tenía claro si quería apuñalar a Olerra o follársela.
—Los eunucos te están esperando. No me decepciones.
Sanos sintió los ojos de Glen clavados en su culo mientras se alejaba.
Todos los integrantes de su séquito mantenían el rostro impasible, como si no acabaran de traicionar a Olerra al llevar a Sanos ante su prima. El príncipe se preguntó cómo los habría sobornado Glenaerys para conseguir que la obedecieran. ¿Cómo de rica era en realidad?