Capítulo 14
D urante el camino de vuelta al carruaje, Andrastus fue arrastrando los pies. Olerra le compró comida, pero él no probó bocado.
A la general no le sorprendía que hubiera perdido el apetito después de su última parada. Ella sí se comió sus brochetas de pollo, y le dio lo que le sobró a alguien en la calle que parecía estar pasando hambre. El príncipe permanecía callado, y ella sabía que ese no era su estado natural.
No dijo palabra hasta que estuvieron a medio camino del castillo en el carruaje.
—¿Por qué me has hecho ver eso? ¿Para que sepa lo que me espera si me vuelvo a pasar de la raya?
Olerra se giró hacia él alarmada.
—No, Andrastus. No. Ya te lo he dicho. Creemos que el castigo tiene que ser acorde al crimen cometido.
Mi intención era mostrarte la parte más horrible tanto de tu género como del mío.
Obligarte a que miraras era un castigo, sí.
Pero nunca se te sentenciaría a algo así sin que hubieras cometido antes el crimen.
No parecía muy convencido.
—Deja que te recuerde que echaste la papilla cuando te enteraste del crimen del hombre. No cuando viste lo que le ocurrió. ¿Crees que el castigo no ha sido adecuado?
—Llevará esa cicatriz de por vida —dijo Andrastus.
—¿Y crees que las niñas a las que hizo daño no? Puede que sus cicatrices sean internas, pero están ahí y no se van a ir.
De nuevo, se sumieron en un silencio que Olerra volvió a romper.
—Lo que desearía que los hombres aprendieran a tener —dijo— es empatía.
La mayor parte de ellos nunca entenderán los horrores de una violación.
Puede pasarles, pero ni de lejos tan a menudo.
Así que la mayoría ni lo piensa. No te haces una idea del dolor, de la vergüenza, del miedo que cargan las mujeres.
—Pero seguro que en Amarra no ocurre tan a menudo —dijo Andrastus.
—No, no suele pasar. Pero hace tan solo quinientos años que nuestra diosa bendijo a sus hijas con su fuerza.
No ha pasado tanto tiempo como para que hayamos olvidado cómo eran las cosas, sobre todo cuando podemos verlas en nuestros vecinos.
Son tantas las mujeres que huyen hacia nuestras fronteras para escapar de sus vidas.
Porque aquí tienen su sitio. Porque aquí todas las mujeres deberían sentirse seguras y cuidadas.
No solo ellas, sino todas las minorías: amise, madae, madereo, siro, turé e incluso sirem a las que no se las venera como ocurre en nuestro reino.
—Todos —dijo el príncipe— excepto los hombres que sienten preferencia por las mujeres.
—Vas aprendiendo.
—¿O sea que se me va a odiar y a tratar como a la mierda porque me gustan las mujeres?
Olerra se acercó a él hasta que sus rodillas se tocaron. Le agradó comprobar que Andrastus no rehuía su contacto.
—No. Si me dejaras, Andrastus, te trataría mejor de lo que podrías imaginar.
Solo quería ayudarte a entender. Castigarte, sí, pero, sobre todo, ayudarte a comparar tu reino con el mío para que veas el mundo con nuestros ojos.
No digo que esté bien. Solo que tiene un sentido.
La mayor parte de mi reino cree que, si no dominásemos a los hombres, volverían a oprimirnos.
Debemos comportarnos así por nuestra propia protección.
Olerra se quedó callada un segundo, y añadió en voz baja:
—¿Qué motivo tienen los hombres de tu reino para tratar a las mujeres como lo hacen?
Andrastus no dijo nada.
Cuando llegaron a palacio, Sanos se sintió aliviado pensando que eso habría sido todo. Pero no. Olerra había programado una tortura más para aquella tarde.
—¿Quién coño es esa? —preguntó.
Había una mujer en su cuarto. En su mesilla de noche, había dispuesto un estuche de cuero que contenía todo tipo de agujas. También había traído un cubo con hielo, una vela candente y varios viales con ungüentos.
—Siéntate —le ordenó Olerra.
Sanos se negó, y ella indicó a los eunucos que lo ataran a la cama. Se resistió, como siempre, pero no sirvió de nada ante su superioridad numérica.
—Me honra que me hayáis llamado —dijo la mujer.
Parecía tener unos treinta y pocos, y tenía el cuello y los brazos llenos de tatuajes.
—Gracias por venir, Ersha. Vamos a hacer un solo pendiente en el lóbulo derecho, creo yo.
«Pendiente». Hasta entonces, Sanos no había recordado que Olerra había dicho algo al respecto. No lo había asociado con eso, porque ¿cómo demonios iba a significar algo así?
Nadie hizo caso a sus protestas.
—¿Y qué joya? —preguntó Ersha.
—Una bolita de ónice, por favor.
—A juego con el brazalete. Perfecto.
Sanos la observó coger una aguja hueca y ponérsela delante. Primero, la sostuvo sobre la llama de la vela. Después, la untó con el líquido de uno de los viales. Con el mismo ungüento y un trapo templado, le limpió la oreja a él.
—¿Listo? —le preguntó la anilladora.
—Vete a la mierda.
—Inspirad —le indicó—. Y espirad.
—¡Hostia!
—Aguantad un segundo —dijo Ersha.
