Capítulo 12
A quella noche, Olerra no descansó mucho.
El día anterior había tenido sus victorias.
Poner a Glen en su sitio había sido fantástico, pero el intento de huida de Andrastus había resultado una decepción.
Se lo había esperado, por supuesto. Olerra sabía, lógicamente, que no podía esperar que su hombre quisiera complacerla desde el principio.
No había nacido ni crecido en Amarra. Había que inculcarle las costumbres del reino hasta que le resultaran naturales.
Ese día tampoco serviría para unirlos más, eso estaba claro. No, ese día sería un castigo por las tonterías de la noche anterior.
—¿Qué cojones es eso?
Olerra escuchó el grito desde la habitación contigua. Se permitió una sonrisa antes de borrarla y entrar a los aposentos de Andrastus.
—¿Algún problema? —preguntó con inocencia—. Ningún problema, princesa —respondió Vernys mientras el eunuco esposaba a Andrastus con los brazos a la espalda en lugar de frente a él.
Solo así pudieron ponerle las pinzas en los pezones.
Estaban hechas de plata pura, con pequeños ónices engarzados en la cadena que las conectaba. Andrastus llevaba un collar de plata maciza al cuello, y el eunuco entregó a Olerra el extremo de la correa a la que estaba atado.
—Ya está listo, princesa, a no ser que queráis ponerle también el arnés.
Olerra miró a Andrastus y enarcó una ceja, y el príncipe supo mantener la boca cerrada.
—No creo que vaya a ser necesario hoy. Pero quitadle las sandalias. Creo que le vendrá bien ir descalzo.
Andrastus clavó la mirada en los dos hombres que se acercaron a descalzarlo. Apenas tenía ropa. Una falda corta de color negro que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Hacía que su piel marmolea pareciera aún más pálida. No vestía nada más, aparte de las cadenas, las joyas y el brazalete.
Olerra se quedó pensando un segundo.
—Creo que le falta algo. Llamad a la anilladora de palacio. Le falta un pendiente. Dos, quizá. Aún no lo he decidido. La veremos esta noche. Hoy tenemos un día ajetreado.
Los hombres asintieron antes de salir de la habitación. El cuero del mango de la correa crujió cuando Olerra apretó el puño. Dio un tirón de prueba y Andrastus se vio arrastrado hacia delante.
—Si piensas que voy a salir así vestido…
Olerra no lo dejó terminar.
—Hoy no me apetece tener que aguantar tu mal genio. Ayer me hiciste sentir orgullosa cuando venciste al hombre de mi prima, pero perdiste todo el favor que habías ganado al intentar escapar.
—Como si me importara media mierda tener tu favor.
—Pues debería. Porque si no me importas a mí, no le importarás a nadie.
Todo el mundo piensa que te he mancillado.
Ninguna mujer te mirará dos veces. Puede que te dejen entrar a los burdeles, pero básicamente eres un hombre sin honor en un reino donde a la gente le da igual quién coño es tu padre.
Hoy será un día de castigo. Lo tengo todo planeado.
Será desagradable, pero necesario. Después, seguiremos con nuestro cortejo como siempre.
Andrastus resopló.
Olerra tiró de la correa, obligándolo a acercarse hasta que sus narices casi se tocaron.
—Te he elegido, príncipe, para que seas mío.
Aún no me has dejado que te corteje como es debido.
Y la tontería de ayer nos ha retrasado. Pero ya llegaremos.
Hoy, te voy a enseñar quién soy yo y quién es mi gente.
Mañana, empezaré a enseñarte lo que eres para mí.
Y, ahora, sé buen chico y compórtate. —Olerra terminó su discurso con un mordisco en el cuello.
No tan fuerte como para romperle la piel.
Tan solo lo suficiente para recordarle a Andrastus a quién pertenecía.
La general se echó la correa por encima del hombro. Si la notaba demasiado tensa, se aseguraba de aflojar el paso. A pesar de que su principal intención del día era incomodarlo, no entraba en sus planes hacerle daño. Olerra no abusaría de él. No sería como su prima.
Cuando entraron en el salón del desayuno, todas las miradas se clavaron en ellos.
Los temas de conversación cambiaron abruptamente mientras las mujeres se comían a su prometido con los ojos.
Olerra disfrutaba sabiendo que otras también lo encontraban atractivo.
Disfrutaba de que las demás vieran que era suyo.
El día anterior, había presentado a Andrastus a su tía. Esa mañana era momento de que Cyssia y Usstra lo conocieran como debía ser.
Ydra, siempre de su parte, estaba sentada frente a las dos mujeres en cuestión junto a un asiento vacío reservado para Olerra.
Ydra era una bendición de la diosa, no cabía duda.
La princesa sabía que, cuando ascendiera al trono, Ydra se convertiría en la próxima general, mejorando su propia posición social.
Pero no era por eso por lo que Ydra se comportaba como lo hacía.
Era por el vínculo de hermandad que las unía.
—Cyssia, Usstra —dijo Olerra cuando se acercaron a la mesa—, ¿os gustaría conocer a Andrastus?
Cyssia lo miró de arriba abajo.
—¿Después de la pelea de ayer? Por supuesto. Sentaos con nosotras.
