Capítulo 15 #2
Bueno, quizá. Aún no lo tenía claro. Dependía del humor del que se encontrara. En ese momento, viéndola herida y envuelta en vendas, no conseguía reunir la ira necesaria.
—Sí —respondió Olerra.
Hubo un silencio incómodo. Sanos empezó a preguntarse por qué había pensado que aquello sería una buena idea. Tan solo quería verla con sus propios ojos. Asegurarse de que no se estaba muriendo.
Debería irse. Era obvio que se estaba recuperando.
«Date la vuelta y lárgate».
—Gracias —dijo con rapidez, en lugar de marcharse.
No quedó claro quién se sorprendió más, si él u Olerra. Pero ella se recuperó antes de la sorpresa.
—No hay de qué.
Sanos intentó hacer como si Ydra no estuviera ahí.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no me dejaste morir? Y no me digas que hacerte con un nuevo marido no habría sido más sencillo.
—Eso habría sido mucho más fácil —dijo Olerra, y dejó escapar un quejido cuando se giró.
—¿Entonces…?
La general lo miró directamente a los ojos.
—Eres mío. Nadie me quita lo que es mío. Y menos mi puta prima.
Sanos aceptó la respuesta.
Estaba claro que no tenía nada que ver con sus sentimientos hacia él ni con su carácter. Era algo mucho más simple: su odio hacia Glenaerys.
El príncipe se fue.
Olerra se quedo mirándolo mientras se marchaba. Ya iban dos veces que le daba las gracias. La primera, por el mensaje a su madre. La segunda, por salvarle la vida.
El bruto no quería que su madre se preocupara y le importaba el bienestar de Olerra.
Estaba oculta, pero la general sentía que por fin había encontrado esa parte amable de Andrastus de la que había oído hablar. La debía de haber enterrado para protegerse a sí mismo cuando se lo habían llevado a Amarra.
A Olerra le gustó poder ver ese lado sensible.
Se alegró de haberle concedido la audiencia. Al principio, no quería que la viera débil y destrozada por segunda vez. Ya era malo que toda la nobleza hubiera sido testigo de la victoria de Glen. No quería que el hombre que iba a ser suyo tuviera motivos para imaginársela así otra vez.
—Le has mentido —dijo Ydra cuando se quedaron a solas—. Sé que lo salvaste porque sientes que tu honor te obliga.
—Él me tiene por una villana. Le he dado una respuesta que sí puede creer.
—Es un cabrón. Tú te mereces más.
Olerra sonrió ante la actitud protectora de su amiga.
—Solo estás molesta porque me he llevado una paliza.
—¿Una paliza? —repitió Ydra—. No, diez latigazos son una paliza. Lo que tú has recibido ha sido la antesala de una ejecución.
—No podía ser menos si quería salvarlo.
—A nadie le habría importado si lo hubieras dejado morir. Ahora, toda Amarra sabe que lo tienes a él en más alta estima que a tu prima.
Olerra asintió.
—Tendremos que hacer algo para solucionarlo una vez que me recupere.
—He estado pensando en ello. Podrías retar a tu prima. Obligarla a probar su propia medicina.
—Se negaría. —A Olerra le encantaba la idea de tener una pelea justa con Glenaerys, pero eso era imposible. Ella era mejor luchadora que su prima. Tenía la victoria asegurada—. Y luego le daría la vuelta para que pareciera que yo soy una abusona y ella una víctima inocente.
—¡Casi te mata!
—Mi tía no se lo habría permitido.
Ydra se acercó a ella hasta poder sentarse en el borde de la cama. Respiró profundamente para calmar su ira.
—Quizá podamos empezar por fortalecer lo que ya poseemos.
Aunque Glen tiene a las nobles, tú cuentas con el ejército y el pueblo.
Cuando te hayas recuperado, podrías llevarte a Andrastus de procesión por la ciudad.
Alardear de él. Demostrar tu fuerza. Dejar que la gente os aclame.
Y, después, lo podrías llevar a conocer a las tropas.
—Es una gran idea, pero ¿qué hay de las nobles? No será fácil convencerlas tras haberme sacrificado por Andrastus.
—A mí me enfada que te hayas arriesgado tanto por él.
—Como si tú no estuvieras dispuesta a hacerlo por cualquiera de tus chicos.
—¡Ellos son inocentes! Y el príncipe de inocente no tiene nada. No se merece tu bondad.
Olerra se acomodó las sábanas a su alrededor.
—Lo odias porque es de Brutus, pero yo necesito su sangre noble.
—Podrías haber elegido cualquier otro reino.
—Tenía que mandarle un mensaje a Atalius.
—¡Que ni siquiera sabe dónde está su hijo!
—Pero lo sabrá. Y todo esto merecerá la pena.
Ydra le cogió una mano.
—No puedes permitirte seguir siendo amable con él. Al menos en público. Debes demostrar tu dominio sobre él, ahora más que nunca. Tienes que lograr que se someta. El siente que está en deuda contigo. Aprovéchalo para hacer que se comporte.
—Haré lo que pueda. Es demasiado impredecible.
—Podrías empezar pegándole una paliza.
Olerra se rio.
—No lo dices en serio. Tienes que superar lo que pasó.
—Vale, pero me llevará tiempo. No soportaba verte así, hermana. Me habría puesto en tu lugar si hubiera podido.
Olerra sabía que Ydra no exageraba. Pero, cuando se concede la sustitución, nadie más puede reclamarla.
—Nos recuperaremos de esto —dijo Olerra.
—Por supuesto —asintió Ydra—. El trono será tuyo, cueste lo que cueste.
Pasaron otras dos semanas hasta que Olerra se sintió en plena forma.
Durante ese tiempo, se dedicó a dar paseos por la mansión y la finca de Ydra, pero sin salir nunca de la propiedad.
Las espías y asesinas de Glen podían intentar aprovechar cualquier oportunidad. Seguramente tendrían la casa vigilada.
Empleó su tiempo en recuperar su fuerza. Corría y hacía ejercicio, al principio poco a poco, hasta que su cuerpo empezó a recuperar sus aptitudes.
Solo entonces se permitió a sí misma quedarse a solas con Andrastus.
—Tenemos mucho que hacer —le dijo en el camino de vuelta a palacio—. No puedo permitirme parecer débil después de… lo que pasó. Las nobles tienen que ver que tengo mano dura contigo. Deben de creer que estoy enamorada de ti para haber arriesgado tanto. Tenemos que vendérselo.
—Bueno, ¿y cómo será? —preguntó él irritado—. ¿Vas a ser más cruel o a fingir que estás enamorada?
—Cruel no. Dura. Me refiero a que, si no te comportas, tendré que ser más dura al reprenderte.
Si me ayudas a conseguir que cuele, si te comportas, no hará falta que haga nada.
Si les podemos vender un amor verdadero, si les damos a la nobleza algo por lo que apostar, ni tú ni yo tendremos que pasar un mal rato.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para ti. Para una amarriana, tiene todo el sentido del mundo. ¿Puedo contar contigo?
Andrastus apartó la mirada. Algo en el exterior había cazado su atención.
—Recuerda, príncipe —continuó ella—, que nuestro acuerdo puede tener una fecha final. Si prometes colaborar, te devolveré tu vida cuando todo esto acabe.
Andrastus no dijo nada, y Olerra pensó que la conversación había terminado.
—¿Lo juras?
Lo dijo sin mirarla, pero Olerra pudo sentir su vulnerabilidad. Como si estuviera acostumbrado a que todo el mundo lo decepcionara.
—Lo juro, Andrastus.
—Júralo por algo que te importe.