Capítulo 16
E stuvieron de procesión durante horas por lo que parecieron todas las calles de la ciudad.
Tuvieron incluso que cambiar a la heraldo para que no se estropeara la voz.
Olerra intentó conversar con Andrastus, pero él no se dejaba.
Era tan terco que dejaba a su padre a la altura del betún. Era un bruto de pura cepa.
—¿Sabes lo que es la diversión? —le preguntó, completamente exasperada unas horas después.
Ya estaban a las afueras de la ciudad. En breve cruzarían el puente que se alzaba sobre el río Fren antes de encaminarse hacia el sur, de vuelta a palacio.
Apenas había casas en la zona, pero a Olerra le encantaba el paisaje.
Las palmeras y los arbustos creaban un pintoresco telón de fondo. Perfecto para cortejar a su príncipe.
—Diversión —repitió él.
—Sí, pasar un buen rato. Seguro que alguna vez lo has hecho.
Andrastus no dijo nada.
—No comes. Apenas hablas. No te gusta la gente. ¿Qué sueles hacer como príncipe de Brutus?
—No sabía que pasar un buen rato estuviera dentro de los planes que tienes para mí.
—Pues claro que sí. Nos vamos a casar. ¿Te crees que quiero que el tiempo que pasemos juntos sea miserable? Seguro que hay algo divertido en lo que estemos de acuerdo.
Algo sonó en el exterior, un estruendo que provocó que los caballos se detuvieran y relincharan. A lo lejos, Olerra vio cómo el puente se hundía con su guardia aún sobre él. Las vio caer al río, cuya corriente las arrastró junto con sus caballos.
Antes de que la general pudiera moverse, oyó el distintivo zumbido de una flecha.
—¡Abajo! —gritó, lanzando a Andrastus al suelo y cubriéndolo con su propio cuerpo.
Una salva de flechas se dirigía hacia la comitiva. Olerra oyó a las soldados de retaguardia emitir quejidos de dolor y caerse de sus monturas. Las fechas se clavaron en la puerta del carruaje. La conductora cayó de lo alto de su asiento.
Cuando todo volvió a quedarse de nuevo en silencio, Olerra se retiró de encima del príncipe y se arriesgó a echar un vistazo por encima de la cobertura que le ofrecía el carruaje. Eran ocho en total, todas a caballo y armadas con ballestas. Estaban recargando.
—Mierda —dijo.
—¿¡Qué pasa!?
—Otro intento de asesinato de mi prima.
—¿¡Qué!?
—Mantente a cubierto.
Olerra sacó la llave de las esposas de un bolsillo y la apretó contra la palma de la mano de Andrastus.
Entonces salió del carro por la puerta contraria a donde estaban las atacantes.
No iba a permitir que se acercaran a él.
Sanos casi dejó caer la llave en una maraña de nerviosismo e incredulidad. ¿Se la había dado sin más? ¿Por qué? ¿Para que la ayudara a combatir a las atacantes?
Oyó más disparos y, aquella vez, sí que se le escapó de entre los dedos.
«Mierda».
Se obligó a respirar hondo. Sí, se hallaba esposado y semidesnudo. Sí, Olerra estaba fuera, armada con una espada contra proyectiles. Y a él se le había caído la puñetera llave.
Entrar en pánico solo lo llevaría a la muerte. Se echó bocarriba, aplastándose las manos mientras buscaba a tientas la llave. Alguien gritó en el exterior, y Sanos no supo si se trataba de Olerra, de sus guardias o de otra persona.
«Como si me importara».
Los dedos le estaban empezando a palpitar cuando por fin rozaron la pequeña llave metálica. Se colocó tan bien como le fue posible, doblándose sobre el culo para intentar coger a la condenada.
«¡La tengo!».
Con la mano derecha sostuvo la llave mientras con la izquierda buscaba la cerradura de las esposas. Aquello sería mucho más fácil si pudiera ver.
Fuera sonó un ruido metálico. Era posible que se tratara del sonido de una flecha golpeando una espada. ¿Estaba Olerra desviando las flechas?
Cuando por fin encontró el agujero, no podía girar las manos por cómo estaba colocado. Meneó la llave un poco, haciendo que girara en la dirección adecuada.
Los grilletes se deslizaron por sus muñecas, y no perdió tiempo para quitarse los de los tobillos. Después, el cepo que llevaba al cuello. Ese puñetero collar.
Por último, se quitó las pinzas de los pezones. Pensó en tirarlas lo más lejos posible, pero, al fijarse en las joyas engastadas en la cadena, cayó en la cuenta de que quizá podría venderla por comida en el camino de vuelta a casa. Se la envolvió en una muñeca.
Después, se arrodilló para mirar por encima de la cubierta que le ofrecía el carruaje, tal y como Olerra había hecho antes.
Lo que vio lo dejó anonadado.
Tres de las atacantes ya estaban en el suelo, ya fuera muertas o heridas por la espada de Olerra.
Al principio no la veía, pero la descubrió oculta tras uno de los caballos de las guardias caídas.
Tenía un pie en el estribo y una mano agarrada a la silla, y se mantenía en vilo, paralela al cuerpo del animal, completamente oculta de las atacantes.
Debían de haberla perdido de vista mientras recargaban sus ballestas para la siguiente salva.
Y no sospechaban de un caballo solitario.
