Capítulo 18
V er cómo Andrastus perdía el control era algo digno de contemplar. Era un hombre increíblemente fuerte, incluso estando encadenado. Por un momento, Olerra había temido que la fuerza de sus empellones pudiera llegar a tirarla.
La princesa se preguntaba por qué no había querido que lo llamara por su nombre, pero no tanto como para cuestionarlo. Quizá su familia tuviera algún apodo para él que aún no estaba preparado para compartir con ella. Quizá odiara su nombre. Olerra no le dio muchas vueltas.
Podía notar lo mojada que estaba cuando pasó a su habitación. La idea de tocarse con Andrastus mirándola le había rondado la cabeza, pero quería dejarlo con las ganas. Quería que su imaginación corriera desbocada mientras ella se encontraba en la habitación contigua.
La general eligió un falo de los de la caja, ligeramente más grande que el que había usado la última vez; antes de que su prima le diera una paliza.
Le entró, pero no sin cierto esfuerzo. Olerra se masajeaba el clítoris mientras se imaginaba que lo que tenía dentro era de su príncipe.
Gritó alto y claro cuando se corrió, y podría jurar haber oído una maldición proveniente de la habitación de Andrastus.
A la mañana siguiente, sabía que no podía seguir posponiendo sus deberes para seguir pasando tiempo con su prometido.
Haber estado incapacitada había afectado mucho a sus planes.
Había tenido intención de pasar varias semanas a solas con él, pero ese tiempo había volado.
Olerra, como general que era, tenía que encargarse de sus tropas.
Ydra se encontraba en el área de entrenamiento cuando ella llegó, supervisando a un escuadrón que estaba haciendo los ejercicios matutinos. Olerra sintió paz al ver a las mujeres en armadura entrenando en perfecta sincronía.
Por mucho que le doliera, debía marcharse a su oficina, a las afueras de la zona de entrenamiento.
Tenía informes que leer. Recursos que asignar.
Había que revisar los presupuestos del cuarto.
A Olerra se le daban bien los números: podía hacer cuentas de cabeza, cuando otras normalmente necesitaban de pluma y pergamino.
Sin embargo, mientras miraba a los documentos frente a ella, las cifras empezaron a bailar sobre el papel.
Su mente prefería divagar hacia el timbre en la voz de Andrastus mientras gemía su nombre una y otra vez.
«Sí, Olerra. Por favor, Olerra. Lo deseo, Olerra».
Se cruzó de piernas mientras todo su cuerpo se calentaba, y notaba un ardor en el pecho.
Quería que fueran los dedos de Andrastus los que la tocaran. No soportaba que las cosas tuvieran que ser como eran.
Bueno, se pondría con los informes después. Moverse un poco parecía ser una mejor idea. Salió de su oficina y se acercó a Ydra con los brazos cruzados.
—¿Informe? —dijo, con un tono más duro del que habría querido.
—Buenos días a usted también, general. ¿Se nos ha atravesado cierto príncipe hoy? —preguntó Ydra con descaro.
Olerra cerró los ojos y se masajeó el ceño.
—¿O es que no nos ha ensartado? —Añadió.
—Deja de hablar de mi prometido en plural —contestó la general.
Ydra se rio.
—Se supone que es a mí a quien le cae mal. ¿Qué ha hecho?
—Nada.
—Vale. —La mujer imitó la posición de Olerra, cruzando los brazos sobre el pecho, y se quedó mirando el entrenamiento con frialdad.
Nadie más en Amarra podía burlarse así de la general.
Olerra suspiró.
—Anoche tuvimos un encuentro sexual.
—¿Y fue decepcionante?
—No, fue perfecto.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Olerra se crujió los nudillos.
—Que lo encadené al techo y lo tomé por detrás.
—Muy excitante.
—Y después me fui a la cama.
Ydra se puso frente a ella.
—¿Y por qué hiciste eso?
—Porque tampoco es que pueda dejar que me corresponda, ¿no?
Su amiga esbozó una sonrisa triste.
—¿Es por lo que le pasó a tu madre?
—Pues claro que sí. Todo tiene que ver con eso. No puedo fiarme de él. ¿Y si intenta aprovechar esos momentos de placer para herirme o para escapar? ¡Y no puedo tener a gente escuchando por si pasa algo! Todo el mundo se enteraría, y quiero a ese hombre para mí sola. Sin público.
—Así que estamos frustradas sexualmente porque no podemos dejar que nuestro hombre nos complazca.
Olerra le echó una mirada de advertencia.
—Vale, te voy a decir lo que creo que deberías hacer.
¡Por fin un consejo práctico! Justo lo que Olerra necesitaba.
—Deja de preocuparte.
Olerra se la quedó mirando.
—Andrastus no es inofensivo. Recuerda cómo se libró de Aevia. Y de la asesina aquella. Y ya sabes que yo no… —Puede que estuvieran hablando en privado, pero Olerra no podía arriesgarse a decir en voz alta su secreto más íntimo.
—Necesitas desfogarte —dijo Ydra.
—¿Te estás ofreciendo para pelear conmigo? —le preguntó la general.
—Hasta que puedas confiar en él, hasta que lo conozcas mejor, necesitas soltar esa energía de alguna forma. No has hecho más que perseguirlo, y luego has estado recuperándote. No has podido entrenar. Un asalto, y luego puedes ir a meterte con alguna capitana.
