El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Aquel lugar era una pesadilla, una que ni siquiera sabía que tenía que temer.

Las mujeres intercambiaban hombres por doquier, doblegándolos con su fuerza superior.

Los hombres allí eran poco más que esclavos, y, por mucho que se pusieran una máscara de valentía frente a las espectadoras, Sanos podía ver que, al otro lado de los escaparates, el resto esperaba su turno.

Algunos fumaban para calmar los nervios.

Otros tenían rostros descompuestos y almas quebradas.

¿Cómo podía Olerra aguantarlo?

Cuando se giró hacia ella, vio que la general no estaba observando todo lo que estaba viendo Sanos. En lugar de eso, lo miraba a él.

Tiró de la correa y el príncipe se acercó a ella con el cuello por delante.

—Lo que ves aquí no es como se comporta la mayor parte de mi reino. Estas son unas pocas, las más extremas. ¿Temes por estos hombres? ¿Te duele verlos sufrir?

—Sabes que sí.

Olerra asintió.

—Quiero contarte una historia. La de la Elegida de Amarra, la primera reina del país. ¿Me vas a escuchar?

Sanos aceptaría cualquier cosa que lo distrajera de todo lo que ocurría en las calles. Asintió.

Olerra empezó a narrar:

Había una vez una reina que lloraba.

La reina tenía cuatro hijas, pero ningún hijo, y su marido le pegaba a diario por ello. Un día, le pegó hasta que perdió el conocimiento, y después se folló su cuerpo inconsciente. Cuando ella volvió en sí, en un delirio plagado de dolor, le rezó a su diosa.

—Por favor —le rogó—, no permitáis que siga sufriendo.

La reina quería morir.

Pues no había nada que pudiera hacer. No podía sacar a sus hijas del castillo a escondidas. La ley confería a su marido pleno control. No era nadie sin él. No podía tener un titulo, ni propiedades, ni dinero, ni nada. Así funcionaba el mundo. Los hombres lideraban. Las mujeres seguían.

Si intentaban ser algo más, se las castigaba.

Pues nada provocaba la ira de un hombre como la amenaza a su autoridad.

La diosa Amarra oyó las plegarias de su hija y le confirió un don. La siguiente vez que el rey trató de pegarle, ella esquivó sus golpes y se los devolvió.

Ya no tenía poder sobre ella. Ahora la reina tenía más fuerza.

Y ella no era la única.

Todas las mujeres de Amarra se despertaron con un nuevo poder. Se liberaron de las cadenas de los hombres.

Y reescribieron las normas. Ejercieron su poder sobre sus antiguos opresores.

Desde ese momento, era el deber de la mujer liderar.

Y el del hombre, soportar.

La reina miró a su transformado reino con placer.

—A ver qué les parece.

—Esa historia —dijo Olerra— ocurrió hace quinientos años, pero la recordamos. A las mujeres de mi reino se las trató entonces como tratáis en tu reino a las vuestras. Hasta que nuestra diosa se compadeció de nosotras. Nos bendijo para que pudiéramos vencer a nuestros opresores.

—En lugar de hacer del mundo un lugar mejor, tu antepasada le dio la vuelta —dijo Sanos.

—Sí, pues tal es el legado de la furia.

Hubo silencio. Tan solo los ruidos del bullicio del mercado los rodeaban.

—Imagina que alguien abusara de ti —dijo Olerra—. ¿Qué harías si, de repente, dejara de tener poder sobre ti?

Era una pregunta hipotética. Obviamente, ella no tenía ni idea de cómo lo trataba su padre. Sanos quería decir que sería noble. Que buscaría justicia.

—Querría vengarme —contestó.

Le daría a su padre todo lo que se merecía y más.

—Yo también.

—¿Qué harás? —preguntó Sanos—. Si te hacen reina, ¿dejarás todo como está? ¿Hasta cuándo deben sufrir hombres inocentes por los pecados de sus padres?

—¿Qué harás tú? —dijo Olerra, devolviéndole la pregunta—. Imaginemos que te dejo regresar a Brutus. Cuando tu hermano sea rey, ¿le dirás que cambie las leyes que siempre han beneficiado a tu sexo? ¿Habrías cuestionado el trato que reciben las mujeres si no te hubiera traído aquí?

Quería mentir, decir que se comportaría de forma noble, pero sabía que la verdad era otra.

Había visto lo indefensas que estaban su madre y su hermana a merced de su padre, pero nunca se le habría ocurrido cambiar las leyes. Había pensado que era suficiente con portarse bien con ellas. Tras la muerte de su padre, él las protegería.

Pero ¿qué pasaría con el resto de las mujeres? ¿Con aquellas que no tenían a hombres buenos que las cuidaran? ¿Era la decisión correcta dejar su bienestar en manos de hombres imperfectos? ¿Por qué no darles los medios para abandonar una mala situación?

—No has contestado a mi pregunta —replicó Sanos—. ¿Cambiarás las cosas?

—Lo primero que haré —respondió Olerra— es desmantelar la maldad de este mercado y liberar a los hombres del harén de Glen. —Dio un suave tirón de la correa.

Después de quince minutos andando, a Sanos empezaban a dolerle los pies.

Había pisado docenas de rocas y al menos dos bichos.

El sudor le goteaba por el pecho y la espalda del calor, pero no se le había quemado la piel.

Le dolían los brazos de tenerlos tan pegados a la espalda.

Las ataduras eran incómodas. Y cada nuevo horror que se encontraban por la calle lo ponía tenso.

Por fin, Olerra lo llevó al interior de un edificio. Una especie de arena, con un pozo en el medio de la sala.

La gente la reconoció. Unas amigas la saludaron y alguien los condujo a dos asientos en las primeras filas.

Sanos pudo oler la sangre antes de verla.

«¿Más peleas?», se preguntó.

No entendía nada de lo que estaba pasando. Había sangre coagulada por el suelo, cubriendo rocas, tierra y cualquier otra superficie. Por todas partes, había aparatos afilados a los que no sabía poner nombre. Una mujer tiraba de un hombre encadenado tras ella.

—¿Sabías que a veces otros reinos mandan aquí a sus criminales? —le preguntó Olerra, inclinándose para decírselo directamente al oído.

A pesar de ello, apenas pudo oírla. Los gritos de la muchedumbre habían aumentado cuando había aparecido el hombre encadenado.

—No —respondió él.

—Nosotras creemos que el castigo debe ser acorde al crimen. Los asesinos son ejecutados. A los ladrones se los despoja de su tiempo en las prisiones. Y aquí —hizo un gesto hacia la arena— nos encargamos de los violadores.

«Violadores».