Sanos sintió un pinchazo más suave que supuso que era del pendiente pasando por el agujero. Tras eso, el hielo calmó el calor de su piel.
—Mantenedlo limpio. Aplicad el contenido de estos viales dos veces al día. Ya sabéis cómo hacerlo.
Olerra se acercó a él para examinar su oreja. Ersha le retiró el hielo para que pudiera verlo.
—Ay, es precioso.
«Precioso».
No era una palabra adecuada para describir a un hombre.
Desde luego, no al príncipe heredero de Brutus.
—Me encanta, Ersha. ¡Gracias! —dijo Olerra.
Las mujeres se abrazaron.
Y se fueron.
Sanos estaba que echaba humo en sus aposentos, en soledad. Se quedó mirando fijamente al techo y se sorprendió de lo rápido que dejó de pensar en su oreja mutilada. Ya no le dolía. Ni siquiera cuando se apoyaba sobre ella al girar la cabeza en la almohada.
Lo que dejaba espacio en su mente para otras cosas.
Si la historia que le había contado Olerra era cierta, las mujeres de Amarra se habían vuelto crueles y despiadadas para vengarse de los abusos de los hombres.
Sonaba a excusa para ser cruel y despiadada.
Para justificar así los horrores a los que los sometían.
Pero la pregunta resonaba en su cabeza.
«¿Qué motivo tienen los hombres de tu reino para tratar a las mujeres como lo hacen?».
Que podían. Que nadie tenía poder para impedírselo.
¿Era justo entonces culpar a las amarrianas de lo que habían hecho para protegerse? Lo que había visto ese día no era peor que lo que veía en su propio reino. La única diferencia la constituía que las víctimas eran hombres. El golpe era más duro porque era su propio sexo el que sufría.
Olerra le obligaba a cuestionarse demasiadas cosas.
Dioses, tenía que largarse de aquel lugar.
A la mañana siguiente, Olerra no fue a por él. Los eunucos lo vistieron, por suerte, con más ropa ahora que no estaba siendo castigado, y lo llevaron a lo que uno de ellos llamó gimnasio. Sanos recordaba vagamente a Olerra mencionándolo durante su viaje a Amarra.
Era una absoluta locura.
Sanos no se había planteado qué hacían los maridos y consortes durante todo el día mientras las mujeres trabajaban. Pero nunca se habría imaginado aquello.
El lugar consistía en una serie de gigantescas salas de techos abovedados.
En una había una pista que recorría el borde de la habitación en la que los hombres corrían.
En el centro, había equipos para levantar pesos de todo tipo separados a intervalos regulares.
La mayoría de las paredes estaban cubiertas de espejos, y Sanos se acercó a uno para examinarse la oreja.
Parpadeó. No le quedaba… mal. El ónice era pequeño, y pensó que le daba una apariencia algo picara. Pero cómo iba a odiarlo su padre. Esa idea hizo que a Sanos le gustara más.
No debería gustarle en absoluto, aunque pensó que, si se lo arrancaba, Olerra haría que alguien se lo volviera a poner. Mejor dejarlo donde estaba.
De momento.
Al explorar el lugar, Sanos encontró otra sala con sillas acolchadas y mesas, donde algunos de los hombres jugaban a las cartas o a los dados. Otros sencillamente se relajaban, charlando entre ellos, comiendo y bebiendo.
Según avanzaba, descubrió una habitación con lienzos y pintura. Aguja e hilo. Otra con instrumentos de jardinería y techos de cristal. Una biblioteca con sofás y libros por millares. Dondequiera que fuese, había todo tipo de utensilios de artes y manualidades a su disposición.
Su séquito personal lo seguía con algo de distancia, relajándose contra las paredes de la sala en que decidiera detenerse.
No eran los únicos eunucos presentes. La mayoría estaban pendientes de las actividades realizadas.
Sanos los distinguía porque eran los únicos hombres que no llevaban brazaletes.
También había guardias, relajadas pero con lanzas.
Tenía la sensación de que no estaban allí porque nadie tratara de escapar. No, estaban ahí para disolver peleas.
Sanos no tenía intención de causar problemas, y no se encontraba allí para hacer amigos.
Estaba aprovechando el tiempo hasta que pudiera escapar.
Y mantenerse en forma le parecía la mejor forma de hacerlo.
Primero, fue hacia las pesas. La semana de viaje que había pasado en el carro y las noches en las que prácticamente había estado inmóvil le habían pasado factura.
Empezó con los brazos, levantando mucho peso hasta que no pudo moverlos.
Después, ejercitó los músculos de las piernas, tumbándose en una máquina y haciendo presión con los pies sobre el peso.
Hizo una pausa para estirar y beber algo de agua antes de ponerse a correr un poco.
No sabía cómo lograban las amarrianas que el interior del gimnasio estuviera mucho más fresco que el exterior, pero era muy agradable.
Después de dar una vuelta, un hombre se puso a correr junto a él. Sanos no tuvo que girarse. Podía ver la silueta por el rabillo del ojo.
Athon.
El príncipe apreció su aspecto, sobre todo ahora que no cojeaba. Pensó que quizá correrían juntos en silencio. O que querría darle las gracias por lo que había dicho. Tal vez encontrara en Athon otra alma que odiaba aquel sitio tanto como él.