Capítulo 14 #3
La general se dio la vuelta. Sanos vio su rostro por primera vez aquel día.
Era la viva imagen de la inexpresividad.
¿Le daba pena? ¿Estaba enfadada con él? ¿Iba a dejarlo morir por su crimen?
Sanos no sabía qué estaba haciendo ni por qué.
Pero Olerra debía de haber visto el terror en su rostro.
Su desconcierto. Y ni una pizca de esperanza.
La mujer asintió.
—Acepto la paliza. Soltadlo.
Sanos quedó libre del cepo, pero no le quitaron las cadenas.
—Como parte afectada —dijo Glenaerys, recuperándose de la interrupción—, exijo elegir quién ejecutará la sentencia.
—Muy bien, Glenaerys —dijo la reina—. Pero debes elegir a una persona que esté dispuesta a hacerlo y que no sea un hombre, por motivos evidentes.
—Os aseguro que estoy dispuesta. Atadla.
Al principio, nadie se movió. La guardia real no aceptaba sus órdenes, y parecía que todas las soldados del gimnasio eran leales a Olerra. No fue hasta que Glen miró furiosa a su guardia personal que obedecieron.
Le ataron las manos para que no pudiera contraatacar. Sanos se sentía asqueado. Agradecido. Confuso. ¿Por qué hacía aquello? ¿Cómo podía la reina permitirlo?
¿No le había dicho Olerra que Glen no estaba entrenada para pelear? Seguro que no sería tan horrible…
Fue, de hecho, peor de lo que habría podido imaginar.
Olerra no podía recordar la última vez que había sentido tanto miedo.
Andrastus era su responsabilidad. Cuando una sirviente leal le había contado que su príncipe estaba de camino a su ejecución, había corrido más rápido que nunca.
No se explicaba por qué sentía apego hacia aquel hombre, pero, si había incumplido la ley de alguna manera, estaba claro que ella no lo había educado como debía.
Era su deber darle comida, un techo y seguridad.
Le había dejado su espacio después del trauma de lo que le había obligado a presenciar el día anterior.
No tenía más remedio que pedir una sustitución. Era la única manera de salvarlo. De poder seguir siendo su fuente de sustento y protección. Era una cuestión de honor.
Aunque para ello tuviera que someterse ante su prima.
Glenaerys se puso un par de puños de latón, acolchados en los puntos donde le tocaban la piel.
¿Los llevaba siempre encima? Repugnante.
Glen no sabía ni pegar un puñetazo sin arriesgarse a romperse la mano.
Prefería usar aquel asqueroso aparato para poder hacer más daño y proteger sus delicados huesos.
Por lo menos, el público, integrado por la nobleza, no estaba sediento de sangre, como se había mostrado el día de la pelea de Andrastus.
Las mujeres de la sala permanecían en silencio.
Un silencio anticipatorio, aunque no quedaba claro si desprendía horror o entusiasmo.
¿Quién estaba de parte de Olerra y quién de Glenaerys?
El primer golpe cayó sobre la mejilla izquierda de Olerra. Sintió el metal contra su hueso, notó el sabor de su propia sangre y oyó a Glen espirar.
Olerra estaba orgullosa de haberse mantenido en pie.
El segundo golpe, sin embargo, la llevó al suelo. Cayó, pero volvió a incorporarse con celeridad.
Glenaerys volvió a golpearla. Esa vez en el estómago, alcanzando una costilla con su puño metálico. Olerra emitió un quejido de dolor, doblándose por la mitad.
No iba a mirar a su tía. No necesitaba que la salvaran. No necesitaba nada. Podía con eso. Había sufrido mucho más en el campo de batalla. No había nada que Glen pudiera hacerle que no le hubiera infligido ya algún soldado bruto.
Según pasaba el tiempo, Glenaerys se fue poniendo creativa. Pegaba patadas. Probaba a golpear a Olerra en los hombros, las caderas… Descubriendo las partes que más dolían. Aprendiendo qué impactos la harían caer.
Todo dolía. Olerra sangraba por más sitios de los que conocía. El puño de Glen le rompía la piel y le partía los huesos.
A Glenaerys empezó a costarle respirar. La sala estaba lo suficientemente callada como para que se pudiera apreciar.
La general cometió el error de mirarla.
El odio desenmascarado en el rostro de su prima fue un puñetazo más. Olerra estaba segura de que no se merecía ese tipo de desprecio. Era una furia cargada de envidia.
Y, en ese momento, Glen podía darle una salida a esa rabia con cada golpe.
Glen odiaba a Olerra por ser general. Por ser fuerte. Por ser la que se interponía entre ella y el trono. En su niñez, habían sido grandes amigas. Pero aquello había ocurrido en otra vida.
Un nuevo golpe hizo que Olerra volviera a caer. Esa vez le costó más ponerse en pie de nuevo. Le parecía que la sala daba vueltas.
—Ya es suficiente —dijo Ydra, avanzando entre la gente.
¿Cuándo había entrado?
Glen miró a Ydra, como si se hubiera olvidado de que había un público a su alrededor. La mujer no le contestó a ella, sino que se giró hacia la reina.
—Majestad, Olerra está sustituyendo una pena de muerte. El castigo debe ser equivalente.
La reina asintió con seriedad. Olerra parpadeó cuando empezó a ver doble a su tía.
La siguiente vez que cayó al suelo, Olerra no pudo volver a levantarse. Glen le pateó el estómago, una y otra y otra vez. Cuando una de las patadas le acertó en el rostro, el mundo se quedó a oscuras.