Capítulo 10 #2
—La próxima vez, intenta buscarte un hombre al que yo no haya visto luchar —dijo Olerra, intentando desviar la atención de Glen.
—Duerme con un ojo abierto —le escupió su prima antes de marcharse con aire altivo.
—¿Acabas de amenazar a la princesa? ¿Conmigo como testigo? —preguntó Ydra.
—Déjala —insistió Olerra—. Que vaya a lamerse las heridas. Por cierto, mira a ver si puedes sacar a Athon de ahí antes de que…
Demasiado tarde. Glenaerys alzó a su campeón del tapiz cogiéndolo del pelo, levantándolo sin ningún tipo de esfuerzo gracias al Don de la Diosa.
Enganchó el brazo del hombretón al suyo y, con la mano que le quedaba libre, le clavó las uñas en el bíceps.
En el momento en que iba a irse del anfiteatro…
Andrastus se puso en su camino.
«Mierda».
—¿Qué significa esto? —preguntó Glen, dirigiendo su mirada amenazante hacia el príncipe.
Olerra ya corría para colocarse junto a su hombre.
—Le estás haciendo daño —dijo Andrastus, con los ojos puestos en la sangre que manchaba las uñas de Glenaerys.
Glen inclinó la cabeza.
—¿Te molesta, acaso? ¿Que le haga daño a otro hombre? ¿Preferirías que te lo hiciera ti?
La cara de asco de Andrastus le dijo todo lo que necesitaba saber.
—¿No? —le preguntó—. ¿Te preocupas por él, entonces? ¿Te preocupan un poco de sangre y un dolor de cabeza?
—Andrastus, vámonos —dijo Olerra.
Miró a su alrededor y le alivió ver que el resto de las nobles estaban demasiado lejos como para oír la conversación. Pero no le preocupaba tanto su estatus como la seguridad de su príncipe. Qué extraño.
—Espera —dijo Glen—. Andrastus está preocupado, Olerra. Eso hay que solucionarlo. Athon, dile al príncipe que estás bien.
—Estoy bien —dijo el hombre sin un atisbo de queja.
—Dile que te gusta que te haga daño.
—Me gusta que me haga daño. Todo lo que plazca a mi señora, me place a mí.
Olerra trató de tocar el brazo de Andrastus, pero se le resbaló por el aceite que aún cubría su piel.
—No parece muy convencido, Athon —siguió Glen—. Tendrás que ser más persuasivo.
Entonces la prima de Olerra se agachó para agarrar a Athon por los testículos. Y tiró.
—Gracias, princesa —gruñó el hombre con dolor.
Olerra podía ver la tensión de Andrastus. Sabía que saltaría en cualquier momento. Tal y como había hecho en la mesa del desayuno aquella mañana.
La general se interpuso entre Glen y Andrastus. Le cogió la cara con las manos.
—Le das poder al reaccionar —le dijo en voz baja—. Seguirá usándolo en tu contra. Si nos vamos ya, le quitamos el público para su espectáculo. Por él no puedes hacer nada.
Su príncipe seguía en posición de lucha.
Al final, fue Ydra quien logró calmar la situación.
—Olerra, Andrastus y tú tenéis admiradoras que están deseando saludaros. Venid.
Ydra cogió al príncipe del otro brazo y juntas consiguieron alejarlo de Glen.
—No mires atrás —le advirtió Olerra.
Andrastus les hizo caso y cerró los ojos. Se forzó a respirar profundamente.
—¿Cómo podéis hacer como si nada? Lo único que ha hecho ha sido perder.
—La ha avergonzado.
—¿Y por eso tiene que torturarlo?
—No, pero se lo ha buscado él mismo. Athon era un soldado bajo mi protección.
Eligió marcharse y ponerse del lado de Glen.
En mi contra. No hay nada que pueda hacer por él, y tampoco lo haría si pudiera.
Me traicionó. Se fue con ella después de todo lo que había hecho yo por él.
Glen le clavó las garras en dos semanas.
Y ahora que sabe que no soportas ver cómo castiga a sus hombres, lo hará delante de ti siempre que pueda.
—¿La culpa de que haga daño a sus hombres es mía?
—No. La única culpable es ella. Lo que puedes hacer tú es ayudarme a ascender al trono para que podamos detenerla.
Andrastus asintió.
—Ahora necesito que sonrías y actúes para algunas de las cortesanas —le dijo Olerra.
Ydra lo escoltó hasta un pequeño grupo de personas que se habían juntado a esperar para poder hablar con el elegido de la princesa.
La general se arriesgó a girarse, pero Glenaerys y Athon ya se habían ido.
Tomó aire para recomponerse. No tenía recuerdo de haber temido más por la vida de otra persona que cuando su prima había centrado su atención en Andrastus. Debían tener más cuidado.
Tras respirar profundamente, Olerra se dio la vuelta.
Andrastus mantenía la compostura, pero estaba claro que no disfrutaba de la situación en la que se encontraba.
—Habéis luchado con habilidad, príncipe Andrastus —lo alabó la condesa Ingras—. Vuestra unión con la princesa Olerra parece hecha por los dioses.
Daneryn, que estaba sentado detrás de su madre, le dedicó una mirada herida. Como si su propia madre lo hubiera traicionado con ese comentario.
—Yo no lo tendría tan claro —respondió Andrastus, dubitativo.
—¿Qué os dijo durante el descanso del combate? —le preguntó una duquesa.
Olerra miró al príncipe y enarcó una ceja.
—Me dijo que creía en mí.
—Ay —respondió la duquesa—, la princesa siempre sabe cómo motivar a un hombre. Y de igual manera demostrará que puede gobernar a nuestro pueblo.
Era un comentario osado, pero Olerra aceptó el alago. La duquesa de Wenda le había expresado su lealtad hacía mucho tiempo, y la proclamaba siempre que tenía ocasión. Ojalá tuviera más poder de influencia.
Muchas preferían la «mano dura» de Glenaerys frente a la destreza en la batalla de Olerra.
Andrastus le dirigió a la princesa una mirada que le decía que quería salir cuanto antes del anfiteatro, pero ella lo ignoró.
Esa atención era justo lo que necesitaban.
Andrastus estaba cumpliendo con su cometido sin darse cuenta.
La nobleza tomaba su incomodidad por modestia y alababa su humildad.
Él gestionaba los halagos tan mal como la atención.
Las nobles lo encontraban adorable, pero Olerra estaba perpleja.
¿Acaso no recibía halagos y atención en Brutus?
Era un príncipe. Seguro que sus maestros y los nobles arribistas de turno hacían lo que podían por ganarse su favor, aunque fuera el segundo hijo.
Era apuesto. Las mujeres debían de abalanzarse sobre él.
Cuando Olerra se ganara su confianza, lo hablaría con él.
Deseaba poder comprenderlo. Deseaba saber más acerca de su vida en Brutus.
Hasta ese momento, Andrastus se merecía una recompensa.
La victoria sobre su prima le sabía a Olerra más dulce que el chocolate, por lo que le quitaría las cadenas como premio.