El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Cuando se detuvieron frente a la mujer que presidía la mesa, la que debía de ser la reina, Olerra le hizo alzar la barbilla con la mano.

No podía más. Sanos se sacudió el brazo de la princesa e intentó retroceder.

Olerra respondió pellizcándole el pezón. Con fuerza.

Sintió la presión recorriéndole todo el cuerpo. Le provocó un escalofrío, pero también hizo que le dedicara una mirada cargada de odio a la general. Detestaba el efecto que la mujer tenía sobre él.

—Relaja el ceño. —Olerra posó un dedo en su entrecejo.

—No me pongas la puta mano encima.

—Ya casi hemos terminado. Compórtate.

Sanos detestaba cómo le ladraba órdenes. Sintió su ira tomando el control de su cuerpo, ignorando a su instinto de supervivencia. Trató de golpearla, dirigiendo el duro metal que le aprisionaba las muñecas contra su mandíbula.

Olerra se agachó con tal velocidad que la perdió de vista. Y entonces Sanos sintió un dolor intenso en la entrepierna, tan agudo que hizo que se cayera al suelo.

Mientras intentaba recuperar la respiración, se dio cuenta que Olerra le había dado un puñetazo. ¡Ahí!

Las mujeres se reían a su alrededor mientras la princesa lo arrastraba de las cadenas de los tobillos, pero el dolor apenas lo dejaba ser consciente de ello. Cuando los ojos dejaron de llorarle, la vio hacer un gesto hacia un grupo de eunucos que estaban intentando acercarse para ayudar.

Olerra soltó los grilletes y se agachó a su altura.

—¿Has terminado?

—Nunca dejaré de resistirme —le espetó.

Ella alzó un brazo para alcanzar un cuchillo de la mesa, que le puso sobre el cuello.

El silencio había invadido la sala. Todo el mundo estaba atento a la conversación.

—Quizá pienses que antes estaba exagerando. Toma una decisión, príncipe. Puedo derramar tu sangre aquí mismo, o puedes comportarte con educación y disfrutar conmigo del desayuno. Elige.

Teniendo en cuenta que toda la nobleza amarriana se encontraba delante, Sanos dedujo que Olerra no estaba de farol.

Realmente lo mataría si no le seguía el juego.

No era que antes hubiera dudado de sus palabras, aunque no la había creído capaz de castigarlo allí, delante de todo el mundo.

Su padre siempre le había dado palizas en privado.

El rey no quería que la gente supiera que era un cabronazo detestable.

Pero Olerra era diferente. Lo había tumbado de un solo golpe delante de toda esa gente, y en ese momento lo estaba amenazando con un cuchillo que sujetaba contra su garganta.

Sanos quería decirle que pelearan a muerte. Quería luchar contra ella hasta que uno de los dos cayera a manos del otro. Pero pensó en su madre y su hermana. En sus hermanos. En todos los que dependían de que volviera a casa.

Necesitaba sobrevivir.

Alzó las manos en un gesto de rendición, aunque en su rostro se leía el desprecio. Olerra se apartó y apuntó a una silla vacía con el cuchillo.

Sanos se recompuso, se levantó y se sentó. La princesa se sacó una llave del bolsillo y le quitó los grilletes para esposarlo al respaldo de su asiento.

Ahora sí que no iría a ninguna parte.

Cuando Olerra se colocó en su silla, miró alrededor.

—Dicen que los sementales más peligrosos son los que «mejor se cabalgan».

Las carcajadas retumbaron por la sala. A Sanos le dio lo mismo la comparación.

—Y como sé que todas os morís por preguntarme, os lo diré. —Miró a Sanos con los ojos entrecerrados—. Los rumores acerca de los brutos son ciertos.

Las amarrianas silbaron y aplaudieron. Sanos no tenía ni idea de a qué rumores se podía estar refiriendo y, por la reacción de la gente, no estaba seguro de querer enterarse. Buscó entre los rostros de los hombres un gesto de empatía.

Pero no lo encontró.

Todos miraban embelesados a sus mujeres. Una de ellas acariciaba el brazalete que el hombre llevaba sobre su bíceps izquierdo.

Sanos se dio cuenta de que todos lo llevaban. La ornamentación consistía en todo tipo de piedras talladas de diferentes formas. Cada brazo estaba rodeado por un metal distinto, moldeado en una forma única.

El hombre de antes, Daneryn, había dicho algo acerca de querer llevar el ónice de Olerra. Analizando más detenidamente a la multitud, no vio a más hombres que llevaran su piedra.

Era la marca que lo hacía suyo, comprendió.

Olerra captó la mirada de aprobación de su tía. Ella también estaba orgullosa de sí misma. No solo había logrado luchar contra Andrastus sin que nadie sospechara su secreto, sino que además había conseguido que el altercado jugara a su favor.

Había pensado que, si Andrastus se le resistía, sería una señal de debilidad. Pero, en lugar de eso, le había permitido demostrar su fuerza para domesticarlo. Tardaría, pero quizá lograra su objetivo. Podía hacerlo.

Solo se arrepentía de que lo que le había dicho a la gente hubiera sido a expensas de su prometido.

No era un semental. Era un hombre, y ella lo sabía.

Su género en conjunto podía ser decepcionante, sobre todo fuera de Amarra; sin embargo, Andrastus se merecía un trato mejor.

Olerra odiaba el papel que tenía que interpretar para ganarse el favor de las nobles.

Entendía por qué tenía que hacerlo. Los hombres tenían que ser sometidos o intentarían someterlas a ellas.

A las niñas pequeñas les contaban historias de terror acerca de cómo sus antepasadas habían tenido que vivir bajo el control de los hombres.

Pero tenía que haber una manera mejor. Una que Olerra podría explorar cuando por fin fuera reina.

Hasta entonces, tenía que interpretar su papel mientras intentaba gustarle a Andrastus. Si es que podía. En ese instante estaba tan furioso que ni la miraba.

Eso cambió en cuanto ella se sentó sobre su regazo.