El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Lo lamento —murmuró—. Esperaba que fueras a enfrentarte con alguno de los muchachos blandos que sirven a Glen de entretenimiento.

—Olerra miró a Athon en el escenario—. No se me ocurrió siquiera que fuera a…

, pero por supuesto que sí. Así hace ella las cosas.

Con trampas cuando puede. Y sabotaje cuando no.

Sanos trató de ignorar lo que le hacía sentir el tacto de Olerra. Era mucho más placentero de lo que debería.

—¿Por qué te molesta que esté con ese hombre? —preguntó Sanos.

Se preguntaba si sería un antiguo romance de Olerra. ¿Acaso no había un hombre en todo el reino que no la deseara?

—Es… era uno de mis soldados.

—No comprendo.

—Athon fue el primer hombre al que permitimos que se uniera al ejército. Se esforzó mucho para poder competir con las mujeres. Ganó muchísimo músculo para tener una oportunidad. Y ahora ha renunciado a todo ello por algo de atención y el dinero de Glenaerys.

—¿Y qué más te da?

—Para empezar, que vas a recibir golpes más fuertes de lo que esperaba. Y, cuando lo venzas, Andrastus, porque lo vas a vencer, Glenaerys lo castigará y yo no podré hacer nada para evitarlo.

Sanos conocía esa sensación. ¿Cuántas veces había hecho daño el rey a su madre o a sus hermanos sin que él pudiera hacer nada más que mirar?

Se sacudió la idea de la cabeza. No iba a encontrar afinidad con esa mujer. No eran iguales.

—Sigo sin comprender por qué te preocupas por un hombre.

Las amarrianas trataban a sus hombres como juguetes. ¿Por qué se preocupaba Olerra tanto?

—Porque soy responsable de mis soldados. Y solo porque haya algunas en mi reino que maltratan y vejan a los hombres, que no se te ocurra pensar que yo soy como ellas.

Sanos se miró a las muñecas con gesto incriminatorio.

—Eres la excepción, porque no haces más que dificultarlo todo. —Se agacho para untarle las piernas—. Pensaba que Athon era mi amigo, pero Glen lo ha puesto en mi contra, como hace con todo. Sospecho que irá a por ti también, tarde o temprano. Pero a ti no te puede tener. Tú eres mío.

Sanos experimentó una sensación nueva ante el contacto de las manos de Olerra. Una calidez cada vez más prominente. Una calidez que fue ascendiendo por sus piernas.

«No».

Estaba desnudo y se negaba a excitarse delante de toda esa gente.

—¿No me puedo untar yo de aceite?

—¿Con tanta gente mirando? Ni de broma. Tenemos que dar espectáculo. Se supone que ya hemos follado.

La verdad era que Sanos habría preferido que no hubiera dicho eso mientras le tocaba las piernas estando desnudo.

Desesperado, se esforzó por encontrar la forma de cambiar de tema.

—Has dicho que voy a ganar. No sabía que tenías tanta fe en mí.

Olerra se levantó y procedió con su espalda.

—Has dicho que eres un luchador, y no me puedo permitir perder delante de todo el reino.

Así que sí, vas a vencer porque no hay otra posibilidad.

Cuento con el voto popular. Y Glenaerys lo sabe.

Esto no es más que una táctica desesperada para ganarse el favor de la gente.

—Hizo una pausa—. ¿Cuánto entrenamiento has tenido, exactamente?

—Esgrima y lucha todos los días de mi vida desde que tengo memoria.

—¿Con cuánta frecuencia ganabas?

—Solo hay un hombre que me haya vencido en tiempo reciente.

—¿Tu padre o tu hermano Sanos?

Sanos hizo una pausa quizá un instante más larga de lo que debía. Eso último se le había escapado. Se suponía que era uno de los mejores luchadores de su reino. Que Andrastus dijera que era mejor que Sanos era un disparate.

—Mi padre —dijo con cautela—. A Sanos lo dejo ganar porque de lo contrario habría consecuencias.

—Comprendo. Los hombres y sus delicados egos. El príncipe heredero no puede perder ante su hermano menor. ¿Qué pensaría la gente?

—Exacto.

Olerra hizo una pausa.

—Por mucho que lo odie, tengo que reconocer que Atalius es un guerrero excelente. Si te ha enseñado la mitad de lo que sabe, me muero por verte luchar.

Sanos odió la forma en que Olerra alababa a su padre, aunque lo hubiera hecho a regañadientes. Casi tanto como odiaba tener que fingir ser un niñato malcriado.

—Puede que tengas oportunidad de redimirte por dejar que te secuestrara como si nada de tu propio reino —dijo Olerra.

Sanos frunció el ceño, aunque ella no pudiera verlo.

—Nunca antes había tenido que temer por mi vida en un burdel.

Olerra no respondió, así que Sanos siguió hablando.

