Capítulo 16 #2
Olerra registró los cuerpos de las asesinas.
Al principio, Sanos pensó que estaba saqueando los cadáveres, pero después se dio cuenta de que debía de estar buscando órdenes.
Algún indicio de quién las había contratado.
Olerra le había dicho que había sido Glen, así que estaría buscando pruebas.
Cuando se levantó con las manos vacías, miró a sus soldados caídas.
El príncipe se preguntó a cuántas de ellas conocería Olerra personalmente.
Con una mano sobre el corazón, daba la sensación de que estaba rezando en silencio.
—Vamos —le dijo; tenía un tono de gravedad, pero no por Sanos—. Aquí no estamos a salvo. Podrían venir más. Iremos al palacio y mandaremos que vengan a por las soldados caídas y los caballos heridos.
Olerra se sentó en el asiento elevado desde el que se conducía el carro y extendió una mano hacia Sanos.
Él la aceptó y, juntos, volvieron al palacio.
Olerra habría mantenido a una de las asesinas con vida de no ser por Andrastus. No tenía importancia. Ninguna de las asesinas a las que había capturado había delatado nunca a Glen.
La general estaba segura de que su prima estaba detrás del ataque, pero, una vez más, no tenía manera de demostrarlo.
Debía tomar represalias. Glenaerys le había costado una docena de buenas guerreras.
Una docena de amigas. Y ya iban dos veces que había puesto en peligro a su prometido.
Olerra no permitiría que hubiera una tercera, pero no veía el camino a seguir.
No podía castigar a su prima. No podía superarla tácticamente.
Ya había jugado su única carta: tomar a Andrastus. Él era su mejor y su única apuesta.
Y la había salvado. Por alguna extraña razón, no había vuelto a intentar escapar.
Cuando le había dado la llave de las esposas, Olerra estaba convencida de que se encontraría el carruaje vacío y huellas que conducían hacia el bosque.
En lugar de eso, Andrastus la había estado observando, como si se preocupara por que sobreviviera.
Le había dicho que corriera, pero la había ignorado. Había matado por ella.
Y eso se merecía una recompensa. Quería demostrarle cuán agradecida estaba.
Con las riendas en una mano, Olerra extendió la otra para posarla sobre la rodilla expuesta de Andrastus, al aire por la falda corta que le había hecho llevar. El príncipe no rehuyó el contacto, así que ella no retiró la mano, sino que le dio un suave apretón.
—No voy a olvidar esto —le dijo—. Hoy me has demostrado tu gentileza, y quiero devolverte el favor. En cuanto estés preparado.
El príncipe la atravesó con la mirada.
—¿Vas a liberarme?
Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Olerra.
—Me temo que no puedo hacer eso, Andrastus. Necesito que me ayudes a conseguir el trono. Recuerda, serás libre cuando yo sea reina. Tienes mi palabra. —Hizo una pausa—. Aunque puedo darte placer. Deja que te demuestre lo que tu gentileza ha sido para mí. Esta noche, o cualquier otra que tú elijas.
Andrastus se tensó.
—No voy a forzarte —se apresuró a añadir Olerra—. Te prometí que no te tomaría antes de que tú me lo pidieras. Pero ¿te gustaría hacer otra cosa, quizá? Deja que te dé placer. —Olerra deslizó su mano con descaro, subiendo por la pierna de Andrastus.
Él desvió la mirada y apartó la pierna, dejando caer la mano de la general.
El rechazo le dolió, y Olerra apretó la mandíbula de irritación. ¿En serio? ¿Tan desagradable la veía que no quería ni que lo tocara? Intentó recordarse a sí misma su primera noche juntos. Él se había mostrado ansioso. Le había encantado ver cómo se tocaba. ¿Por qué ahora…?
—Nada de transacciones —dijo por fin.
Olerra apenas lo oyó, tan bajo como lo había dicho.
—¿Qué? —le preguntó.
—No quiero que sea una transacción. No quiero que me des placer solo porque creas que me lo he ganado. Quiero que lo hagas porque lo deseas.
—¿Y por qué no ambas?
—Ya te he dicho que no soy un perro al que puedas dar un premio cuando se porta bien.
Sus palabras eran duras, pensó Olerra, pero justas. Aun así, contraatacó:
—¿Y las putas a las que pagabas en el burdel del que te rapté? ¿Solo quieres hacer transacciones con ellas? Parecías bastante contento conmigo mientras pensabas que trabajaba en el Blanchette.
La respiración de Andrastus se aceleró, pero no respondió. ¿Era porque reconocía su hipocresía? ¿O acaso era más complicado?
—No quiero más transacciones que tengan que ver con sexo —le explicó él—. Nunca más.
—¿Qué te ha cambiado?
—Tú, mujer; tú y lo mucho que me desconciertas. Me has arruinado por completo.
Olerra apartó la mirada para que Andrastus no pudiera ver su sonrisa.
—Andrastus, no sé cuántas veces te lo tengo que decir, pero me pareces un hombre increíblemente atractivo.
Cuanto más aprendo de ti, más me atraes.
Vamos a casarnos, y estoy deseando que nos acostemos.
En todo caso, al disfrazarlo de recompensa, soy yo quien está tratando de engañarte para conseguirlo.
Así que, por favor, ¿me dejas complacerte esta noche?
—Olerra intentó ocultar su exasperación, aunque esta se coló en su tono.
El silencio de Andrastus se alargó tanto que estaba convencida de que la iba a ignorar.
Pero entonces lo vio.
Un asentimiento.