Capítulo 15
S anos sintió cada golpe como si hubieran sido contra su propio cuerpo.
Estaba acostumbrado a recibir palizas. A ver a sus hermanos tener que soportarlas.
Pero nunca había tenido que presenciar algo así.
Había sido testigo de cómo aquella mujer que atentaba contra todo lo que él conocía sufría su castigo.
Nadie había hecho nunca nada parecido por él.
Y ella apenas lo conocía. No tenía motivos para hacer algo así.
Seguro que el esfuerzo de buscar un nuevo marido era más asequible que aquello.
¿Por qué, entonces? ¿Por qué pasar por tal dolor y humillación en una sala repleta de la gente que decidía quién sería la próxima gobernante del reino?
¿Qué motivo oculto podía tener?
Había aguantado la paliza sin emitir una palabra. Con una fuerza admirable, se había levantado cada vez que había caído. Hasta que se había quedado sin fuerzas para mantenerse en pie. Hasta que ya no podía ni abrir los ojos.
Todo por él.
No podía describir con palabras el alivio que sintió cuando las guardias por fin separaron a Glenaerys de Olerra.
La princesa era un manojo amoratado de sangre y piel rota, pero respiraba.
Ydra ya llegaba con una fila de médicas. Pusieron a Olerra sobre una estera y la levantaron.
—Traedlo —dijo Ydra a los guardias eunucos de Sanos.
La mujer se inclinó ante la reina.
—La llevaré a mi finca para que pueda recuperarse con seguridad.
La reina asintió. Sanos no podía saber si era una mujer de pocas palabras y si acaso las había perdido. Le quitaron las cadenas y lo obligaron a seguir a Ydra.
Por una vez, no opuso resistencia.
La hacienda de Ydra era bastante impresionante. Sanos tuvo un segundo para admirar las columnas de mármol y los jardines exteriores antes de que lo empujaran al interior y lo encerraran en un cuarto. No estaba atado, lo que era de agradecer. Pero lo habían dejado solo con sus pensamientos.
Que Olerra fuera una guerrera y una general no tenía importancia. Sanos odiaba que la hubieran herido, y odiaba odiarlo. No quería sentirse en deuda con ella. Todo ese jaleo era culpa de Olerra. Él no tendría que haberse visto envuelto en todo aquello y, sin embargo, allí estaba.
Se puso a dar vueltas por la habitación.
¿Por qué lo había hecho?
En su reino, si un hombre le salvaba la vida a otro, este último contraía con él una deuda de vida.
Y esa deuda solo se podía compensar de una manera: el hombre cuya vida habían salvado serviría a su salvador hasta que pudiera devolverle el favor.
Esa norma no se extendía del todo a la familia real, porque no se podía esperar que un miembro de la realeza se convirtiera en sirviente.
Pero, aun así, Sanos se sentía ligado por su honor a Olerra.
Gruñó en voz alta. ¡Primero le robaba la vida, se la arrebataba, y luego se la salvaba! En todo caso, ahora estaban en paz. Excepto por el hecho de que él seguía atrapado y obligado a cumplir sus órdenes.
Sanos siguió dando vueltas hasta que la última imagen que tenía de Olerra se materializó en su mente. Estaba quieta, con su sangre creando un charco sobre el suelo de obsidiana roja.
¡Maldita sea!
Aun así, se escaparía en cuanto pudiera. Se libraría de ella y de ese sitio. Pero la conciencia lo aguijoneaba. Y odiaba a Olerra por ello.
Cuando la puerta se abrió, Ydra se encontraba sola.
—Eres gilipollas —le espetó.
—¿Cómo está? —preguntó Sanos, mirándola a los ojos.
—Cuatro costillas fracturadas. La nariz rota. Moratones por todo el cuerpo. Tardará semanas en recuperarse. Puede que más.
—Yo no le pedí que lo hiciera —contestó el príncipe, poniéndose a la defensiva ante el tono de Ydra.
—¡Cómo no iba a hacerlo! —Ahora sí que le estaba gritando—. Es una mujer de honor, la mejor que he conocido nunca. Eres suyo, y eso implica que te protegerá siempre. Sin importar lo que ello conlleve. ¿Cómo has podido ser tan idiota de golpear a Glenaerys?
—Fue un accidente. Me tendió una trampa.
—Eso está claro, pero ¡tú caíste de lleno en ella! Te quería muerto para debilitar el derecho de Olerra al trono, aunque se ha llevado algo mejor todavía. Ha conseguido que Olerra parezca débil por tener que ir a salvarte. Nos has hecho retroceder.
—¿Su generosidad la hace parecer débil?
—Salvarte a ti la hace parecer débil. Eres un hombre.
Ni siquiera eres amarriano. Puede que perdamos el favor de las nobles que nos apoyaban.
Y no ayuda que Glen pudiera demostrar su fuerza partiéndole la cara a Olerra.
—Ydra se frotó las sienes. Su tono indicaba una ira profunda cuando dijo—: Ella es mucho más de lo que te mereces.
—¡Yo nunca pedí venir aquí! —explotó Sanos.
—Pero ¡aquí estás! Así que déjate de mierdas, bruto.
¡Cómo la vuelvas a cagar así, te mataré yo misma!
Lo haría en este instante si eso no supusiera que su sacrificio había sido en vano.
Y la quiero demasiado como para hacerle eso.
Hay guardias por toda la casa, por si a Glen se le ocurriera intentar hacerle algo a Olerra mientras está débil.
Así que mejor que no se te ocurra a ti tampoco. Procura no meterte en más putos líos.