—No me tendrías que haber secuestrado allí, ¿sabes? Seguramente ejecuten a todas las putas por ayudarte. Es imposible que te salieras con la tuya sin ayuda de la madame.

La princesa puso los dedos sobre el cuello de Sanos.

—Hice bien, entonces, al darle a cada una de ellas una pequeña fortuna y traerlas a todas a Amarra.

Sanos se dio la vuelta para mirarla.

—¿Qué?

Olerra le sujetó el brazo antes de seguir con su tarea.

—Estaban a unas pocas horas de nosotras en la carretera. Le di a madame Blanchette suficiente vyra para envenenar a todos los hombres del burdel. Después, tanto ella como sus chicas fueron escoltadas por personal de palacio para que pudiera iniciar una nueva vida aquí.

Sanos no sabía si sentirse impresionado o furioso.

—¿Te has llevado el mejor burdel de Brutus? ¿Lo has cogido y te lo has traído aquí?

—Dudo que madame Blanchette siga dirigiendo el burdel. Ahora esas mujeres tienen otras opciones, y el negocio no sería tan lucrativo aquí.

—¿Por qué? —preguntó Sanos, cada vez más incrédulo ante las revelaciones.

—Porque la mayor parte la clientela son mujeres diferres. En Amarra, los burdeles tienen casi en exclusiva prostitutos, y algún madae y madereo.

Sanos se quedó callado. Aunque lograra escapar y volver a casa, el Blanchette ya no estaría allí. Sus hermanos lo matarían. Y Sanos la mataría a ella; si el resto de las afrentas no habían bastado, esa era la gota que colmaba el vaso.

Olerra se acercó más a él y el príncipe se forzó a mantenerse firme ante la amenaza de su cercanía.

—¿Recuerdas el miedo que sentiste cuando pensabas que te volvería a dar el veneno y a tomarte contra tu voluntad?

Sanos parpadeó.

—Imagínate que permitir que otros te soben es la única forma que tienes de ganar lo suficiente para vivir.

Los hombres de Brutus sois unos cerdos, impidiendo que las mujeres tengan propiedades.

O dinero, en muchos casos. Las mujeres que no tienen un hombre que las cuide deben venderles sus cuerpos. ¿Es así como prefieres que sea?

—¡Les gusta ser putas! —protestó él.

—Les pagan por fingir que les gusta. ¿Disfrutarías si cada vez que les metieras la polla pusieran cara de sufrimiento?

—Te las das de soberbia y moralista, pero aquí tratáis a los hombres de la misma forma. Sois iguales.

—Quizá no debería ser así —dijo Olerra, tan bajo que Sanos apenas la oyó—. Nosotras no elegimos esto. Fue tu sexo. Mi sociedad es el resultado de los crímenes de los hombres.

—¿Qué quieres decir?

Olerra entrecerró los ojos.

—Traté de enseñarte algo de historia en el camino. Y tú te negaste a escuchar. Se acabó la charla.

Sanos dio un salto hacia delante al notar que Olerra le ponía las manos en el culo.

—Ahora supongo que me aceitarás la polla, ¿no? —preguntó con rencor.

—Solo si crees que tu contrincante te va a tirar de ella.

—Pero ¿cómo cojones se lucha aquí?

—De manera que nos entretenga a las mujeres. Ahora, sal ahí y no te hagas daño.

Le dio un azote en el culo antes de que empezara a caminar hacia el escenario central, y el público volvió a rugir.

Sanos quiso darse la vuelta y dirigirle una mirada cargada de odio, pero, pasado un instante, se dio cuenta de que Olerra lo había hecho por el espectáculo.

Tenía que parecer que estaban follando, por el bien de ella.

Necesitaba estar reeducado para poder asegurarse el trono. Para que le permitiera volver a casa.

Y, al parecer, el primer paso para lograrlo era enfrentarse a un hombre de casi el doble de su tamaño, desnudo.

Había piedras dispuestas en el centro del anfiteatro formando un anillo. Dentro del círculo habían colocado un tapiz acolchado. Al menos, si se caía, no se rompería nada. Pero no, todo lo que se fuera a romper, se lo rompería el gigante que tenía enfrente.

—¿Preparado, Athon? —preguntó el eunuco que arbitraba el evento.

Sanos lo reconoció del palacio.

—Sí —ladró el hombre como respuesta.

—Príncipe Andrastus, ¿estáis listo?

De cerca, Sanos comprobó que Athon le sacaba una cabeza, algo desde luego reseñable, teniendo en cuenta que él medía más de metro ochenta.

Los músculos de su contrincante eran gigantescos, casi desagradables por cómo le abultaban en la piel.

Estaba cubierto de cicatrices, resultado de cortes de espada y heridas de batalla.

—Estoy listo —le dijo, aun así, al árbitro.

—Nada de morder o golpes en la entrepierna —anunció el eunuco—. Todo lo demás es juego limpio. —Alzó ambas manos y las bajó con rapidez.

Athon se lanzó a la carga.