Capítulo 14 #2
—¿Podríais dejar de ser tan capullo? —dijo Athon nada más abrir la boca.
—¿Disculpa? —Sanos estuvo a punto de tropezar con sus propios pies.
—Creéis que sois mejor que yo.
—No…
—Ahorráoslo —le espetó Athon—. Glenaerys me ha elegido a mí. Ser suyo es un honor. No quiero que vayáis por ahí hablando como si nos conocierais.
—No lo hacía.
—¿Os creéis especial porque os ha elegido Olerra? ¿Porque es agradable? Glen será reina. Y yo seré la envidia de todos los hombres.
—Excepto de los otros treinta con los que también se acuesta.
Sanos se arrepintió de sus palabras en el momento en el que salieron por su boca. No entendía por qué Athon lo estaba pinchando tanto.
—Exacto. Treinta de entre cientos de miles de hombres. Glenaerys nos honra.
—Vale.
Sanos apretó el paso, confiando en que Athon pillara la indirecta.
El gigante se puso a su altura.
—Quiero la revancha —dijo Athon—. Le demostraré a Glen lo que valgo. La próxima vez, os venceré.
Al príncipe la boca le estaba empezando a saber rara.
—¿Gira toda tu existencia en torno a esa mujer? ¿Acaso no lleváis solo un par de semanas de cortejo?
—Yo no era nadie. Ahora lo soy todo. Dejad de cambiar de tema.
Sanos estaba empezando a cabrearse. Aquel tipo era completamente idiota. El príncipe se había dejado la piel por ayudarlo, pero Athon no lo veía de la misma forma. Realmente le gustaba su posición. Lo único que no le había agradado había sido perder.
—Se acabó —dijo Sanos, tajante.
—No lo creo.
Athon le dio un empujón.
Sanos no se lo esperaba y perdió el equilibrio. Cayó con las manos y las rodillas, haciéndose raspones en ambas zonas. Antes de que pudiera levantarse, el gigante le dio un puntapié en la tripa dejándolo sin respiración.
Pero el príncipe llevaba toda la vida viéndose obligado a pelear aunque estuviera herido.
Que sus pulmones no pudieran coger aire no tenía importancia.
Se dio la vuelta y le lanzó un puñetazo a Athon.
El hombre no esperaba que Sanos se recuperara tan rápido.
Su rostro voló hacia un lado y la boca le empezó a sangrar.
Entonces se abalanzaron uno contra otro.
Sanos se decía que tan solo se estaba defendiendo. Pero aquello era mucho más que eso. Lo estaba atacando alguien a quien por fin podía devolver los golpes. Athon no era un rey. No era una mujer. Era un soldado. Un esclavo sexual. Era un grano en el culo.
Sanos golpeó y recibió. Aunque estaba seguro de que podría ganar, no pasó mucho tiempo hasta que alguien intentó separarlos. Una mano firme tomó al príncipe por el bíceps para apartarlo. Él le dio un empujón a la figura para poder seguir centrándose en el hombre que tenía delante.
Pero todo el gimnasio enmudeció. Incluso Athon se quedó inmóvil, y Sanos no iba a pegar a un hombre que no tenía intención de defenderse.
Así que se giró para ver qué era lo que todo el mundo estaba mirando.
La figura en el suelo no era otra que Glenaerys. Había sido ella quien había intentado separar a Sanos de su hombre. Él la había empujado. Y ella había caído a la pista y se había arañado el codo con el golpe.
Y estaba sangrando.
Antes de que pudiera parpadear, las guardias se abalanzaron sobre él. Dos le cogieron los brazos. Otra lo sujetaba por el cuello con el brazo, desde detrás.
Glenaerys se levantó y miró hacia toda la gente que había en el gimnasio, testigos del evento. Después, fijó su mirada en Sanos con desdén.
—Quiero su cabeza.
Lo sacaron de la sala a rastras.
Sanos forcejeó. Hizo todo lo que pudo para librarse de las guardias, pero eran demasiado fuertes. Tenía claro que lo iban a ejecutar. Había cometido uno de los peores crímenes de Amarra.
Cuando ya prácticamente habían conseguido sacarlo del recinto, Sanos logró echar un último vistazo hacia atrás. Vio a Glen sosteniendo con delicadeza el rostro de Athon y susurrándole algo al oído. El hombre miró a Sanos con una sonrisa de suficiencia.
Había caído de lleno en su trampa.
Al principio, Sanos pensó que lo llevarían a una mazmorra hasta que lo juzgaran, pero no fue eso lo que ocurrió.
Lo arrastraron por el palacio hasta una sala que no había visto antes.
