Capítulo 10
O lerra reprimió un escalofrió cuando vio a Athon abalanzarse contra Andrastus. El príncipe consiguió apartarse de los puños que se dirigían a su estómago. Pivotó sobre un pie y lanzó un puñetazo contra la espalda desnuda del otro hombre.
El público gritó y Olerra relajó la postura. Tanto ella como Ydra y su prima estaban sentadas en sillas acolchadas bajo un toldo junto al anillo en el que los hombres se peleaban.
—Muy hábil —dijo Ydra.
—No os emocionéis —dijo Glenaerys desde el otro lado—. Mi hombre solo está calentado.
Y, en efecto, Athon se sacudió antes de lanzar una patada que golpeó a Andrastus en el tobillo, haciéndolo caer. Acto seguido se lanzó sobre él.
Olerra podía ver el pánico dibujado en el rostro del príncipe desde su asiento. Si los hombres no hubieran estado untados en aceite, tal vez ese habría sido el final, pero Athon se resbaló y cayó de rodillas junto a Andrastus, que rodó por encima de él.
Entonces ambos quedaron en pie.
—¿Cómo la vas a recompensar cuando venza? —preguntó Ydra, y Olerra se percató de que solo lo decía para provocar a Glenaerys.
—Aún no lo he decido.
—Podrías llevarla con Stryan.
Stryan era un eunuco entrenado en el masaje de cuerpo completo. Pero, por mucho talento que tuviera, Olerra dudaba que Andrastus fuera a apreciar algo así.
—Me lo pensaré —dijo de todos modos.
—Cuando Athon gane —interrumpió Glen—, me lo voy a follar tan fuerte que no va a poder pensar en nada que no sea estar dentro de mí.
Ydra no pudo disimular el asco que le dio.
—No podrá pensar en nada más hasta que le rompas algo. Un brazo o una pierna. No es que se te conozca por contenerte en la cama.
—No pago a mis hombres para tratarlos con delicadeza. Les pago para poder hacer con ellos lo que quiera.
Olerra se rio.
—Pensaba que habías dicho que erais pareja. ¿No implicaría eso que lo estabas cortejando en lugar de pagarle?
—No hay diferencia alguna. Puedo pagarle con dinero o con mi atención y benevolencia. Sea como sea, lo único que les importa es ser recompensados.
Ydra negó con la cabeza.
—¿Hay algún problema que no soluciones con dinero?
—Aún no he contratado a nadie para que se ocupe de ti —dijo Glen, mirando fugazmente a Olerra.
La general sabía que Glenaerys iba a por ella, pero no se había imaginado que también podía ir a por Ydra. Olerra torció el gesto al acercarse a su prima.
—La lucha de poder es entre tú y yo. Si vas a por Ydra, puede que yo también tenga que empezar a contratar a asesinas. Y recuerda que tengo mejores contactos que tú en ese aspecto.
Glenaerys puso los ojos en blanco, pero Olerra notó que era un gesto forzado. El estoicismo de su prima había dejado entrever un atisbo de miedo.
—Consentiré que Ydra no entre en nuestro juego siempre y cuando tú no ataques a mi harén.
—De acuerdo.
Volvieron a centrarse en el combate. Andrastus había logrado hacerle una llave en el cuello a Athon.
Cada vez que el gigante intentaba agarrar el brazo que le rodeaba la garganta, se resbalaba.
No obstante, Andrastus tampoco tenía el mejor agarre.
Procuraba mantener a Athon lo más alejado posible de su cuerpo, como si odiara el contacto con su piel desnuda.
—Las costumbres de mojigato de tu hombre le van a costar la vida —dijo Glenaerys con alegría cuando su campeón consiguió hundir el codo en el estómago de Andrastus—. Athon no debería haber tenido espacio de maniobra para darle tan fuerte —concluyó con un chasquido de la lengua.
Olerra se masajeó las sienes al ver a Andrastus volver a caer al tapiz con el hombre enorme sobre él.
Quería dejar que el príncipe luchara por su cuenta.
Quería demostrar que creía en él y hacerle confiar en ese reino que lo había secuestrado.
No obstante, le pareció que había permitido que la lucha se alargara demasiado.
Le había dado una oportunidad a Andrastus, pero tenía que intervenir.
Olerra quería pedir un tiempo muerto, aunque no podía hacerlo mientras el hombre de Glenaerys tuviera ventaja. Así que esperó y le rezó a la diosa Amarra para que iluminara, por poco que fuera, a su elegido en los siguientes cinco segundos.
Perder esa pelea significaba parecer débil ante la nobleza, ante la gente a la que se tenía que ganar mediante su boda con Andrastus. Olerra se prometió a sí misma tener más cuidado cuando su prima estuviera involucrada.
Andrastus consiguió revolverse lo suficiente como para poder poner distancia entre su cuerpo y el del gigante. Le lanzó una patada, haciendo que Athon trastabillara. Andrastus se mantuvo en pie, ganando ventaja por un segundo.
—Tiempo muerto —exclamó entonces Olerra, aprovechando la oportunidad.
El eunuco se interpuso entre los dos contrincantes antes de que Andrastus pudiera tirarse sobre el hombre caído.
—¿Qué significa esto? —le dijo Glenaerys.
—Tú ocúpate de tu hombre que yo voy a ver al mío —dijo Olerra por toda respuesta.
