Capítulo 13 #3
La palabra le era desconocida, pero no le gustaba cómo sonaba, tenía cierta dureza contra su oído.
Consideró si preguntar qué significaba. No quería hacer el ridículo, y menos con todo lo que no sabía acerca de la cultura amarriana, pero, al ver la mirada de terror en el rostro del hombre que esperaba su castigo, no quiso permanecer en la ignorancia.
—No sé qué es eso —admitió.
El rostro de Olerra reflejó su decepción.
—Se me olvidaba —dijo—. Ni siquiera es un crimen en Brutus. ¿Por qué ibais a tener una palabra para designarlo? —Sacudió la cabeza—. Es cuando una persona fuerza a otra para tener sexo.
Sanos se quedó ojiplático, sorprendido de pronto de que no hubiera en su reino una palabra para tal acción.
Era lo que su padre le hacía a su madre en su lecho conyugal.
Sanos había oído a soldados hablar de sus conquistas cuando se encontraban a mujeres solas en las calles.
Nunca le había parecido adecuado, aunque encontraba consuelo en saber que él no era así.
Sus hermanos no eran así. A pesar de todo, los hermanos Ladicus no se parecían en nada a su cruel padre.
Pero entonces Sanos empezó a cuestionarse. ¿Habría pagado alguna vez a una mujer que no quería estar con él? ¿A alguien que estuviera tan desesperada por ganar dinero para poder pagar comida, ropa y un techo que no pudiera decir que no a pesar de no desearlo?
Sanos se sintió asqueado. Peor, incluso. Odiaba no haber pensado en ello hasta que aquella mujer había entrado en su vida.
—¿Qué ha hecho ese? —preguntó Olerra a la mujer que tenía al lado, señalando al hombre que esperaba el castigo.
—Era un amigo de una familia noble de Ephenna. Lo pillaron en la cama de la hija de diez años. La niñera fue a comprobar cómo estaba la pequeña y lo pilló. Lo han mandado aquí como castigo.
Una niña.
Sanos no podía más. El aire estaba invadido por el olor de la sangre. Se inclinó sobre las gradas y vomitó hacia el pozo.
Olerra le acarició la espalda para calmarlo. Con un pañuelo, le limpió la cara antes de que volviera a sentarse. Le ofreció agua de su odre para que se quitara el sabor de la bilis.
Y después empezó todo.
Arrastraron al hombre sentenciado hasta una enorme estructura en el centro de la sala. Tenía forma de aspa, hecha con dos grandes tablones cruzados. Lo encadenaron a cada uno de los lados, manos arriba y pies abajo. Y entonces le acercaron un aparato.
El dispositivo también estaba hecho de madera. Consistía en un pequeño agujero, como los que hay en un cepo para las manos y la cabeza, pero más pequeño. Además, había una hoja de metal.
Una de las guardias se sacó un cuchillo y cortó los pantalones del reo, que le cayeron a los tobillos. El hombre le escupió a la cara mientras lo hacía, pero la mujer lo ignoró, claramente acostumbrada a recibir ese tipo de trato.
Entonces una voz resonó por la sala, y Sanos vio a otra mujer en el lado opuesto del pozo hablando a través de una bocina que amplificaba el volumen de su voz.
—Revlin Darigan, por el crimen de dar un uso inapropiado a tu miembro, se te ha condenado a perderlo. —La mujer le hizo un gesto a la guardia del pozo, en cuyo rostro aún brillaba la saliva del hombre.
La guardia desplazó el aparato hasta que el hombre quedó entre la cruz y el dispositivo. Tiró de una palanca que hizo alzarse la afilada hoja de metal.
Parecía una…
Una guillotina.
Para el pene de un hombre.
El reo empezó a proferir barbaridades contra la mujer, que le levantaba el pene con una vara metálica para colocárselo en el lugar correspondiente.
La muchedumbre empezó a corear algo, pero Sanos no conseguía descifrar qué decían.
El sudor corría por el rostro del hombre mientras seguía soltando veneno por la boca, demasiado lejos de Sanos como para que pudiera oírlo. Probablemente fuera mejor así.
En aquel momento, sin previo aviso, la hoja cayó. Voló hacia abajo, directa al miembro del hombre.
Sanos cerró los ojos en el último momento, sin ser capaz de mirar. Aquello aguzó su oído, y por fin pudo distinguir las palabras del público.
—¡Corta! ¡Corta! ¡Corta!
El bramido hizo que a Sanos se le pusiera el vello de punta. La masa se quedó en silencio, como para oírlo mejor. Cuando abrió los ojos, no podía mirar a la escena frente a él, así que, en su lugar, dirigió su vista hacia Olerra.
Craso error.
—Mira —le ordenó, señalando con un gesto hacia el pozo.
Él negó con la cabeza.
Olerra tiró de la correa para obligarlo a mirar al frente. Sus ojos se fijaron en el hombre sin que él se lo ordenara.
Otra mujer había entrado en la arena. Llevaba guantes y una bata de medicina. Tenía una especie de tubo fino en las manos. Hubo un segundo grito cuando se arrodilló ante el hombre e hizo algo que quedó bloqueado a la vista por el propio cuerpo de la mujer.
Cuando se apartó del reo, el tubo colgaba de donde antes estuviera la polla del hombre.
Para que pudiera orinar.
Por último, llevaron lo que parecía ser una pica al rojo vivo, para cauterizar…
Sanos estuvo a punto de desmayarse cuando el hombre gritó por tercera vez.