El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 8 #3
31%

Capítulo 8 #3

Olerra sintió cómo su cuerpo se ponía rígido, pero, por lo menos, su tensión implicaba que se le marcaban los músculos.

Observó la curva de su bíceps y se dio cuenta de lo enorme que era en comparación con los del resto de los hombres en la sala.

Ya había pensado que sus medidas eran impresionantes cuando se las había dicho a la herrera la noche anterior.

Había tenido que pasar la noche en vela para tener el brazalete listo a tiempo.

Olerra no se había dado cuenta de la diferencia de tamaño hasta que había juntado a Andrastus con otros hombres y los había comparado.

¿Qué clase de entrenamiento habría recibido para estar tan en forma? ¿Y qué aspecto tendrían sus hermanos? Sobre todo el mayor. El guerrero.

—Te preguntaría cómo os estáis llevando, pero creo que me hago una idea —dijo la reina.

Olerra miró a su hombre y le acarició el mentón, intentando que suavizara la expresión.

—Lo estamos trabajando.

—¿Qué tal vuestra primera noche en compañía?

—Exquisita.

El rostro de Andrastus permaneció impasible.

Su piel clara no podía disimular el rubor que apareció en sus mejillas. Olerra nunca había visto a un hombre ruborizarse. ¿Tan mojigatos eran en Brutus? Disfrutó viendo el efecto que tenía sobre él.

—Excelente. Creo que podrás comprobar que tu decisión ha encontrado bastantes apoyos entre tus partidarias en palacio. Incluso a tu prima pareció molestarle el asunto.

—Bien.

Como invocada por sus palabras, Glenaerys apareció con un hombre de cada brazo.

Se quedó mirado a la noble sentada frente a Olerra hasta que la duquesa captó la indirecta y se levantó.

La prima de Olerra hizo que uno de sus hombres se sentara a sus pies, mientras que el otro se quedó tras ella, dándole un masaje en los hombros.

Ambos eran delgados y apuestos, pero indistinguibles del resto de los hombres de la sala.

Completamente reeducados. Tan hermosos que casi dolía mirarlos.

Demasiado tiernos para el gusto de Olerra.

Le gustaba que su príncipe tuviera callos, cicatrices y una cierta rudeza de carácter y aspecto.

Así destacaba. Hacía que las mujeres se giraran para mirar.

—¿Qué tal tu viaje a Brutus, prima? —preguntó Glenaerys—. Qué cosas, habría jurado que me dijiste que ibas a Kalundir.

—¿En serio? Sería un despiste.

Glen parecía furiosa.

Olerra procuró no mostrarse arrogante.

—¿Te gusta más teniéndolo atado? —dijo Glenaerys mirando a Olerra por encima de su hombro—. ¿O es que aún no has conseguido convencerlo de que quiere estar aquí?

—No he pagado por él —contestó la general al instante—. Así que quebrantarlo será un reto. Y me gustan los retos.

Glenaerys torció su perfecta nariz ante el insulto implícito.

—Ya que sale el tema —dijo la reina—. ¿Cuándo podemos esperar que empieces con los preparativos para tu propia boda, Glenaerys?

—Cuando sea necesaria. Sinceramente, me sorprende no haberme quedado encinta, teniendo en cuenta todas mis actividades nocturnas.

El hombre a sus pies la miró con una media sonrisa.

—Es verdad, tengo muchas más posibilidades de quedarme embarazada que Olerra, que solo tiene un hombre.

Andrastus volvió a quedarse rígido. La general notó cómo tiraba de los grilletes en el respaldo de la silla.

Olerra posó una mano sobre el muslo del príncipe, confiando en que lo reconfortara. No se revolvió, así que la dejó ahí.

—Al menos Olerra tendrá un marido que cuide a la descendencia que surja de su unión —dijo la reina—. ¿Quién velará por tus hijos e hijas nacidos de plebeyos? ¿Tus putos?

—¿Por qué no? Son muy cariñosos.

El hombre que estaba tras ella aplicó un poco más de presión sobre un nudo en su espalda. El de sus pies le acarició la pantorrilla.

—No están educados —dijo la reina Lemya.

—Menos mal que me puedo permitir contratar a maestras y profesores, entonces.

Y niñeras y compañeros y compañeras de juegos, y todo lo que mis hijas puedan necesitar.

Pero ¿por qué estamos hablando de mí? Personalmente, preferiría saber más del futuro marido de Olerra.

¿Qué piensa un bruto sin modales acerca del palacio de Amarra?

Olerra le tuvo que dar un toque a Andrastus para que se diera cuenta de que su prima estaba hablando de él.

—Es diferente a lo que estoy acostumbrado.

—¿Más majestuoso, quieres decir?

—Diferente. —Apretó la mandíbula.

—No es muy hablador, ¿no? ¿Qué enseñan a los hombres en Brutus?

Pese a ser una pregunta retórica, Andrastus la respondió.

—A ser guerreros —dijo, dirigiendo una mirada de desprecio a los hombres dóciles que agasajaban a Glenaerys.

—Conque eso es lo que sabes hacer. ¿En lugar de complacer a tu señora? Qué habilidad tan inútil, teniendo en cuenta que Olerra te puede proteger mejor que tú a ella.

Andrastus no contestó.

—Me gusta que sea luchador —dijo Olerra en su lugar—. Tiene más aguante que un amarriano corriente.

El comentario le valió unos cuantos aplausos de aprobación desde la mesa, y provocó que Andrastus se volviera a ruborizar.

El rostro de Glenaerys brilló con malicia.

—Pongamos a prueba al guerrero, entonces. ¿Qué tal si enfrentamos a tu nuevo hombre con uno de los míos?