El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Glenaerys miró a su prima a los ojos. Había algo peligroso en esa mirada. Algo que Olerra había aprendido a reconocer incluso cuando eran niñas. Glenaerys no perdía el control cuando se enfadaba. Al contrario, se volvía fría y calculadora. No se enrabietaba.

Se vengaba.

Y Olerra sabía que, fuera lo que fuese lo que estaba planeando, no podía ser bueno.

—No parece que haya asientos libres —dijo Glen. Entonces se giró a Athon—. Ponte a cuatro patas.

El antiguo soldado obedeció, haciendo una mueca de dolor al apoyarse sobre la pierna herida. Mientras tanto, Glen miraba a los ojos a Andrastus.

—Un poco más bajo, Athon. No soy tan alta.

El hombre se agachó un poco más, con torpeza, y Glen se sentó sobre su espalda.

La respiración de Andrastus se aceleró, y Olerra sopesó sus opciones. Podía marcharse, dejando a Glen con las dos mujeres que más influencia tenían sobre sus futuros.

O podía quedarse e intentar ganarse el favor de ambas, arriesgándose a que Andrastus dijera alguna estupidez. Por suerte, nadie estaba hablando con él directamente, y Olerra estaba segura de que no expresaría ningún…

—¿Algo que decir? —le preguntó Glenaerys al príncipe.

Olerra contuvo un gruñido.

Sanos odiaba a aquella mujer, quizá incluso más que a Olerra.

Tardó más en contestar de lo que seguramente fuera aceptable, pero necesitaba tiempo para pensar en una respuesta adecuada. Recordó que Olerra y él tenían que comportarse como si estuvieran follando, y sabía que cualquier cosa que tuviera que ver con la general molestaría a Glenaerys.

—Solo pensaba que, cuando estoy debajo de Olerra, se asegura que la experiencia sea placentera para ambos. Me alegro de que me haya elegido ella y no tú.

Pareció que había dado la mejor respuesta posible.

—Vaya lengua tiene —dijo Cyssia entre risas y aplausos.

—Y sabe utilizarla —dijo Olerra, cogiendo su copa.

Usstra, por otro lado, miró a Sanos, impasible.

—¿Te molesta la mano dura de Glenaerys?

—Me molestan los abusones.

—A mí también —asintió Usstra.

Sanos no pudo evitar sonreír al volverse hacia Glen.

Tenía los brazos cruzados en actitud pensativa.

El príncipe se giró entonces hacia Olerra, que parecía estar tan orgullosa que podría incluso besarlo.

Él confiaba en que no lo hiciera. Quería hacerle daño a su prima.

Le daba lo mismo que eso también sirviera para ayudar a Olerra.

—¿Abusona? —preguntó Glen—. Athon no era nadie antes de que yo me fijara en él. ¿Acaso estás descontento con mi atención, Athon?

Entonces, acordándose del arnés, Glenaerys desató las hebillas de la cabeza de Athon. La saliva se deslizó por su boca cuando le retiró la mordaza.

Antes de contestar, tragó y respiró profundamente.

—No, mi señora.

—¿Echas de menos tu vida de soldado?

—No, mi señora.

—¿Eres ahora más feliz?

—Sí, mi señora.

—Un hombre que no puede responder con sinceridad, sin miedo a las represalias, siempre dirá lo que quieras oír —intervino Sanos.

—¿Y qué se supone que significa eso?

Olerra parecía preocupada. Colocó una mano sobre la cintura de Sanos, pero él la ignoró.

—Puedes darle todas las palizas que quieras sin miedo a las consecuencias. Pero, si él te hace sangrar a ti, su vida habrá terminado.

Glen se rio.

—Tengo entendido que, en tu reino, las mujeres que son infieles a sus maridos son ejecutadas. El más mínimo rumos de infidelidad puede arruinarles la vida. Sin embargo, no hay ningún castigo para los hombres que se folian a otras, ¿verdad?

Sanos estaba harto de que esas mujeres le echaran en cara las costumbres brutas.

—Así es.

—Y por eso yo nunca me rebajaría a casarme con un bruto —sentenció Glen—. Sus costumbres son inhumanas. Olerra se deshonra al acostarse con uno de ellos.

Cyssia miró a Sanos con expresión pensativa.

¿Cómo había conseguido Glen darle la vuelta a la conversación tan rápido? Era una maestra de la palabra. Sanos tomó una nota mental de no discutir con ella.

Glen bajó una mano al cuello de Athon. Lo acarició. Apretó. Le clavó las uñas. Cuando el hombre empezaba a dar señales de estar quedándose sin aire, Glen lo soltaba. Lo aliviaba del ataque acariciándolo con las yemas de los dedos.

Sanos tiró de las esposas a su espalda.

No debería importarle. Esos hombres eran amarrianos. Athon había elegido eso.

Pero todo le recordaba demasiado a su padre, que hacía daño a sus hijos cuando le apetecía. Sanos no podía hacer nada al respecto. No podía moverse. No podía atacar. Sabía que eso era justo lo que Glen quería que hiciera. Aquello no era más que un espectáculo que había preparado para él.

Lo odiaba. Pero no era un muchacho al que se podía provocar con facilidad. Tenía que comportarse por mucho que quisiera hacer lo contrario. Aguantó el resto del desayuno sin volver a dirigir una mirada a la prima de Olerra.

—¿Necesitas ayuda con algo hoy? —preguntó Ydra cuando Olerra se levantó de la mesa.

—Te agradecería que me siguieras sustituyendo mientras le enseño a Andrastus el castillo —respondió ella.

—Por supuesto. ¿Dónde vas a ir?

—Al mercado y luego al pozo.

Ydra miró a Andrastus antes de volver a dirigirse a Olerra.

—¿Estás segura de que está listo?

—Pues claro que sí —respondió Cyssia en su lugar—. Los hombres tienen que recordar que sus acciones tienen consecuencias. No tienen modales fuera de nuestras fronteras. El pozo refuerza el carácter.

—Vamos —le dijo Olerra a Andrastus.

Como él no se levantó en el acto / la general enganchó un dedo en la cadena que conectaba las pinzas de los pezones y tiró hacia arriba. Andrastus se quedó sin aliento al levantarse. Le dedicó una mirada oscura.

—Luego nos vemos.