Capítulo 15 #3
A Olerra eso le pareció un poco prepotente; sin embargo, contando con que ella tenía prácticamente todo el poder de la relación, le podía permitir algo así.
—Lo juro por las cenizas de mi madre. Me aseguraré de que puedas volver a tu hogar a salvo en el momento en el que se me declare heredera a la corona.
El príncipe relajó los hombros.
—No digo que no vaya a intentar escapar si se me presenta la oportunidad, pero no cometeré un error como el que cometí con tu prima. No volveré a hacerte quedar mal.
La general lo creyó. Andrastus procuraría evitar a Glenaerys y a su harén de ahora en adelante.
Y no podía esperar que se quedara si él veía la opción de escapar.
Tenían un trato, y eso era suficiente para Olerra.
De momento.
Olerra siguió el consejo de Ydra.
El día siguiente a su llegada a palacio, ordenó que prepararan su carruaje.
Este, al contrario que el que había usado para llevar a Andrastus al mercado del placer, era más elaborado.
Aquella iba a ser su primera salida oficial para el pueblo, y Olerra quería que tuviera estilo. A la gente le gusta el espectáculo.
El amplio carruaje tenía unas ruedas altísimas que lo elevaban del suelo, y estaba pintado en el rojo escarlata de la corte.
Cuatro postes, uno en cada esquina, sostenían un toldo para cubrirlos del sol.
En lugar de tener ventanas, el carruaje estaba completamente abierto al exterior.
Olerra necesitaba que Andrastus quedara lo más expuesto posible y, además, así podían disfrutar de la brisa.
Su príncipe estaba tan arreglado como aquella vez, hacía tantas semanas.
Falda corta. Descalzo y con el pecho al aire.
Las manos esposadas a la espalda. Pinzas en los pezones.
Estaba perfectamente peinado con dos trenzas pegadas a las sienes para que el pelo no le tapara la cara.
El resto de su cabello lo llevaba fijado hacia atrás con gel.
Brillaba como oro bajo el sol. Lo habían afeitado, y su ónice resplandecía sobre su brazo.
Estaba absolutamente increíble.
A Andrastus no le hacían ninguna gracia ni su vestimenta en particular ni la situación en general. Lo tuvieron que subir al carro a empujones. Cuando se sentó, se colocó tan lejos de ella como pudo.
Olerra suspiró, pero le dejó su espacio.
Delante y detrás del carruaje iban guardias a caballo. La general nunca había tenido problemas en las calles, pero era mejor tener mujeres de confianza cerca, por lo que pudiera pasar.
Una heraldo iba a la cabeza de la comitiva, pregonando cada pocas calles:
—Su alteza real, la princesa Olerra Corasene, y su prometido, el príncipe Andrastus Ladicus de Brutus.
La gente se detenía por las calles. Los saludaban y, de vez en cuanto, Olerra lanzaba monedas a quienes se paraban a mirar, que la vitoreaban y se agachaban para llenarse los bolsillos.
Algunas mujeres lanzaban flores al carruaje.
Otras se acercaban para entregarle a Olerra dulces y pasteles caseros; ella aceptaba los regalos con sentidos agradecimientos.
Mientras tanto, Andrastus parecía incómodo.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó Olerra—. ¿Estás pasando mucho calor?
Ya se le había curado la piel de las quemaduras que se había hecho a su llegada. Ahora tenía unas pequeñas pecas sobre los hombros. Eran adorables, pero no se lo iba a decir.
—No es eso —dijo, irritado—. No les tengo particular aprecio a las esposas.
—Lo siento, príncipe, pero no puedo arriesgarme a que intentes algo tan lejos de la guardia de palacio. Además, no creo que prefirieras ponerte a saludar. O a aceptar flores y dulces. ¿No va eso contra el código tácito de hombría de los brutos?
—No hay ningún código de hombría.
—¿Ah, no? No llorar. No mostrar emociones. Aplastar cualquier cosa que se pueda considerar mínimamente femenina.
Andrastus apartó la mirada. Olerra se reclinó y probó uno de los panes recién hechos.
—¿Quieres? —le preguntó.
—Preferiría no tener que comer de tu mano delante de las masas.
—¿Aunque eso fuera a favorecer mi reinado?
—Estás siendo innecesariamente molesta.
Olerra sacó unos frutos secos garrapiñados de su envoltorio, miró a Andrastus curiosa y lanzó uno hacia él.
El príncipe abrió instintivamente la boca y lo capturó al vuelo.
Olerra sonrió, y la gente que vio la hazaña aplaudió.
Andrastus le dedicó una mirada feroz.
—No soy un perro al que puedas entrenar para que haga trucos.
—Has dicho que no ibas a comer de mi mano. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Dejar de intentar darme de comer.
—¿Por qué? La comida lo mejora todo.
—Todo no —sentenció antes de desviar la mirada.
—Todo —insistió Olerra—. Dime una cosa que no mejore con comida.
Andrastus pensó un momento.
—Un baño.
—¿Nunca te has comido un cacho de tarta mientras te bañabas? Definitivamente mejor. ¿Algo más?
—¿Una paliza?
—¿Crees que el chocolate no hace que las heridas duelan menos? Otra.
—Esto es absurdo. No voy a seguirte el juego.
—Porque sabes que tengo razón.
Le lanzó otro fruto seco. Andrastus dejó que este le golpeara la cabeza antes de caer al suelo.
—Aguafiestas —dijo Olerra.