El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

L a sala se sumió en el silencio mientras Olerra consideraba la propuesta.

Por algún motivo que desconcertaba a Sanos, no parecía gustarle la idea.

Era un luchador excelente. Aunque no albergaba deseo alguno de demostrárselo.

De que ella tuviera que darle su aprobación.

Aún tenía cierta intención de estrangularla con sus grilletes, y a la mierda las guardias y los testigos.

Pero entonces recordó que lo había confundido con su hermano menor, el poeta. Ella había querido secuestrar al puto Andrastus, que estaría intentando no cagarse encima mientras le tocaba hacer de heredero mientras Sanos no estuviera.

Si quería salir de ese embrollo espantoso, tenía que conseguir que le quitaran los putos grilletes. Y eso pasaba por complacer a Olerra. Seguro que ganar esa pelea era un paso en la dirección adecuada.

Acercó los labios a su oreja.

—Lo haré —le susurró al oído—. Ganaré por ti.

Lo miró a los ojos, antes de que su vista se desviara hacia los músculos visibles a través de su ropa. Sanos no sabía qué era lo que Olerra estaba deliberando con tanta cautela.

—De acuerdo —dijo, por fin—. Andrastus se enfrentará a cualquier hombre que elijas de tu harén.

—Perfecto —contestó Glenaerys—. Lo tendré todo listo esta tarde. Toda la corte podrá presenciar el espectáculo.

Sanos no comprendía el odio de Olerra hacia su prima. Por lo que él veía, no era más que una cara bonita con mucha autoestima. No parecía ser la persona peligrosa y problemática que la princesa había descrito.

Glenaerys se puso rígida y emitió un quejido, se giró y le dio una bofetada al hombre que le masajeaba la espalda. Este cayó de rodillas, pero no quedó claro si por la fuerza del golpe o porque era costumbre para el puto arrodillarse ante ella.

—Perdonadme, mi señora.

—Lo haré. —Y añadió al instante—: Esta noche, después de unos latigazos.

—Sí, mi señora. Gracias, mi señora.

«¿Le acaba de dar las gracias porque ha prometido darle unos latigazos?».

—Tú —le dijo Glenaerys al que estaba en el suelo—, termina mi masaje.

Inmediatamente, los hombres se intercambiaron los lugares, y la prima de Olerra se puso a pasarle los dedos por el pelo al hombre que le había dado el masaje de una forma que no le había gustado.

No era complicado apreciar que, de vez en cuando, le tiraba del pelo. Con fuerza. Porque sí, porque podía.

Sanos no se quería ni imaginar cómo torturaría a sus hombres en el dormitorio.

Cuando Sanos había decidido luchar por Olerra, no era consciente de la escala de lo que Glenaerys iba a preparar.

Estaban al aire libre y el sol brillaba sobre los rostros de incontables mujeres hacinadas en un anfiteatro que debía de tener espacio para cerca de mil personas.

Estaba claro que había más que nobles presenciando el evento.

¿Cómo podía la gente en las gradas más lejanas verlo siquiera?

¿Por qué querrían verlo? ¿Y cómo había logrado Glenaerys hacer correr la voz tan rápido?

Olerra saludó a un grupo de mujeres vestidas con armaduras, yelmos extraños y lanzas de punta roja. ¿Las mujeres con las que luchaba? ¿Había acudido todo el puñetero ejército a presenciar cómo peleaba con algún guapito de cara?

Sabía que aquello no iba a ser lo más elegante que hubiera hecho en la vida. Luchar contra un puto por diversión.

Entonces se recordó a sí mismo que eso era lo que la gente pensaba de él. Pensaban que Olerra se estaba acostando con él y que lo seguiría haciendo hasta que se casaran, que, por lo que había oído, sería dentro de tres meses.

Ese era el tiempo que tenía para escapar antes de que fuera demasiado tarde.

—Ten cuidado —le dijo Olerra mientras esperaban fuera de lo que parecía un corral de peleas en el centro del anfiteatro—. Ya fue bastante complicado secuestrarte a ti. No me apetece tener que encontrar un nuevo marido.

Lo dijo con una sonrisa, como si estuviera bromeando o como si él fuera una broma para ella.

—¿Te preocupa que dañe mi hermoso rostro? —le preguntó—. ¿Que no te sirva para tus actividades de cama?

Olerra se acercó a él y lo miró directamente a los ojos.

—Nuestras actividades de cama aún no han empezado. ¿Te gustaría que eso cambiara?

—Al parecer —dijo el príncipe con cautela—, ya hay alguien a quien le gustaría participar en esas actividades.

—¿Celoso?

Sanos no se molestó en contestar.

—Tengo que reconocer que a veces me alagaba la atención de Daneryn, pero eso ya se acabó. No volverá a acercase así a mí. Es un trepa, y a mí no se me va a subir encima.

—Prefieres pisarme a mí —dijo Sanos.

—No tengo intención de pisarte. Pretendo que asciendas conmigo hasta que seamos gloriosamente intocables.

Sanos miró a los grilletes.

—De acuerdo —dijo Olerra—. Será mejor que te los quitemos por el momento. Aunque tendría su gracia verte luchar con ellos.

Claramente la princesa estaba ignorando de forma deliberada el significado implícito de su mirada, pero Sanos decidió no tocar más el tema. No mientras ella sacaba la llave de algún bolsillo escondido en su túnica y le quitaba los grilletes de los tobillos. Y después los de las muñecas.