Se dio prisa en llegar al tapiz; tan solo tenía un minuto antes de que la pelea se reanudara.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Andrastus entre resuellos mientras Olerra lo arrastraba fuera de la arena—. Lo tenía.
—Con el daño que le estabas haciendo parecía que estuvieras bailando con él —le contestó—. O jugando al gato y al ratón. ¡Apenas lo has tocado!
—Si no me hubieras embadurnado con el mejunje horrible ese, ya habría terminado la pelea.
—Sí, pero no la habrías ganado tú.
Andrastus le dirigió una mirada de odio, como si Olerra lo hubiera herido con su comentario.
—No tenemos mucho tiempo —siguió ella—. Lo has hecho lo mejor que has podido. Ahora deja que te ayude.
—¿Qué, me vas a sustituir?
—No, no está permitido. Esto es entre Athon y tú. Aunque te puedo dar una ventaja.
—¿Cómo?
—Mi prima quería aventajarme cortejando al hombre más fuerte de Amarra. Sabía que yo iba a tomar un marido y quería estar en las mismas condiciones sin tener que abandonar nuestro territorio. Pero ha olvidado algo muy importante.
—¿El qué? —preguntó Andrastus, mirando por encima de Olerra hacia Glenaerys.
—Que Athon es mi soldado y conozco su estilo de lucha. Así que presta atención.
Sanos volvió a la arena. El sudor se mezclaba con el aceite que le cubría la piel, tanto suyo como de Athon. Era repugnante, pero sabía que tenía que hacer caso a Olerra si quería ganar.
«Deja de alejarte de él. Me da lo mismo que te den asco los hombres desnudos. Le vas a pegar una paliza, y vas a ganar tal y como me prometiste. Por mí, como si terminas con la polla en su cara».
Siempre tan elocuente, la princesa de Amarra.
Las palabras de Olerra retumbaban en su mente. Las odiaba porque las necesitaba. Se había decepcionado a sí mismo por no ser capaz de haber sabido superar el reto por su cuenta.
A decir verdad, estaba desnudo frente a miles de mujeres que no hacían más que silbarle, y cubierto con aceite suficiente como para que todas ellas se lo pudieran untar a un pan. El clima era más cálido de lo que él jamás había vivido. El calor hacía arder sus ya quemados hombros.
Con el tiempo, llegaría a acostumbrarse a ese estilo de lucha y alcanzaría la cima, tal y como había hecho con todos los demás retos físicos que se habían puesto en su camino.
«Aunque tampoco es que me vaya a quedar aquí tanto tiempo».
Sanos se deshizo de todos esos pensamientos. Ignoró los ruidos del público, el olor de su oponente sudoroso y el ardor del sol demasiado cálido sobre su piel. En su mente tan solo estaban él, Athon y las palabras de Olerra.
—¡Luchad! —exclamó el eunuco, haciéndose a un lado para dejar el tapiz a los luchadores.
«Athon siempre va a atacar primero. Se ha pasado toda la vida tratando de superar a las mujeres contra las que se ha enfrentado. Tiene más oportunidades de vencer si ataca con rapidez y no pierde el tiempo defendiéndose. Tienes que ser más rápido que él. Ataca primero».
Athon era un hombre corpulento, así que Sanos lanzó un golpe bajo, colándose entre sus defensas y consiguiendo darle un puntapié en la rodilla. El luchador perdió el equilibro.
«Hazlo caer lo antes posible».
Sanos siguió golpeándolo. Athon cayó al tapiz.
«Cuando esté en el suelo, lo sometes. No tienes los brazos lo suficientemente grandes como para agarrar a un hombre tan enorme. Usa las piernas, y olvídate de tu pudor, por los dioses».
Sanos miró hacia arriba un instante. Le dedicó una mirada cargada de odio a Olerra antes de unirse al otro hombre en el tapiz.
Olerra tenía los ojos fijos en Andrastus mientras sus muslos se cerraban en torno al cuello de Athon. Su prometido no se movía por mucho que el luchador intentara golpearlo.
Olerra también sabía con absoluta certeza que su príncipe estaba visualizando que era su propio cuello el que estaba estrujando.
La forma en que sus ojos no dejaban de mirarla era prueba de ello.
La mirada inquebrantable de Andrastus despertaba una calidez en ella, daba igual las emociones que hubiera detrás.
La general era el centro de toda su atención, y en eso había algo innegablemente atrayente.
Olerra vio cómo Andrastus la miraba y se obligó a adoptar una postura relajada, recostándose en su asiento y pasando un brazo por encima del respaldo.
El tiempo parecía no avanzar mientras Athon seguía intentado liberarse del agarre del príncipe. Finalmente, el gigantesco hombre dio dos golpes sobre el tapiz, y el eunuco anunció el final de la pelea.
—¡El campeón de la princesa Olerra gana!
El público enloqueció y se puso en pie. La aclamaban, cantaban su nombre. O-LE-RRA . Algunas de las nobles en primera fila también aplaudían y seguían los cánticos. Otras asentían en señal de aprecio. Otras esquivaban deliberadamente su mirada, temerosas de enemistarse con Glenaerys.
Cuando se levantó, Ydra se colocó entre las dos primas y pasó un brazo por encima de cada una.
—Bueno, Glen, igual el cortejo ha sido en vano, pero, por lo menos, has hecho que Olerra se luzca.
Si no acabara de negociar por la vida de su amiga, la general se habría preocupado por la mirada que le dedicó Glenaerys.