El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Andrastus se acercó a la general lentamente, tratando de acorralarla contra una esquina y aumentar sus posibilidades de agarrarla. Olerra no lo permitió. Rápida como un rayo, saltó hacia delante, lo cogió por las rodillas y lo lanzó por encima de su cabeza.

No fue fácil. Pesaba más que nadie a quien se hubiera enfrentado antes. Pero lo consiguió. Su propia fuerza fue suficiente.

En ese instante, Olerra se deshizo de años y años de tensión. Siempre se había preocupado por que nadie descubriera su secreto; no obstante, su fuerza innata era suficiente. Probablemente no pudiera ganarle en un pulso. Pero ¿así? ¿Poniendo a prueba sus habilidades? Con eso sí que podía.

Esa confianza le dio fuerzas renovadas cuando lanzó a Andrastus contra el suelo.

El príncipe se quedó sin aire, lo que dio tiempo a Olerra para girar en torno a él, subírsele a horcajadas, sujetarle los brazos y acercar su cara a la de él hasta quedar a escasos centímetros de distancia.

Olerra estaba borracha de victoria, borracha de su propia fuerza. Se olvidó de que se suponía que lo estaba castigando.

—Siento que haya tenido que ser así —le dijo—. ¿Quieres saber lo que tenía planeado si superabas mi prueba?

Andrastus seguía sin poder respirar, de modo que ella continuó.

—Si no hubieras intentado escapar esta noche, habría dejado que me sirvieras. ¿A que suena mucho más divertido que esto?

Andrastus procesó la información despacio, como si al principio no entendiera lo que las palabras de Olerra significaban.

Cuando por fin lo comprendió, su rostro se tornó en una mueca de rabia y recuperó la fuerza.

Consiguió soltarse un brazo, agarró a Olerra por la cintura y giró, poniéndola a ella contra el suelo y quedando encima.

No era, necesariamente, una mala postura. Cuando Olerra se había imaginado a sí misma manteniendo relaciones sexuales, ella siempre se encontraba encima, pero estar tan pegada al torso esculpido de Andrastus también tenía su atractivo, por lo que estaba pudiendo comprobar.

—Para —dijo él.

—¿Que pare qué?

—De mirarme así.

Olerra fijó sus ojos en los del príncipe.

—No puedo evitarlo. Eres un hombre muy atractivo. Ahora mismo desearía estar desnuda.

Andrastus puso los ojos tan en blanco que bien podría haberse visto el interior del cráneo.

—No haces más que decir tonterías.

—¿Es una tontería que desee al hombre que he elegido para que sea mi marido? ¿Preferirías no atraerme?

Olerra movió con delicadeza sus caderas bajo Andrastus y provocó que se le escapara un suspiro que hizo que un escalofrío recorriera toda su espalda. Andrastus se recolocó, deslizando la rodilla por entre las piernas de Olerra y presionando contra su sexo.

Dioses, sí. Ahí era donde lo quería. Pero tenía cosas más importantes en las que pensar.

Encogió las piernas para rodearle la cintura con ellas y se lo quitó de encima, tumbándolo contra el suelo.

En un instante, lo tenía agarrado y le apretaba el cuello para dejarlo sin respiración.

Era tal y como sus instructoras le habían dicho.

Siempre se podía distraer a un hombre con sexo para vencerlo.

El rostro de Andrastus adquirió un cariz rojizo, pero Olerra no se detuvo hasta que perdió el sentido.

—Lo he dejado inconsciente —dijo la general.

Ydra entró por la puerta del pasillo. Ambas se quedaron mirando al bruto desmayado.

—Bien hecho —dijo su amiga.

—Gracias.

—Deberías estar orgullosa. No hay duda de que eres la mejor luchadora de Amarra.

—¿Crees que me habré pasado?

Ydra alzó la vista al techo.

—Apenas parece que le hayas hecho nada. Se merecía más por haber intentado escapar. Como poco, unos latigazos.

—Esto le dejará marca tanto a él como a su orgullo. Con esto basta.

—Tienes suerte de que no lo viera nadie más. De haber sido así, tendrías que haberlo castigado mucho más.

—Lo sé. Por eso retiré a todas las guardias desde sus aposentos hasta aquí salvo a una.

Ydra levantó a Andrastus. No gruñó bajo su peso, como lo habría hecho Olerra. Caminaba sin esfuerzo, como si no le pesara el cuerpo del bruto. La general sintió la habitual punzada de envidia. Se recordó a sí misma que lo había vencido. Eso era suficiente.

Tenía que serlo.

Cuando Sanos despertó, horas más tarde, estaba encadenado a su cama. Solo. Le costó un momento recordar lo que había ocurrido durante la noche.

Olerra lo había dejado sin respiración, tal y como él había hecho con la guardia.

Le dolía todo cuerpo. Sentía el punto de la espalda en el que Olerra le había clavado el codo. Y lo había lanzado contra el suelo al menos dos veces. ¿O tres? No lo recordaba bien. Había estado tan desesperado por escapar. Y tan furioso con ella por haberlo secuestrado.

Giró un poco la cabeza y vio que el brazalete había vuelto a su lugar. Olerra se había tomado la molestia de ponérselo de nuevo. Sintió que la furia se apoderaba de él.

Y después recordó todas aquellas insinuaciones.

«Desearía estar desnuda».

«Eres un hombre muy atractivo».

«Habría dejado que me sirvieras».

Ahora que ella lo había dicho, era imposible no imaginárselo. Él, de rodillas. Olerra con las piernas abiertas sobre él.

Sanos nunca había hecho eso.

No porque no hubiera querido, sino porque todos sus encuentros sexuales habían sido con prostitutas que podían tener cualquier tipo de enfermedad. Siempre se cubría cuando las penetraba. Sin embargo, la boca no se la podía proteger.

Pero Olerra era virgen…

Sanos frenó de inmediato ese pensamiento.

Estaba atado a una de las camas de Olerra. Y no iba a pensar en ella.

Tanto tardó en volver a quedarse dormido que la idea se sobrepuso a su voluntad.