El hombre de Cyssia estaba sentado a sus pies, masajeándoselos. A Usstra no la acompañaba ningún hombre, pues era amise. Ella prefería rodearse de sus amistades.
Olerra levantó un dedo para llamar a una sirvienta.
—Un cojín, por favor —dijo cuando la chica se acercó.
La criada lo depositó en el suelo, junto a su silla. Olerra miró a Andrastus a los ojos.
—Arrodíllate.
Él tensó los músculos del cuello. Hubo un instante de rebeldía, en el que Olerra pensó que quizá el príncipe fuera a tirar por la borda sus nobles principios acerca de no pegar a una mujer. Otra vez. Se acercó a su oído.
—Arrodíllate o haré que te arrodilles —le susurró, cogiendo con más fuerza la correa.
Poco a poco, Andrastus se puso de rodillas sobre el cojín. Con algo de culpabilidad, Olerra se dejó caer en su asiento.
«Solo es porque ha intentado escapar. Hoy tienes que castigarlo. Mañana podrás seguir cortejándolo».
—Saluda, Andrastus —dijo la general sin mirarlo.
El príncipe tardó un segundo en reaccionar, como si no se hubiera dado cuenta de que estaba dirigiéndose a él.
—Saludos —dijo con una fría formalidad.
—Veo que aún tiene mucho que aprender —dijo Usstra, llevándose un cáliz a la boca.
—Hacía mucho tiempo que alguien no tomaba a un marido de un reino vecino, ¿verdad? —intervino Ydra—. Es fácil olvidar lo hostiles que son al principio.
—Desde luego, dice mucho de ti que hayas logrado semejante hazaña —dijo Cyssia—. ¡Y que hayas elegido a un bruto tan enorme, nada menos!
Olerra tomó un pedazo de manzana de una bandeja frente a ella y mordió la mitad. El otro cacho se lo ofreció a Andrastus, que miró la fruta como si estuviera envenenada. Ella enarcó una ceja, expectante.
El príncipe miró a su alrededor, a todas las mujeres que lo observaban, y luego devolvió la vista a Olerra.
Ella vio en su mirada que se había dado cuenta de que solo así podría desayunar algo, teniendo aún las manos atadas a la espalda.
Al final, matándola con la mirada, inclinó la cabeza para comerse la fruta de sus manos.
—Puede que sea enorme y algo incivilizado, por ahora, pero esos labios me aceleran el pulso.
Cyssia emitió un sonido de asentimiento.
—Esta es una buena demostración de poder, Olerra. Me alegra verte dar este paso para asegurar tu linaje. Es un misterio por qué tu prima aún no ha elegido un hombre.
—Es algo salvaje —concordó Usstra—, yendo de un lado a otro con todos esos plebeyos.
Alguien carraspeó por encima del hombro de Ydra, y las cuatro mujeres se giraron para ver que Glenaerys se encontraba junto a ellas. Y no estaba sola.
Athon la acompañaba. Estaba peor que Andrastus.
Su brazalete era de oro rosa, con tres ópalos engastados en el centro.
Su falda era más corta. Tenía cadenas alrededor de la cintura y colgando entre las piernas.
Llevaba un arnés que le cubría toda la cabeza para impedir que pudiera comer, y cojeaba al caminar.
Y esa cojera no se la había provocado Andrastus.
Olerra notó al príncipe ponerse rígido a su lado.
—Tampoco es sorprendente —dijo la general—. Glen no es una luchadora. Contrata a gente para que le haga el trabajo sucio. Secuestrar a un marido no es una empresa sencilla. Simplemente, no está hecha para algo así.
—Es una lástima —dijo Cyssia—. No me imagino a ninguna mujer diferre en el trono si no es capaz de secuestrar a un marido noble. Tendría descendientes plebeyos. A no ser que tengas planes de casarte con Daneryn, claro.
El rostro de Glen permanecía impasible, a pesar de los insultos.
—Corre el rumor de que Olerra lo tomó. ¿De qué me sirve una espada mellada?
Andrastus se agitó un poco ante el comentario.
—Esos rumores son falsos —contestó Olerra, por el bien de su príncipe, no por llevarle la contraria a Glen. Tenía la sospecha de que el propio Daneryn había empezado el rumor para que la culpa la obligara a casarse con él.
Glenaerys la ignoró.
—Tomaré a un marido cuando pueda, Cyssia. Ahora mismo estoy demasiado ocupada recopilando información y gestionando el tesoro del reino. No todas tenemos tiempo para pasarnos un par de semanas en otro país.
—Y por eso se inventaron las delegaciones —respondió Olerra, dándole un cubito de queso a Andrastus.
El príncipe le dio un bocado, rozando los dedos de la general con los dientes. Ella se llevó el resto del queso a la boca, disfrutando tanto del sabor como del conocimiento de que los labios de Andrastus habían tocado lo que ella estaba comiendo.
—Mi trabajo, al contrario que la habilidad de pegar espadazos, no se puede dejar en manos de cualquiera —replicó Glenaerys—. Estoy segura de que Usstra sabe bien el cuidado que hay que tener al trabajar con los secretos de nuestro reino.
—También sé ver una excusa cuando la tengo delante —contestó Usstra.
Olerra se tuvo que controlar para mantenerse seria. Ydra no lo consiguió.