Capítulo 13
U na vez que Sanos no tuvo que centrar todos sus esfuerzos en ignorar a Glenaerys, pudo volver a sentirse molesto por su situación actual.
«Soy un príncipe. Soy el príncipe heredero de Brutus, y llevo una puñetera cadena en los pezones».
No era incómoda. No tenía los pezones particularmente sensibles. Pero resultaba humillante ir por ahí con tantas joyas colgando.
Olerra lo obligó a seguirla al exterior. Las piedras del suelo estaban cálidas bajo sus pies descalzos, y tuvo que poner especial cuidado en no pisar rocas sueltas u objetos afilados. Las plantas de los pies se le quedarían sucias después de hacer los recados de Olerra, fueran los que fuesen.
Ella le echó un vistazo a su piel desnuda antes de pedir que le trajeran algún tipo de aceite. Se lo untó por todo el cuerpo, asegurándole que con eso no se quemaría la piel. Después, lo llevó hasta un carruaje y se sentó tan cerca de él que sus muslos se rozaban.
—Muy bien hecho antes —dijo Olerra cuando el carruaje empezó a moverse—. Tienes una inteligencia admirable.
—Maravilloso, ahora puedo morir a gusto —contestó él, inexpresivo.
—Te falta un poco de sentido del humor, pero, dadas las circunstancias, lo aceptaré. —Olerra estiró un brazo por encima del respaldo del asiento del carruaje y le acarició el cuello con los dedos.
A Sanos le ardía la piel al contacto con la de la general. Al darse cuenta de que lo estaba disfrutando demasiado, se sentó en los asientos que había frente a ella.
—No me toques —le dijo a Olerra.
—¿Eso es lo que prefieres? —le preguntó—. ¿Quieres que me toque yo mientras tú miras?
—No —respondió Sanos, quizá demasiado alto.
—Qué lástima —dijo ella—. Me gustó que me miraras. Nunca me había corrido tan rápido.
Sanos cerró los ojos al recuerdo que se estaba materializando en su mente.
—¿Es necesario que hables?
—¿Es necesario que sigas fingiendo que no me deseas?
—No finjo. Te he dicho en todo momento lo que deseo.
Quiero quitarme estas cadenas. Quiero irme a casa.
Olerra se recostó en su asiento.
—¿Y qué tiene de bueno tu casa? ¿Qué estarías haciendo si estuvieras en Brutus?
Habiendo terminado su cumpleaños, ya se encontraría de camino a la frontera para luchar contra los efenos. Estaría solo, con la mente ociosa para pensar. Para preocuparse por su familia.
Dioses, su familia.
Sanos se giró hacia Olerra.
Su corazón palpitaba con la fuerza de la urgencia que se apoderaba de él, pero no había nada que pudiera hacer para liberarse. Estaba atrapado hasta que se le presentase una oportunidad para escapar. Solo podía hacer una cosa.
—Me gustaría pedirte un favor.
Sanos vio que a Olerra le sorprendía el cambio de tema.
—Hoy se supone que es un día de castigo, ¿y, aun así, me quieres pedir un favor?
—He llegado a la conclusión —continuó Sanos— de que, a pesar de mis esfuerzos, voy a pasar bastante tiempo en tu reino. Sé que no le puedes decir a mi familia dónde estoy, pero ¿podrías mandarle un mensaje a mi madre para hacerle saber que estoy bien? No quiero que se preocupe más de lo necesario.
Olerra reflexionó en silencio durante un momento.
—¿Por qué se preocuparía? —preguntó al fin—. ¿No se supone que eres propenso a salir de palacio de vez en cuando?
Sanos se recordó que ella pensaba que estaba hablando con su hermano. Andrastus tenía más libertad para salir donde quisiera.
—Apenas —respondió—. Tan solo en breves excursiones con mis hermanos. Mi madre se estará imaginando lo peor. No es ninguna estratagema para enviarle algún mensaje secreto. Puede escribirlo cualquiera. Tan solo quiero que sepa que estoy vivo y a salvo.
Olerra se recostó en su asiento sin dejar de mirarlo.
—¿Y qué me darás a cambio si yo hago esto por ti?
Sanos se tragó su orgullo, aunque casi se ahogó con él.
—Me comportaré. No volveré a enfrentarme a ti cuando estemos en público.
Ella lo sopesó con calma.
—De acuerdo, príncipe. Le enviaré el mensaje a tu madre en cuanto volvamos.
—Gracias.
No le parecía adecuado agradecerle nada después de todo lo que había hecho, pero quería dejarle claro que estaba siendo sincero tanto en su petición como en su promesa.
La ciudad se movía a su alrededor con lentitud. El tráfico era horrible y provocó que el carruaje se detuviera en numerosas ocasiones. Sanos miró por la ventanilla, observando los barrios y negocios. El pueblo de Amarra parecía vivir a gusto. El príncipe no vio ninguna persona sintecho o indigente.
Debió de haber dado voz a sus pensamientos porque Olerra le habló con expresión de orgullo.
—Contamos con programas para cuidar a la gente con problemas mentales, y a quienes necesitan ayuda para encontrar su camino. —Bajó la voz—. Pese a los esfuerzos de Glenaerys.
Sanos volvió a meter la cabeza en el carruaje.
—¿Qué quieres decir?
