Capítulo 10 #3
Sanos fue libre de hacer lo que le placiera durante el resto del día.
Se dio un baño. No lo dejaron solo, pero los eunucos no lo tocaron, consintiendo que se limpiara el aceite y la porquería del otro hombre junto con la suya propia.
Se le permitió pasear por el palacio con una escolta.
Se familiarizó con la puerta principal y con la ruta más rápida hasta ella desde los aposentos de Olerra.
Encontró los establos, donde quizá podría robar un caballo. Analizó los cambios de turno de las guardias en las zonas más concurridas. Todo ello con el pretexto de aclimatarse a su nuevo hogar.
Como si esa fuera su intención. El trato que había visto que Athon recibía de Glenaerys no era sino otra prueba de que tenía que largarse de allí. Esas mujeres eran todas unas bestias. Su vida corría peligro.
No supo de Olerra hasta que se hizo de noche, momento en el que se despidió de él. No hubo ningún ritual obsceno aquel día. Ni costumbres amarrianas con las que torturarlo.
La oyó echar el pestillo de la puerta de su dormitorio después de cerrarla tras de sí. Las manos y piernas de Sanos estaban libres de cadenas como recompensa por ganar la lucha, y pretendía usar su oportunidad para escapar.
Lo primero que tenía que hacer era quitarse el puñetero brazalete.
Lo arrojó al suelo, donde lo oyó chocar contra la gruesa alfombra.
Después se metió en la cama, aunque no tuviera intención de quedarse allí.
Necesitaba mantener las apariencias en el caso de que alguien fuera a comprobar que seguía ahí en las próximas horas.
Pero, en todo el tiempo que estuvo ahí, mirando al techo, la puerta no se abrió ni una sola vez.
Las horas pasaban con dolorosa lentitud y, cuando estuvo seguro de que tanto Olerra como el resto del palacio, a excepción de la guardia, dormían, se deslizó en silencio fuera de la cama.
Puede que Olerra hubiera cerrado la que conectaba sus habitaciones, pero en el cuarto de Andrastus había otra puerta, hacia la que se dirigió con cuidado de no hacer ningún ruido.
Por suerte, no estaba cerrada, y, cuando la abrió, Sanos se sorprendió de encontrarse otra habitación.
Idéntica a la suya, algo más pequeña. Ahí no vivía nadie.
Había otra puerta en la pared de enfrente, así que Sanos se dirigió hacia ella.
La abrió y se encontró con otro dormitorio. Otra puerta. Otra cama hecha y otra alfombra gruesa frente a una chimenea. Un dormitorio tras otro. Después de la décima habitación, Sanos cayó en la cuenta de lo que era aquello.
Eran para el harén de Olerra.
Sanos no sabía si sentirse escandalizado o aliviado ante el hecho de que Olerra le hubiera dicho la verdad acerca de que él era el único hombre en su vida. Siguió avanzando, preguntándose cuántas de esas habitaciones había. ¿Cuántos hombres necesitaba una mujer de su estatus?
Al parecer, cincuenta.
Tantos fueron los dormitorios que contó antes de que la última puerta se abriera a un pasillo que Sanos no reconoció. Por suerte, no parecía haber guardias a la vista.
«Adiós, princesa».
Sanos atravesó el pasillo en silencio, atento a cualquier sonido que pudiera delatar pasos a su alrededor.
No le gustaba estar en territorio desconocido, pero, en ese momento, lo más importante era alejarse de ella.
Con sus lecciones ridículas y su caja de falos y la forma en que gemía cuando se corría. No quería saber nada de todo eso.
Volvería a casa, pensaría en alguna mentira que contar a su familia que fuera menos humillante que la verdad y seguiría con su vida.
«Sin el Blanchette», pensó con desesperación.
El pasillo lo llevó hasta otro aún más amplio, con largas columnas sosteniendo el techo.
Las antorchas titilaban en sus soportes.
Sanos se escondió tras una columna al oír armaduras tintineando.
Vio cómo varias mujeres vestidas de rojo y con lanzas pasaban de largo, y esperó un buen rato después de que se hubieran ido antes de seguir su camino.
Cuando giró la siguiente esquina, vio frente a él a una mujer de espaldas.
Estaba claro que las guardias amarrianas se preocupaban más de que nadie entrara que de que alguien saliera.
Se escabulló detrás de ella, con la intención de darle un codazo en la parte de atrás de la cabeza, hasta que recordó una de las primeras cosas que había aprendido acerca de aquel lugar.
Hacer sangrar a una mujer estaba penado con la muerte.
Cambió de táctica en el último momento, agarrándole el cuello con un brazo y tapándole la boca y la nariz con la otra mano. De esa manera, la guardia no podía zafarse de él, y cayó inconsciente por la falta de aire.
La dejó caer al suelo y se quedó mirando la lanza durante un instante, antes de tomar la decisión de dejarla donde estaba. Era un arma demasiado larga. Haría que fuera más fácil descubrirlo.
Cuando dobló la siguiente esquina, se paró en seco.
Ahí estaba ella.
Olerra.
Completamente vestida, con los brazos cruzados, sus armas envainadas a sus costados y una sonrisa autosuficiente dibujada en el rostro.
—Llevo más de una hora esperándote —dijo.