El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

L a imaginación de Sanos estaba desbocada. ¿Usaría las manos o la boca? ¿Lo haría desde la cama o de rodillas? ¿Estaría vestida o desnuda?

Cuando llegaron a palacio, Olerra se fue por su lado, probablemente porque iría a informar a la reina acerca de lo ocurrido, o quizá para enfrentarse a su prima. Sanos no tenía ni idea, y le estaba resultando difícil concentrarse con la mente ocupada por los planes vespertinos de Olerra.

Ni siquiera protestó cuando los eunucos lo llevaron al cuarto de baño.

Siguió soñando despierto, incluso mientras le limpiaban el prepucio y el culo.

Sin embargo, dio un respingo cuando alguien se le acercó por detrás y le separó los cachetes mientras sujetaba un extraño aparato.

Un segundo después, Sanos notó un chorro de agua templada subiéndole por el recto.

—¿Qué cojones?

—La princesa ha pedido una limpieza algo más profunda esta noche —dijo el hombre tras él—. Solo un par de veces más.

Volvió a sentir el chorro de agua. No era desagradable, pero no le hacía gracia que aquellos hombres estuvieran viendo cada detalle de sus partes íntimas.

Tenía que negociar con Olerra el poder bañarse él mismo. Seguramente, ella insistiría en que no podría ser tan concienzudo como los eunucos, y tendría razón. Ningún hombre se lavaba con tal esmero. ¿Para qué coño iban a hacerlo?

Los eunucos pusieron especial atención en sus pies, sucios y llenos de arañazos después de las actividades del día. Se los lavaron con cuidado antes de cubrirlos con ungüentos y gasas.

Después apareció el hombre que había conocido su primera noche en el palacio. El que le había depilado el pecho. Verlo le dibujó a Sanos una mueca en el rostro.

—Bienhallado, príncipe.

Sanos empezó a olvidarse de las promesas de la noche. Se le iba agriando el humor mientras los eunucos lo ataban para que no pudiera resistirse. La cera quemaba, como de costumbre. Aunque después no se quedó tan dolorido, como si su cuerpo recordara el daño y lo hubiera aceptado.

Le afeitaron la barba, que ya le había crecido desde por la mañana, antes de aplicarle algún tipo de crema sobre la piel. Le sentó bien, y olía mejor. ¿Acaso era un olor que le gustaba a Olerra? ¿O era algo que se ponía todo el mundo?

«¿Y a mí qué más me da?».

Aquel sitio le estaba afectando demasiado.

¿Cómo estaría después de otro mes?

¿Y tras la boda?

No podía tener esa mentalidad. Le conseguiría el trono a Olerra o encontraría otra forma de escapar.

Después de que la general lo complaciera.

Tomaría de ella todo lo que pudiera. Se lo debía, después de todo lo que le estaba haciendo pasar. Y luego se largaría.

Lo volvieron a vestir con una falda corta atada a un lado de su cintura antes de llevarlo de regreso al ala de palacio que ocupaba Olerra.

Cuando entraron en sus aposentos, ella no estaba allí.

Pasaron más allá de su cama y se dirigieron al cuarto de Sanos.

Pensó que quizá lo volverían a atar a la cama.

En lugar de eso, se encontró con una novedad.

Había una cadena colgando del techo. Uno de los eunucos cogió un gancho y lo sujetó a ella.

Otro accionó una polea que dejó el garfio a la altura de las manos esposadas de Sanos.

Debió haber imaginado lo que venía después. Lo alzaron hasta que los brazos le quedaron en alto y tan solo podía apoyar en el suelo las puntas de los pies.

Después, los hombres salieron del cuarto sin mediar palabra, y Sanos se quedó mirando al muro desnudo frente a él.

Cada minuto de espera le pareció una eternidad. No había nada que hacer allí. Nada a lo que mirar. Solo podía sentir el esfuerzo de sus músculos y sus pies, ya de por sí doloridos de la excursión de aquel día; aunque el ungüento estaba haciendo maravillas.

Cuando la puerta se abrió, Sanos se puso tenso y la polla se le empezó a mover. Ni siquiera la había visto todavía, joder. ¿Cómo lo hacía?

—Buenas noches, príncipe —dijo ella a su espalda.

Su voz le provocó un escalofrío, y ya estaba empezando a ponerse duro. No debería estar así. Y aún menos colgado como un cerdo seco.

—¿Por qué estoy encadenado al techo? —preguntó, congratulándose en silencio por la calma de su tono.

Olerra aún no podía verle la polla. No sabía el efecto que tenía sobre él.

—Será mejor así.

—Mejor para ti, querrás decir.

—Para los dos.

—Creo que la cama es un lugar mucho más cómodo para que me comas la polla.

—¿Cuándo he dicho yo que te iba a comer la polla?

Conque lo haría con las manos. Esa información le hizo entrar en calor. Sí, quería sentir sus manos sobre la piel. Y lo quería ya.

Oyó el sonido de algo siendo arrastrado por el suelo. ¿Algún mueble? Consiguió girarse lo suficiente como para ver una pequeña mesa. Sobre ella había un tarro con una tapa que ocultaba su contenido.

—¿Qué es eso?

—Haces demasiadas preguntas. Todavía tengo mucho que enseñarte, príncipe.

El comentario le hizo reír.

—De entre los dos, yo soy el único que ha tenido relaciones sexuales. Creo que eres tú quien debería preguntarme.