Dio un portazo al salir.
Pero no echó la llave.
Al parecer, Sanos tenía libertad para recorrer su casa. Por eso se había molestado en mencionar a las guardias.
La primera noche, la vergüenza y la ira no le dejaron salir del cuarto en el que estaba.
Al día siguiente, decidió explorar para mantener su mente alejada de Olerra.
La casa de Ydra era enorme. La hacienda tenía muchas alas y aún más personal de servicio. Ydra debía de ser rica. Sanos sabía que era militar, como Olerra, así que asumió que su riqueza era heredada. Sospechaba, por tanto, que los padres de Ydra habrían fallecido.
Tras algo de exploración, encontró la biblioteca y, en ella, libros de historia y política de Amarra. Cogió unos pocos y los apiló para leer más tarde, pues no sabía cuánto tiempo tendría que pasar allí.
Los suelos estaban decorados con pieles de animales exóticos. Variantes de gatos monteses y osos. Se preguntó si los habría cazado Ydra o algún miembro de su familia.
Sanos siguió con su exploración. Cuando llegó a los pisos superiores de la mansión, escuchó voces. Había soldados en el pasillo, pero no le impidieron entrar en la habitación de la que provenía la mayor parte del ruido.
Dentro, Sanos se encontró con cinco muchachos hablando animados mientras disfrutaban de algún tipo de juego de mesa.
—Me toca a mí. ¡Dame los dados!
El chico tiró los dados y el resto se rio por su resultado.
—Venga ya —protestó.
Había una guardia presente en la sala, que y observó a Sanos con cautela.
En aquel momento, los muchachos se percataron de la presencia del príncipe.
—¿Quién eres? —preguntó uno. Entonces se fijó en su brazalete y exclamó—: ¡Eres de Olerra!
—¡Nos encanta Olerra! —gritó otro—. Siempre juega con nosotros.
Todos ellos eran adolescentes. Jóvenes, pero demasiado mayores como para ser hijos de Ydra.
—¿Sois… primos de Ydra? —aventuró Sanos.
El primer chico se rio. Señaló al brazalete que el príncipe había pasado por alto.
Era de oro puro con una esmeralda rectangular engastada.
—No comprendo —dijo Sanos.
—Somos del harén de Ydra —dijo otro chico con aspecto aún más juvenil que el resto.
—Ella… y vosotros… —Sanos sintió que estaba a punto de vomitar.
El último chico, viendo el rostro del príncipe, puso los ojos en blanco.
—No es lo que piensas. Nos sacó de la calle. Nos cuida para que nadie se aproveche de nosotros. Tiene profesores que nos enseñan oficios para cuando estemos listos. Yo voy a ser mercader de telas.
Otro de los chicos le dio un codazo.
—Se supone que no podemos decirle a nadie que en realidad no somos parte del harén de Ydra.
—Pero él es de Olerra. Y Olerra lo sabe. ¿Por qué él no?
Ydra estaba… ayudándolos. No se acostaba con ellos. Los mantenía a salvo.
Tal y como Olerra había hecho con él.
Sanos no estaba seguro de si le gustaba esa información. No quería tener motivos para no matar a Ydra junto con Olerra cuando tuviera oportunidad. Dioses, cómo odiaba aquel sitio. Sanos se aclaró la garganta.
—¿A qué estáis jugando?
—Al corgo. ¿Quieres jugar?
Tardó una semana en atreverse a ir a hablar con Olerra. Y, al principio, no le dejaron.
—No está lista para atender visitas —dijo Ydra.
—No tiene que hacer o decir nada. Solo quiero verla. —No.
Al día siguiente, volvió a intentarlo.
—No.
Y al siguiente.
—Ni de broma.
Pasó otra semana hasta que volvió a insistir.
—Al menos pregúntaselo. Dile que quiero hablar con ella. Seguro que querrá tomar sus propias decisiones al respecto. Funcionó.
Al día siguiente, Ydra lo llevó hacia el cuarto de Olerra. No parecía muy contenta. Sanos fue lo suficientemente inteligente como para no decirle nada por el camino y guardarse su arrogancia para sí mismo.
Ydra entró primero a la habitación y Sanos la siguió. Por lo menos, Olerra estaba incorporada en la cama. Tenía el rostro moteado de moratones ya amarillentos y la nariz aún algo hinchada. Las vendas le apretaban el torso, y del camisón sin mangas que llevaba salían gasas.
Sanos trató de acercase a la cama, pero Ydra lo detuvo:
—Ahí está bien.
El príncipe la miró.
—¿Vas a quedarte ahí de pie todo el rato?
—Y no me pienso mover. No me fio de ti.
—Ydra —la reprendió Olerra.
—No me voy a ir a ninguna parte. Esta es mi casa y, si quieres verlo, será conmigo aquí.
Olerra puso los ojos en blanco, pero no se volvió a quejar. Se colocó una almohada bajo la espalda y apartó el libro que había estado leyendo. Miró a Sanos expectante.
Claro, había sido él quien había convocado la reunión. Debería decir algo.
—Parece que te vas recuperando —se le ocurrió.
—Así es. Las doctoras dicen que podré volver a andar dentro de poco, aunque nos quedaremos aquí hasta que recupere las fuerzas por completo.
—¿Por si tu prima intentara hacerte algo?
—Entre otros —masculló Ydra. Por cómo lo estaba mirando, no había duda de que se refería a él.
Como si le fuera a hacer algo a Olerra después de lo que ella había hecho por él.