Estaba libre por primera vez desde que llegara a ese horrible reino.

Y no podía hacer nada. No con cerca de un millar de espectadores mirándolo. Con cientos de guardias rodeando el lugar en caso de… ¿qué? ¿De que el público se descontrolara? ¿Tanta sed de sangre tenían esas mujeres?

—Desvístete —dijo Olerra.

—¿Qué? —preguntó Sanos, convencido de que no la había entendido.

—Desnúdate —le dijo, como si quizá fuera demasiado estúpido como para haber entendido la primera palabra.

Y entonces vio con terror al hombre desnudo que lo estaba esperando al otro lado de la arena de pelea.

—¿Tengo que pelear desnudo? —preguntó.

—Por supuesto. Así es como debe lucharse, ¿o no?

—Delante de otros hombres. No de mujeres.

—Bueno, aquí la única gente importante son las mujeres.

Y ahora desnúdate antes de que pierdas la pelea.

Debía de estar tardando demasiado, porque Glenaerys se les acercó.

—¿Qué pasa, Olerra? ¿Te han entrado dudas al ver a mi elegido?

Olerra se giró para mirar al hombre que estaba en la arena y se quedó lívida.

Sanos observó al contrincante que había elegido Glenaerys, preguntándose si se había perdido algo cuando lo había visto por primera vez.

Era un hombre enorme. Mucho más grande que Sanos, pero ni mucho menos del tamaño de su padre.

El hombre de Glen estaba cosido de cicatrices, como si se ganara la vida luchando.

Pero a Sanos no le asustaba. Solía vencer a hombres más grandes que él.

Excepto a su padre.

—¿Qué hace Athon aquí? —preguntó Olerra.

—¿No te habías enterado? Somos pareja.

—¿Desde cuándo?

—Un día después de que te fueras a secuestrar al bruto.

Puede que Sanos no fuera un experto en las costumbres amarrianas, pero sí que entendía de política. Fuera cual fuera la razón de Glenaerys para mantener una relación con Athon, era una estrategia. El rostro de Olerra lo demostraba. Estaba visiblemente molesta.

«¿Por qué?».

La general miró a su prima.

—Siempre con tus juegos.

—Es que se me da demasiado bien ganar. Venga, date prisa. Todavía hay que untar de aceite al príncipe.

—¿Aceite? —Sanos exclamó con horror.

—¿Preferís retiraros? —preguntó Glenaerys arqueando una perfecta ceja rubia.

—No —le espetó Olerra.

Se acercó a Sanos y le arrancó la camisa de un tirón. Se sintió asqueado por la mirada que le dedicó Glenaerys. Por cómo se mordía el labio inferior al admirar su torso desnudo. Sanos se percató de que los pantalones cortos le estaban haciendo un flaco favor.

Así que se deshizo de ellos, quedando completamente desnudo, salvo por el brazalete.

El estadio rugió.

Sanos estuvo a punto de dar un salto del susto. Casi se había olvidado del público mientras observaba el enfrentamiento entre las primas reales.

Pero la muchedumbre había reaccionado a su desnudez de manera inmediata, a pesar de aún no estar en la arena. Aplaudían. Chillaban. Le gritaban alabanzas.

Era el heredero de Brutus y se encontraba en un anfiteatro lleno hasta la bandera de mujeres… sin una sola prenda de ropa encima.

Debería estar muerto de vergüenza, pero era como si Sanos no lograra sentir lo que correspondía al ver a todo el mundo animándolo. Apoyándolo. Quedaba claro que era el favorito del público, que no había aplaudido al campeón de Glenaerys.

Y ella se había dado cuenta. Dirigió a las gradas una mirada de aversión antes de irse con paso airado.

Olerra sonrió a Sanos cuando se dio la vuelta para mirarla.

—¿Te extraña? —le preguntó—. Eres impresionante.

El príncipe no sabía cómo sentirse. Su orgullo trataba de reclamar cada parte de su mente, pero tenía la sensación de que debería sentirse furioso. Lo que no aparecía por ningún lado, sin embargo, era su modestia. Los gritos y silbidos lo hacían sentir bien. Deseado. Elegido. Aceptado.

En su Brutus natal, no podía aceptar la atención de las mujeres por miedo a que su padre les hiciera daño. Pero allí… allí podía abrazar ese aprecio.

Tras observar al público, sus ojos se posaron sobre Olerra.

Podía aceptar a esa mujer, sin miedo a que nada malo le ocurriera. En realidad, quizá se lo hiciera él, pensó al recordar el dolor en sus partes bajas.

Le avergonzaba que tal idea se le hubiera pasado por la cabera, pero allí estaba. ¿Cómo no pensar en ello con todas las miradas que Olerra le dedicaba, con sus comentarios sugerentes, con el apasionado beso que habían compartido en el burdel?

Su cuerpo la deseaba aunque su mente no quisiera. De hecho, lo que su mente quería era asesinarla.

Era una combinación excitante.

Ahí estaba Sanos, regodeándose en el clamor del público, luchando con sus propios pensamientos, mientras Olerra se impregnaba las manos de una buena cantidad de aceite para untárselo al príncipe en el pecho.

Sanos quiso apartarse cuando las manos de la general entraron en contacto con su piel; sin embargo, se quedó como clavado en el sitio cuando ella empezó a hablar.