—Apostaría a que sé cómo funciona tu cuerpo mejor que tú.

—Lo dudo —respondió cuando recobró el aliento.

—Aquí estudiamos anatomía y fisiología desde pequeñas. Por lo que tengo entendido, todas las experiencias sexuales en tu reino son solo en primera persona, por lo que imagino que habrá muchos encuentros decepcionantes.

—¿Y cómo se enseñan esas cosas? —preguntó Sanos.

—Durante la adolescencia, con libros, tanto de ficción como de no ficción. Con diagramas y descripciones detalladas, en aulas. Y a las mujeres se les permite ser espectadoras en burdeles, si así lo quieren.

La respiración de Sanos se aceleró.

—Sois voyeurs —dijo, aunque imaginarse Olerra mirando a otra gente haciéndolo también lo excitaba.

La idea de que supiera cómo darle placer. No tendría que ir guiándola ni enseñarle cómo tocarlo.

—Llámanos lo que quieras, príncipe, pero hay gente a la que le gusta ser observada. Bueno, antes de empezar, necesito tu consentimiento. ¿Lo tengo?

Sanos dejó caer la cabeza hacia delante.

—Me temo que debes decirlo en voz alta, Andrastus.

—Príncipe. —Apretó la mandíbula.

—¿Qué?

—Mientras estemos con esto, llámame príncipe, en lugar de decir mi nombre.

No debería darle tanta importancia. Ya la había oído llamarlo Andrastus docenas de veces.

Pero, en aquel momento, no deseaba oír el nombre de su hermano.

Hubo un silencio.

—Como desees. Aunque yo voy a insistir en que me llames por mi nombre. Nunca lo dices cuando te diriges a mí. Jamás. Ahora, dime que deseas esto, y di mi nombre.

Sanos sintió un escalofrío al espirar.

—Lo deseo, Olerra.

La general dejó escapar un zumbido de placer.

—Me gusta cómo suena cuando eres tú quien lo dice. ¿Vas a gritarlo cuando haga que te corras?

Sanos no le respondió. En vez de eso, sus caderas se impulsaron hacia delante sin su permiso, buscando fricción.

Olerra soltó una carcajada.

—Vamos a ver si consigo que lo hagas. Te iré preguntando si estás bien de vez en cuando, pero, si en algún momento quieres que pare, solo tienes que decirlo. Tú dices la palabra «basta», y yo paro. ¿Entendido?

—Sí —respondió.

—Sí, ¿qué?

Sanos cerró los ojos.

—Sí, Olerra.

—Buen chico.

El príncipe oyó que le quitaba la tapa al recipiente de la mesa, y una agradable fragancia invadió la habitación. Un aroma a tierra con un ligerísimo toque de rosas.

—¿Qué es eso?

—Un aceite, príncipe. Es especial para este tipo de actividades.

Sanos tragó saliva.

—¿Puedo tocarte?

—Sí, Olerra.

La princesa retiró la única prenda que lo cubría. Sanos sintió que le subía la temperatura a pesar de su desnudez.

Con un solo dedo, Olerra le recorrió la espalda desde el cuello hacia abajo.

Fue un contacto tan sutil que apenas pudo sentirlo.

Un escalofrío le recorrió la columna. Ella se detuvo antes de llegar a los glúteos.

Después, Sanos sintió la respiración cálida de Olerra entre sus hombros cuando ella empezó a recorrer el mismo camino con los labios.

Era una pena que en esa posición no pudiera alcanzarle el cuello, pero se deleitó con el roce de la boca de la general sobre su piel.

No llegó a besarlo; no hizo más que rozarlo.

Al llegar a la parte baja de su espalda, Sanos notó que lo tocaba con la lengua y su cadera volvió a echarse hacia delante.

Buscando un contacto que no encontraría ahí, pues Olerra estaba tras él.

La princesa volvió a suspirar sobre sus hombros, y Sanos se preparó para cualquier tortura que tuviera pensada.

En ese momento, eran sus dientes los que le recorrían la espalda. Rozándole la piel, mordiendo de vez en cuando. Cuando terminó, tenía la respiración acelerada.

Las manos de Olerra se posaron en sus hombros y empezó a masajearlo, haciendo presión sobre los nudos de sus músculos en tensión.

Sanos se echó hacia atrás, acercándose tanto como podía a ese contacto; las esposas acolchadas lo mantenían en el aire.

La tensión de sus músculos desapareció, pero tenía la polla cada vez más dura.

Nunca antes lo habían tocado… así. Cuando pagaba por compañía, solían despacharlo con bastante rapidez…

Porque las mujeres de los burdeles querían que todo acabara cuanto antes, comprendió.

Olerra siguió masajeándole la espalda, presionando sus músculos con los pulgares. Sus manos bajaban cada vez más, y Sanos se preguntó cuándo se detendría.

Pero no lo hizo; continuó con su labor al llegar a su culo, masajeándolo, en su opinión, con mano experta.

—¿Y esto? —preguntó con un suspiro—. ¿Esto se lo habías hecho a alguien?

No estaba seguro de por qué se lo preguntaba. Quizá porque se le hacía raro estar colgado sin poder tocar nada. Sin poder mirar.

—Solo a ti, mi príncipe. —Volvió a emitir ese delicioso zumbido, como si se relamiera—. Tienes unos músculos gigantescos, incluso aquí.

Olerra tomó su culo entre sus manos, una a cada lado, y Sanos saboreó la sensación. Deseó poder estar tocándola.