Capítulo 17 #2
Cuando la princesa retiró las manos de su cuerpo, él se sintió inmediatamente vacío. La tensión crecía con la incertidumbre de qué sería lo siguiente que ella haría. Sanos esperó a que apareciera frente a él.
La oyó hacer algo con el recipiente de la mesa y empaparse las manos con el contenido. El aceite crearía la fricción perfecta cuando por fin lo tocara.
Pero, en lugar de ver sus fantasías cumplidas, Sanos notó un dedo en un lugar nuevo.
Olerra hizo un círculo alrededor de su entrada y las caderas de Sanos volvieron a salir disparas hacia delante.
El príncipe pudo oír su sonrisa.
—¿Eso ha sido porque está bien o porque está mal?
Abrió la boca para decir que mal. Quería preguntarle qué cojones estaba haciendo. Quería saber por qué aún no estaba de rodillas. Por qué coño…
Cuando el dedo de Olerra le acaricio el ano, no pudo pronunciar más que una palabra:
—Bien.
Porque estaba bien. Estaba mejor que nada que hubiera sentido antes.
—Bien —repitió ella.
Y entonces le metió el dedo. Sanos se quedó sin respiración. No porque le doliera. No le podía haber metido más de una falange, pero no fue capaz de ocultar su sorpresa.
—¿Qué estás haciendo?
—Pensaba que conocías tu cuerpo mejor que nadie.
A Sanos no le importó la condescendencia de su voz.
—Creo que…
Olerra le metió un poco más el dedo. Notó la resistencia de los músculos de su interior, pero, gracias a la suavidad del aceite, le bastó con aplicar algo más de presión para superarla. La sensación no era… particularmente agradable.
—¿Por qué me has metido un dedo en el culo? —preguntó Sanos con tanta calma como pudo.
—Estás a punto de descubrirlo.
Justo cuando él le iba a preguntar qué quería decir con eso, Olerra dobló el dedo.
Una ráfaga de placer recorrió como un rayo todo su cuerpo. El sonido que emitió fue ininteligible incluso para él.
—Así me gusta —dijo ella, y volvió a mover el dedo.
¿Qué demonios era aquello? ¿Qué clase de brujería le estaba haciendo ahí detrás? ¿Era mágico ese aceite? La general le colocó una mano en la cintura para sujetarlo y encontró su ritmo, lento.
—Joder —jadeó Sanos, echándose hacia atrás para sentir el impulso del dedo de Olerra.
—¿Te lo estás pasando bien, príncipe? —le preguntó.
—Sí —gimió él.
El movimiento cesó.
—Sí, Olerra —se corrigió.
Ella volvió a mover el dedo.
Sanos cerró los ojos. Había algo acerca de no ver nada, de solo sentir, que lo hacía todo mucho más erótico.
Olerra le besó la espalda, lamiendo y mordiendo las partes que alcanzaba, pero sin sacar el dedo. Tenía un total control sobre él. Le tocaba ese punto que le hacía ver las estrellas para después retirarse y rozar otra zona. Sabía exactamente lo que hacía. Y él también.
Lo estaba llevando tan cerca del límite como podía, pero sin dejarlo cruzar el abismo.
—Por favor —dijo—. Olerra —se apresuró a añadir.
—¿Quieres que te meta otro dedo? —le preguntó.
Sanos tragó saliva. Notaba el sudor recorriéndole el pecho. Apenas tuvo que pensar en la respuesta.
—Sí, Olerra.
Un nuevo dedo se sumó al primero, y la sensación fue incómoda al principio, hasta que la presión duplicada le volvió a tocar en ese puto punto.
—Mírate —dijo ella—. Tus músculos perfectos y tu piel blanca. Ojalá pudieras verte. Voy a ordenar que traigan un espejo para que la próxima vez que seas un buen chico puedas verte follándote mis dedos.
¿Cómo podía decir esas cosas? Joder, lo estaba excitando aún más. La idea de una «próxima vez» era una dulce promesa que le iba a hacer cumplir.
La presión aumentaba todavía más; tenía la polla cada vez más húmeda. Justo cuando estaba a punto de llegar, la princesa movió los dedos.
—¡Olerra, joder! —gritó.
Hubo malicia en su risa.
—Vale, vale. Ya me he divertido. Déjate llevar, príncipe. Gira el cuello hacia mí. Quiero verte la cara mientras te corres.
Olerra aceleró sus movimientos, y, cada vez que sus dedos volvían a entrar en él y rozaban esa zona, se volvía loco. Sintió que se moría hasta que sintió que había vuelto a nacer, que podía respirar hondo después de una eternidad bajo el agua.
Sus ojos se encontraron; él giró el cuello tanto como pudo. No quiso hacerlo, pero fue su nombre el que gritó cuando se corrió, derramando su semilla sobre el suelo frente a él.
Olerra apoyó la frente contra su espalda y se quedaron inmóviles un momento. Él trataba de recuperar el aliento, y sospechaba que ella se estaba relajando.
La general se apartó de él, y Sanos sintió la pérdida de su contacto más de lo que esperaba. Cuando volvió, se colocó frente a él con un paño húmedo.
Se limpió las manos y, a él, la polla, antes de coger otro trapo para el suelo. Después, se apoyó contra la pared frente a él, deleitándose en la visión que era verlo ahí colgado, empapado en sudor y satisfecho.
Inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Le gusta al príncipe de Brutus que su mujer le folle el culo?
Sanos no sabía qué estaba viendo Olerra en sus ojos. ¿Odio? ¿Placer? Los dos estaban tan cerca que ni siquiera él los distinguía.
Miró el trapo del suelo, prueba de su placer.
—Quiero que lo digas —insistió ella.
—¿Por qué? ¿Para que puedas echármelo en cara?
—No, príncipe. Porque hará que mi pasión por ti aumente. En cuanto salga de aquí, pienso satisfacer mi propio deseo. Pensaré en tus gritos mientras me toque. ¿Quieres oírme? Puedo hacer mucho ruido para que sepas lo que está pasando.
No era posible, pero la polla se le movió.
Olerra sonrió.
—¿Qué lleva ese aceite?
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Crees que es eso lo que te ha dado placer? —Dio un paso hacia él—. No, príncipe. Han sido mis dedos, tocando la parte dentro de ti que te provoca ese inmenso placer. Haz que me sienta orgullosa y volveré a hacerlo.
Sanos se moría por que lo hiciera. No debería. Debería querer matarla. Pero, en lugar de eso, se encontró fantaseando con el aspecto que tendría desnuda y abierta de piernas para él.
Antes de irse y dejarlo ahí colgado, Olerra tiró de la palanca que convocaba a los eunucos. Cuando lo bajaron, lo encadenaron a la cama para que pasara así la noche.
Ahora que había distancia entre ellos, Sanos podía volver a pensar con claridad.
Mientras recordaba cómo había sido tenerla dentro, supo que no podía dejar que volviera a pasar.
No lo necesitaba. Había sido él quien la había usado a ella para su propia satisfacción, aunque sentía que había sido al revés.
Aun así, ya había terminado. Estaba listo para continuar.
Pero su cuerpo seguía vibrando después del mejor orgasmo que había tenido nunca, y solo era capaz de pensar en cómo sería si fuera él quien estuviera dentro de ella.
Tenía que largarse antes de que volviera a hechizarlo.