El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿ P or qué has tardado tanto? —le preguntó.

—No sabía que me estabas esperando.

—¿Te quito los grilletes por primera vez y no piensas que te vaya a poner a prueba? ¿Qué clase de esposa te crees que soy?

—No estamos casados. —Apretó los dientes.

—Todavía.

Sanos miró a su alrededor y vio una puerta a un lado del pasillo.

Olerra le bloqueaba el camino hacia delante, pero esa puerta estaba a la misma distancia de él que de ella.

Probablemente la pudiera alcanzar antes que la general, pero ¿y si era un callejón sin salida?

Ella lo perseguiría, y Sanos no sabía qué haría con él si lo capturaba.

—¿No llevas escolta? —preguntó el príncipe, señalando alrededor de Olerra—. La última vez tenías una horda de eunucos para que me llevaran de un lado a otro.

—No los necesito para mantenerte a raya. ¿Preferirías lidiar con ellos en lugar de conmigo?

A Sanos no le gustó la pregunta. Sobre todo, porque no conocía la respuesta.

La tensión entre ellos era palpable. Sanos no podía moverse sin romperla.

Sin hacer que ella entrara en acción, de eso estaba seguro.

Si retrocedía, Olerra se movería hacia él.

Sí avanzaba, ella se mantendría inmóvil, lo que lo acercaría más a la mujer que estaba decidida a hacerlo suyo.

La puerta era cada vez más atractiva. Quizá pudiera cerrarla por dentro, consiguiendo algo más de tiempo para encontrar otra salida.

Saltaría por la ventana, aunque estuvieran en un tercer piso.

—No me estás contestando —dijo Olerra—. ¿Por qué has tardado tanto? ¿Llamo a los eunucos? Y, ya que estamos, ¿qué le has hecho a la pobre Aevia?

Hacerle hablar parecía la vía más segura, de momento.

—Esperé hasta que supuse que estarías profundamente dormida. Después, tuve que atravesar cincuenta dormitorios hasta encontrar una salida. ¿Por qué están todas las habitaciones conectadas?

—Mantiene a los hombres a raya. —Andrastus enarcó una ceja, así que añadió—: Que los miembros del harén me vean cruzando sus aposentos para llegar a otro hombre es un incentivo para que se comporten. Para que se esfuercen más para obtener mi cariño.

Y Sanos que pensaba que no podía provocarle más rechazo aquel reino.

Se sacudió un escalofrío.

—No llames a los eunucos. Me hacen sentir incómodo.

—¿Porque no conservan su hombría?

—Porque no me gusta que me toque otro hombre.

—¿Solo te gusta que te toquen las mujeres?

—Solo me gusta que me toquen cuando quiero que me toquen.

Olerra resopló.

—¿Qué? —preguntó él.

—No, nada, que vaya hipócrita estás hecho.

Sanos seguía mirándola.

—Por lo que tengo entendido, en Brutus, los hombres forzáis a las mujeres a todo tipo de matrimonios no deseados. Muchas veces desde el momento en el que empiezan a sangrar. ¿Acaso no comerciáis con vuestras mujeres como si fueran ganado, sin tener en cuenta sus deseos?

—¿Cuál es la diferencia con lo que hacéis vosotras con los hombres aquí? —preguntó.

—La diferencia, príncipe, radica en que las mujeres de Amarra se volvieron como son por cómo las trataban los hombres.

Fue tu sexo quien lo empezó todo. Lo importante aquí, sin embargo, es que es absurdo que te ofendas por cómo se te está tratando cuando tu pueblo hace lo mismo.

La diferencia es que antes la situación estaba a tu favor.

Las palabras de Olerra le hicieron más daño del que le habría gustado.

—Estás en Amarra, no en Brutus —continuó ella—. Te vas a adaptar a nuestras costumbres, y, si empiezas a comportarte, no tendré que hacer que los hombres de palacio lidien contigo. Pero, bueno, ¿qué has hecho con Aevia?

Sanos deseaba tener una espada en las manos. Tenía la certeza de que se sentiría mucho más seguro.

—La he ahogado. Se despertará de un momento a otro.

—Sin sangre —respondió Olerra con una sonrisa—. Estoy impresionada. Es un alivio que no haya que ejecutarte. Odiaría tener que buscarme un nuevo marido después de todo el esfuerzo que me estás suponiendo.

—¿No te preocupa la chica?

—Es nueva. Esto era una prueba tanto para ti como para ella. Y ha fracasado. Aún no está preparada para ser una guardia de palacio; tiene que seguir entrenando. —Se encogió de hombros.

Sanos no quería preguntar, pero lo necesitaba. La incertidumbre lo estaba matando.

—¿Y ahora qué?

Olerra se echó la mano a la espalda y le mostró las esposas acolchadas. Se las lanzó y él las cazó al vuelo.

—Para empezar, te vas a volver a poner eso, porque está claro que aún no estás listo para ir sin ellas. Después, te voy a escoltar a tus aposentos, y te quedarás ahí encerrado lo que queda de noche.

—¿Y mañana?

—Mañana desearás haber permanecido en tu dormitorio en lugar de haber intentado escapar.

A Sanos lo invadió una ira ardiente al contemplar los grilletes que sostenía en una mano.

—¿Y si me niego a ponérmelos?

—Habrá consecuencias.

—¿Me quedaré sin desayuno mañana?

—La comida no parece motivarte, así que tendré que recurrir a otros medios.

—¿Por ejemplo?