Sanos miró tras el carruaje. La guardia de Olerra había quedado masacrada bajo las fechas. La emboscada había logrado su propósito: dejar a la princesa completamente sola.
Olerra estaba consiguiendo guiar a la yegua mediante toquecitos con la rodilla, haciendo que el animal, al intentar rehuir el contacto, se fuera acercando a las otras mujeres.
Echó mano de una de ellas, tirándola de su montura.
Sanos vio cómo Olerra se dejaba caer sobre ella. Cómo cogía una piedra del suelo y la golpeaba en la cabeza.
No tenía ningún tipo de piedad. Verla pelear era todo un espectáculo.
Una flecha acertó a la yegua tras la que se había escondido, haciendo que se encabritara. La general no dudó un segundo: cogió a la guardia que acababa de dejar inconsciente para usarla como escudo. Dos flechas se clavaron en la carne de la atacante, en vez de en la potencial reina de Amarra.
Sanos estaba tan concentrado en la lucha que se había olvidado de que escapar debía ser una prioridad. Agitó la cabeza para salir de su ensimismamiento y salió por la puerta contraria a la que había usado antes Olerra, cerrándola despacio tras de sí. Aunque ella tampoco iba a hacer mucho si lo oía.
Sanos contempló el paisaje que se extendía ante él. A unos cien metros había un bosquecillo. Si conseguía alcanzarlo, tendría una cobertura para escapar.
Pero, por algún motivo, echó un vistazo al otro lado del carruaje. Solo para mirarla una última vez.
Otra asesina había caído, y Olerra se había deshecho de su escudo humano. Había conseguido tirar a otra de las atacantes de su caballo, y en ese momento se estaban enfrentando en un duelo de espadas. Según iban girando, Olerra miró hacia el carruaje y vio a Sanos.
—Corre hacia el bosque y escóndete —le dijo, devolviendo su atención inmediatamente hacia su oponente—. Mantente a salvo. Iré a por ti cuando termine.
«¿Qué cojones?».
Quería que huyera. Le había dado la llave para que pudiera mantenerse alejado de la lucha. Sabía que iría hacia el bosque. Tenía intención de ir tras él.
Dio la vuelta al carruaje, acuclillado y a cubierto, y miró hacia donde se estaban dirigiendo y hacia el camino por el que habían llegado hasta allí. ¿Había algún otro lugar al que pudiera ir? ¿Algún sitio al que Olerra no se esperara que fuera, donde por fin pudiera librarse de ella?
Por el rabillo del ojo, vio a una nueva asesina acercándose a la lucha.
Una que no había estado al principio de la pelea.
Una que se había quedado atrás, claramente con intención de pillar a Olerra desprevenida.
Sanos volvió a mirar al otro lado del carruaje, solo para asegurarse de que ella veía acercarse a la recién llegada.
Después, soltaría a uno de los caballos del carruaje y cabalgaría hacia su libertad.
Olerra estaba peleando contra las tres asesinas, que se habían bajado de sus respectivas monturas. Todas llevaban distintas armas de combate cuerpo a cuerpo. La recién llegada se estaba acercando, lanza en mano.
La general no se daba cuenta.
La iba a ensartar.
«Mejor», dijo una voz en la mente de Sanos.
Su otro lado no hablaba. Tan solo recordó la paliza que había recibido Olerra por él.
Le había enseñado su ciudad, lo bueno y lo malo. Le había dicho que confiaba en que las cosas irían a mejor. Que tenía esperanza en cómo podía ser su relación.
No podía dejarla morir.
Sanos gruñó de pura frustración.
Se desató la cadena que unía las pinzas de los pezones de la muñeca y agarró con fuerza un extremo con cada mano. Sin hacer ruido, se acercó a la asesina y la ahorcó. La mujer dejó caer la lanza y se llevó las manos al cuello, tratando de coger la cadena que se clavaba en su piel.
Sanos tiró con más fuerza, ignorando el dolor de sus propias manos. La asesina echó una mano sobre su hombro, intentando agarrarlo, pero no lo consiguió.
Cuando Olerra acabó por fin con la última de las asesinas, se giró hacia Sanos en el momento en que este estaba dejando caer al suelo el cuerpo inerte de la asesina.
Olerra hizo un conteo de las guerreras caídas.
Sanos la vio apreciar la lanza frente a él y su arma improvisada.
Después, su mirada se posó en la asesina que estaba a sus pies.
Tuvo que apartarse del cuerpo para poder ver lo que ella estaba mirando.
Una gota de sangre brotaba de la herida que le había infligido.
—Voy a suponer que eso me lo perdonarás, ¿no? —dijo con voz dura, furioso consigo mismo por no estar ya de camino a Brutus.
—Han intentado matarme. Tienes permiso para defenderme. Vas a poder contarle a todo el mundo tu hazaña de haber estrangulado a una mujer con la cadena de tus pezones.
Olerra sonrió, pero Sanos no le veía la gracia. ¿Por qué coño no se daba la vuelta y salía corriendo?
«Me alcanzaría. Es más rápida, y yo estoy descalzo».
—Me has ayudado —dijo Olerra, como si no terminara de tener sentido.
—Querrás decir que te he salvado —gruñó Sanos.
—Yo he matado a ocho, príncipe. Tú, a una.
—Una que no habías visto venir. Te habría matado.
—Puede. Supongo que nunca lo sabremos.