—Sabía que tenía motivos para quererte.
—Me quieres porque siempre tengo razón. Venga, antes de que cambie de opinión.
Sanos había vuelto al gimnasio, pero esa vez su séquito no era de eunucos. Lo seguían soldados de Olerra.
Las mujeres no le dirigían la palabra, al igual que su general, que sospechaba que lo estaba evitando. La última vez que había hecho eso había sido después de llevarlo a aquel horrible pozo. En aquel momento, sabía que Olerra le estaba dando tiempo y espacio.
Pero ¿ahora? No tenía ni idea.
¿Acaso se avergonzaba de lo que había ocurrido entre ellos?
Porque él se moría de la puta vergüenza.
¿Sabía alguien lo que se había dejado hacer?
Trató de adivinarlo mientras avanzaba por la enorme sala repleta de maridos y consortes.
Pero nadie le prestaba particular atención, al igual que la última vez que había estado allí, hasta que Athon empezó su bronca.
Las guardias de Sanos guardaban las distancias y no dejaban que ningún hombre se le acercara.
Estaba claro que Olerra no iba a arriesgarse a que Glenaerys hiciera alguna de las suyas.
El príncipe casi agradecía la protección.
Por mucho que la odiara, Glen lo incomodaba.
Con un simple gesto, lo había dejado de rodillas y a punto de perder la cabeza.
Reprimió un escalofrío.
Sanos volvió a hacer ejercicios de fuerza.
Dio unas vueltas a la pista y levantó pesas.
Cuando hubo terminado, se quedó sentado en el solario, admirando las plantas que crecían en el interior.
Consiguió encontrar un sitio tranquilo, aparte de los hombres que trabajaban la tierra, logrando una ilusión de privacidad, a pesar de ser consciente de que las guardias estaban justo detrás de él.
El lugar se alborotó. Una mujer había entrado en el gimnasio llamando a alguien. A lo lejos, Sanos oyó el nombre de su hermano en la voz de la recién llegada.
—¿Andrastus?
Una de las guardias localizó a la mujer y la llevó hasta él.
Cargaba con un enorme jarrón con flores, que depositó en el suelo antes de extenderle una carta.
El príncipe la cogió, mirando a su alrededor para ver si la entrega había llamado la atención de alguien.
Pero, si el resto de los maridos y consortes presentes en el solario lo habían encontrado extraño, no lo demostraron.
Sanos abrió la nota:
Mi príncipe:
Aquí tienes un pétalo por cada vez que he pensado en ti.
Con todo mi cariño
Olerra
Sanos tragó saliva. Volvió a leer el mensaje solo para asegurarse de que su vista no lo estaba engañando. Le había… mandado flores y una… carta de amor. Tan breve y directa como ella, pero no había dudas de lo que era.
El príncipe seguía sin acostumbrarse a lo directas que podían ser las mujeres amarrianas, y tenía la sensación de que su princesa las superaba a todas con creces. El ramo debía de tener dos docenas de flores. Algunas cuyos nombres ignoraba. Cientos y cientos de pétalos.
Sanos se notó el rubor subiendo a sus mejillas al levantar la vista de la tarjeta para asegurarse de que nadie lo observaba.
Una sirvienta se acercó a él.
—¿Queréis que lleve las flores a vuestros aposentos, príncipe? —le preguntó.
—Sí.
Se le hizo raro dar la orden, tan acostumbrado como estaba a ser siempre quien las recibía. No se le había pasado por la cabeza que pudiera tener algún tipo de poder como futuro marido de la princesa.
Se quedó con la nota, siguiendo las curvas de las letras con la mirada. Ya se la había aprendido de memoria, pero había algo en el hecho de seguir mirándola que despertaba una calidez en su pecho.
—¿Puedo acercarme?
Un hombre anciano, de pie a unos pasos de distancia, se dirigió hacia una guardia. Su cabello era completamente plateado, y tenía arrugas junto a los ojos y a lo largo del cuello. Debía de ser incluso mayor que el padre de Sanos.
—Príncipe, la reina potencial ha decidido que Obar es de fiar. ¿Queréis hablar con él o preferís que se retire? —La jefa de su guardia le estaba hablando a él.
Dos veces le habían hecho una pregunta. Dos veces le habían dado poder de respuesta.
—Hablaré con él.
—Adelante —le dijo a Obar la guardia.
El anciano se acercó a Sanos caminando con agilidad y se sentó en el banco junto a él. Su brazalete estaba forjado en un metal negro y la piedra engarzada parecía un topacio.
—Obar —dijo Sanos—. Tu nombre no suena amarriano.
—Porque no lo es. Soy de Dyphankar. Al igual que a vos, me secuestraron y trajeron aquí para casarme.
A Sanos le sorprendió la revelación. Pero también le horrorizó. Ante él se encontraba un hombre aún en forma y con energía… que todavía no había logrado escapar.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó Sanos—. ¿Quién es tu mujer?
—Más de cuarenta años. Mi mujer es Enadra, la antigua general y mentora de Olerra.
«Cuarenta años».
Sanos tenía tantas preguntas que tenía que empezar por algún lado.
—¿Por qué quieres hablar conmigo?
—Porque hace tiempo yo era como vos.
—¿Me vas a decir que pierda toda esperanza? ¿Que acepte mi destino?
Obar cruzó los tobillos.