Le pusieron cadenas en el cuello, las muñecas y los tobillos.
Enormes bolas impedían que se moviera. Se encontraba prisionero en una sala repleta de gente.
Los rostros se confundían. Puede que algunos de ellos hubieran estado antes en el gimnasio, pero no estaba seguro.
La sala empezó a caldearse por la multitud de cuerpos, y Sanos sudaba.
Un movimiento algo más adelante atrajo su mirada: Glen sentándose en una silla acolchada con Athon a su lado y varias cortesanas alrededor.
Sanos apenas podía respirar, y no tenía nada que ver con la pelea de hacía un rato. El pecho le pesaba; no era capaz de pensar con el ruido de la sala. Las nobles lo insultaban. Los hombres testificaban. Todos aquellos que habían sido testigos del altercado.
Todo ocurrió tan deprisa…
No podía hacer nada para detenerlo. Apenas podía moverse con las bolas a las que estaba atado.
Y fue entonces cuando llevaron un aparato a la sala.
Era como el del pozo, pero más grande. Esa guillotina era para cabezas, no para pollas.
Iba a morir. Sin oportunidad siquiera de explicarse.
De decir que todo era parte del plan de Glen.
Que ella quería vengarse por lo que le había dicho delante de aquellas nobles durante el desayuno.
Que quería debilitar a Olerra. Que le habían tendido una trampa.
Trató de hablar por encima de las voces que lo rodeaban, pero nadie lo escuchaba.
La guillotina se iba acercando a él. Lo arrodillaron a la fuerza y le pusieron un cepo alrededor del cuello.
Tenía las manos inútiles, atadas a ambos lados del cuerpo.
Se rompió las uñas tratando de librarse de las cadenas.
Cuando la cuchilla que pendía sobre su cabeza empezó a oscilar por sus esfuerzos, se quedó quieto.
La sala se sumió en la expectación.
—¿Qué está pasando aquí?
Glenaerys se giró hacia la voz, una voz que Sanos nunca pensó que se alegraría de oír.
—Olerra, llegas justo a tiempo. Andrastus me ha golpeado y quiero su cabeza.
La general se colocó delante de Sanos, dándole la espalda mientras se enfrentaba a su prima.
—Ese hombre es mío, y no le harás nada sin hablar conmigo primero. De lo contrario, seré yo quien tenga derecho a hacerte sangrar.
Glen no parecía preocupada en absoluto.
—¿Y qué tengo que decirte? No puedes evitar su castigo. Como parte afectada, tengo derecho a exigirlo.
—Y, como la mujer a la que pertenece este hombre, yo tengo derecho a exigir una sustitución.
La sala entera se quedó en silencio.
Un silencio tal que podría haberse pensado que se había quedado vacía.
—¿Sustitución? —dijo Glen, escandalizada—. Nadie ha pedido algo así en…
—En cien años —dijo una nueva voz, que provocó que todos los presentes se arrodillaran de inmediato.
«Ha venido la reina».
Olerra y Glen se inclinaron con rapidez.
—Yo sufriré su castigo.
—¡La realeza femenina no puede ser ejecutada!
—exclamó Glenaerys como respuesta. Se giró hacia la reina—.
Olerra lo sabe. Está intentando aprovecharse de un vacío legal.
Majestad, no podéis permitir que este crimen quede sin castigo.
Ese hombre me ha herido —señaló a Sanos— mientras yo trataba de impedir que agrediera a Athon.
¡Es un bruto animal y no puede seguir viviendo en nuestro territorio!
La reina Lemya era más alta de lo que Sanos había pensado en un principio, pues solo la había visto sentada a la mesa del desayuno.
Caminó alrededor del punto donde el príncipe estaba encadenado; sus largas piernas se tomaron su tiempo mientras se movía en círculos.
Sanos mantuvo la cabeza gacha, intentando parecer arrepentido.
—Glenaerys, no tengas la arrogancia de decirme lo que debo hacer —dijo la reina—. ¿Acaso crees que no sé impartir justicia, aunque incumba a mi propia familia?
Glen temblaba de ira.
—Os pido perdón, mi reina. —Sus palabras parecían sinceras, pero su rostro no reflejaba ningún arrepentimiento.
La reina se detuvo justo frente a Sanos, y él se atrevió a mirar hacia arriba.
—La ley es la ley —dijo Lemya mirándolo directamente a los ojos—.
Olerra tiene derecho a pedir una sustitución, pero no puede ser ejecutada.
Por lo tanto, tiene la opción de vivir en el exilio o de recibir una paliza a cambio de la vida de su prometido.
—La reina se giró hacia Olerra—. ¿Es, de verdad, la decisión que quieres tomar, sobrina?