—Solo hay una forma de averiguarlo.

La salida estaba ahí mismo. Justo detrás de ella. Si pudiera alcanzarla…

Pelear con ella era una completa locura. Si la hacía sangrar, podría hacer que lo ejecutaran. Pero, si no luchaba, si no lo intentaba, no había garantía alguna de que se le volviera a presentar una oportunidad como esa en el futuro cercano.

Podría ahogarla como había hecho con la otra guardia.

La miró de arriba abajo. No se encontraban desnudos ni embadurnados en aceite. A él no lo estaba consumiendo la ira, nublándole la razón. Podía ser una buena pelea.

Sanos arrojó deliberadamente los grilletes a un lado.

Olerra esbozó una sonrisa, como si no la hubiera decepcionado lo más mínimo. De hecho, Sanos sintió que había vuelto a seguir sus planes.

Aquello era justo lo que Olerra necesitaba.

Una oportunidad de batirse con el que iba a ser su marido para ver quién vencía.

¿Podría ganar tal y como era ella? Sin la bendición de su diosa.

Con Ydra escondida tras la puerta del pasillo, no había forma de que aquello fuera a terminar mal para ella.

Había planeado con cuidado el encuentro.

Quería enfrentarse a él, y quería una excusa para pelear.

Andrastus había seguido sus planes al dedillo.

Olerra se deshizo del cinto de su espada y lo tiró tras ella para que no la estorbara. Iba a enseñarle modales a ese hombre, que le podía sacar unos veinte kilos. Dio un paso adelante.

El príncipe no se movió.

Olerra dio otro paso, sonriente.

Andrastus se echó hacia atrás casi sin darse cuenta. Después, al percatarse de lo que estaba haciendo, se obligó a sí mismo a detenerse.

No obstante, el tercer paso que dio hacia él fue demasiado para el príncipe. Se lanzó a por ella, haciendo caso del consejo que le había dado antes. «Ataca primero».

Olerra lo esquivó con facilidad dando un paso al lado, y le hundió el codo en la espalda.

El príncipe era lento. Puede que no para la mayoría, pero todo el mundo era lento para ella.

Andrastus apenas pudo mantener el equilibrio y recibió el golpe con un gruñido.

Parpadeó al darse la vuelta y encontrarse a Olerra en su posición inicial.

Entonces trató de correr.

Olerra lo alcanzó en tres pasos. Lo hizo trastabillar poniéndole la zancadilla. Esa vez sí que cayó. En esa pelea no había tapiz. La caída tuvo que doler.

La general no quería hacerle daño. Se recordó a sí misma que aquello era una lucha justa. De hecho, Andrastus contaba con ventaja, pues seguramente fuera más fuerte. Solo que él no lo sabía. Y ella debía evitar que escapara. Debía demostrarle lo que ocurriría. Aquello era un castigo.

Cuando Andrastus se volvió a levantar, se giró hacia Olerra, dándose cuenta de que tenía que deshacerse de ella si quería seguir con su plan de escape.

«Al menos tonto no es». Era un punto a su favor, a pesar de su insensato intento de correr.

Olerra iba haciendo mentalmente una lista de los defectos y las virtudes de Andrastus.

Era un buen luchador que sabía acatar órdenes.

Era muy temperamental, pero esa mirada ardiente que le dedicaba de vez en cuando…

La general ansiaba ver ese genio en su cama. Ansiaba igualarlo. Dominarlo.

Le dedicó una sonrisa fugaz mientras él la analizaba, mirándola de arriba abajo en busca de una debilidad. «Quizá aprenda rápido», pensó Olerra. Eso sería otro punto a su favor.

Andrastus se abalanzó de nuevo sobre ella, pero no era más que una finta.

Olerra pudo ver que esperaba que se moviera a la derecha, así que giró hacia la izquierda.

Cuando se dio la vuelta, le dio un puntapié en el culo, tirándolo de nuevo al suelo.

Al príncipe no le gustó. Su ceño fruncido lo dejaba claro.

Olerra se preguntó si lo haría mejor si tuviera una espada.

Visto lo visto, no parecía que Andrastus se estuviera empleando a fondo. Y entonces cayó en la cuenta.

—¿No estarás…? —Hizo una pausa—. Estás intentando no herirme. —No fue una pregunta.

—No me apetece morir —respondió Andrastus.

—No, por supuesto. Aunque supongo que habrás deducido que te perdonaría la vida si llegaras a hacerme sangrar mientras peleamos. Hay algo que te frena. Dime qué es. Has tenido ocasión de golpearme, pero no haces más que forcejear.

Andrastus se quedó callado un segundo, y ella pensó que no le iba a contestar.

—Un hombre no pega a una mujer —dijo, por fin.

Olerra inclinó la cabeza.

—¿Eso te lo enseñó Atalius?

—Mi madre.

Eso pilló a Olerra desprevenida. No se podía imaginar cómo sería la relación entre el rey bruto y su reina. No debían de llevarse bien, en absoluto.

—Intentaste pegarme durante el desayuno —dijo ella.

—Porque te lo merecías.

—¿Y ahora no?

—Ahora también.

—¿Entonces?

Andrastus era un puzle, y Olerra se sentía extasiada de que por fin estuviera hablando con ella.

—Te venceré como el hombre que soy, no como el monstruo que mi padre creó.

¿Qué le había hecho Atalius? ¿Por qué se estaba conteniendo ese bruto? ¿Qué creía que ocurriría si se enfrentaba a ella con todo su potencial?