—Quiere recortar los fondos destinados a esos programas. Los financian las familias más ricas. Ella preferiría darle ese dinero a la nobleza. Un motivo más para que la tengan en tan alta estima.
Sanos miró de nuevo hacia fuera. En comparación con el palacio, el populacho parecía muy normal.
Los hombres no llevaban joyas o cantidades obscenas de maquillaje.
Tenían tan solo brazaletes hechos de materiales comunes.
No estaban expuestos. Hacían tareas, como todo el mundo.
Parecía que tan solo las nobles montaban un espectáculo a costa de sus hombres, alardeando de ellos como si fueran trofeos.
Vio a un padre coger a su hija en brazos y subírsela a los hombros. La niña le rodeaba la cabeza con sus bracitos, riendo. Otro hombre se agachaba a besar a su mujer y dejaba la cabeza apoyada en su hombro mientras ella regateaba en el mercado.
Sanos nunca había visto plebeyos tan alegres y satisfechos. En Brutus, había indigentes en cada esquina. En Ephenna, los niños de la calle salían corriendo en desbandada huyendo de los soldados que avanzaban por las ciudades.
Las amarrianas podrían tener una sociedad de mierda, pero al menos procuraban ayudar y mantener a su gente.
Sanos frunció el ceño al darse cuenta de que había pensado en algo halagador acerca de aquel lugar. Volvió a apartar la mirada de las calles.
Olerra no dejaba de observarlo.
—¿Qué piensas?
—Nada.
Ella sonrió como si hubiera adivinado sus pensamientos.
—No llegaste a contestar a mi pregunta. ¿Qué estarías haciendo si estuvieras en Brutus ahora mismo?
Sanos se puso de mala leche.
—No importa qué estaría haciendo. Tan solo que volvería a tener mi libertad.
—¿Libertad? ¿Para beber e irte de putas? ¿Eso es lo que echas de menos? ¿Tanto te asusta estar atado a una sola mujer?
—Si es la idea que tienes de mí, ¿por qué demonios me secuestraste?
—Porque tengo fe en lo que está por venir.
—¿Cuándo?
—Cuando aceptes lo que ha ocurrido. —Se quedó callada un segundo—. Yo a esto le veo dos salidas. O asumes que esta es tu vida, confías en que lo nuestro vaya a funcionar y tenemos una posibilidad de tener un felices para siempre…
—¿O? —preguntó Sanos, consciente de que esa opción nunca iba a ser su futuro.
—O me ayudas a conseguir el trono y después nos separamos. Sea como sea, los dos salimos ganando, ¿no crees?
—¿Y qué hay de la tercera opción en la que dejas que me vaya y hacemos como que no ha pasado nada?
—No pienso contemplar ninguna idea que no acabe conmigo gobernando el reino. —El tono de la general no admitía réplica.
Cuando llegaron a su destino, Olerra bajó del carruaje y le tendió una mano a Sanos para ayudarlo a bajar, aunque él la ignoró.
Puede que tuviera las manos esposadas a la espalda, pero no necesitaba ayuda para caminar.
Andaban despacio para que le resultara sencillo con las ataduras, pero Sanos sospechaba que Olerra quería que estudiara su alrededor.
Se encontraban en una especie de mercado, eso estaba claro. Había comida caliente a la venta, y los olores llenaban las calles tapando la peste a sexo y suciedad. Olerra apretó el puño alrededor del mango de la correa, pero no llegó a tirar de ella.
Había una arena en la que hombres luchaban y las espectadoras apostaban. Una mujer recogía dinero mientras que otra hablaba con un grupo cercano.
—¿Quién quiere una noche con el vencedor?
Las espectadoras empezaron a pujar. Las cantidades no tenían sentido para Sanos. Su dinero era diferente. Pero podía ver, por la abundancia de oro, que las sumas no eran pequeñas.
En otra zona, había una cama sobre una tarima. Una mujer estaba sentada en el borde y tenía a un hombre de rodillas frente a ella.
—Este es Barov. Tiene una lengua de serpiente y la puja empieza en dos ederos. ¿Alguien quiere verlo en acción?
Las espectadoras lo aclamaron. A un gesto de la mujer, Barov se echó hacia delante, quitándole las bragas y enterrando el rostro entre sus piernas para que todas lo vieran. Los gemidos de la mujer quedaron sepultados por los gritos de la gente.
—¿Un mercado sexual? —soltó Sanos—. ¿Eso es lo que quieres que vea? Para que vea dónde me vas a vender si no me comporto, ¿verdad?
Olerra no contestó, sino que siguió arrastrándolo por la calle, pasando de largo por más vendedoras con mercancías menos obscenas.
Se acercaron a una mercadera con todo tipo de baratijas que Sanos no reconoció, hasta que se fijó en las varias cajas con falos como el que Olerra había usado.
Una mujer que estaba observando con atención el mostrador cogió una especie de dispositivo metálico y se lo acercó a la vendedora. El aparato consistía en varios alambres que tenían la forma de una polla flácida con un candado en un extremo.
—¿Se oxidará si se moja? —preguntó la mujer.
—No, se puede usar sin problema en juegos de baño.
Sanos cayó en la cuenta un momento después de que el aparato era para evitar que al hombre se le pusiera dura.
—Joder —susurró, sin poder contenerse ante los horrores de Amarra.