Capítulo 8
U n sirviente dio la bienvenida a Olerra a la sala del desayuno. Aunque normalmente prefería comer con sus soldados, durante el futuro cercano, necesitaba dejarse ver por la corte. Y, aún más importante, necesitaba que vieran a su príncipe.
Olerra rezó por que se comportara mientras miraba hacia atrás por encima de su hombro para comprobar que Andrastus la estaba siguiendo. Cuando entraron a la sala, se le pusieron los ojos como platos.
Había mujeres bien vestidas sentadas a la mesa, con sus hombres de pie tras ellas o acurrucados a sus pies.
Todos llevaban sus brazaletes bien visibles para que se pudiera apreciar qué mujer había reclamado a cada uno de ellos.
Muchos hombres llevaban joyas a juego en otras partes del cuerpo.
Pendientes, colgantes, pinzas en los pezones y demás tipos de perforaciones.
Todos estaban maquillados, desde sombras de ojos a purpurina en el pelo.
Olerra todavía no se había molestado en maquillar a Andrastus. Sobre todo porque le preocupaba que se lo estropeara a propósito. Poco a poco.
—Compórtate —le susurró—, y no te volveré a tener que amordazar. Además, sería una pena. Esa boca es demasiado bonita como para esconderla.
Andrastus pareció sorprendido ante sus insinuaciones, pero Olerra no se retractó. Sus labios eran de un perfecto tono rosado. Parecían más oscuros en comparación con su piel de color marfil y su cabello casi blanco.
«Céntrate», se dijo a sí misma.
Ydra los alcanzó. La general sintió alivio al verla llegar. Al contrario que el resto de las mujeres nobles, ella no llevaba a los chicos de su harén a la corte. De hecho, el suyo era el menos tradicional de todos.
Andrastus le dedicó a la segunda al mando de Olerra una mirada de pocos amigos, pero, cuando la princesa le tocó el brazo, su ceño fruncido se giró hacia ella.
—Recuerda —le dijo—. Sonreír y flexionar. Tu vida está en juego. Haz que me sienta orgullosa.
En el rostro de Andrastus se dibujó algo parecido a una sonrisa que parecía dolerle, e Ydra tuvo que morderse los labios para no reírse de él.
—Bienhallado, príncipe —dijo—. No sabía que pudieras sonreír.
—Yo lo sigo dudando —contestó Olerra.
Andrastus apretó la mandíbula.
—No envidio el trabajo que tienes por delante, Olerra —le dijo Ydra—. Ah, antes de olvidarme, ¿recuerdas aquello que querías que comprobara?
Olerra se había quedado mirando el bíceps izquierdo de Andrastus. Quería recorrer el brazalete con el dedo, pero sabía que su relación estaba en la cuerda floja después de la noche anterior. Y después de sus instrucciones para ese día.
—¿Mm? —respondió. Dioses, qué difícil era concentrarse con él así vestido. No había contemplado que se fuera a sentir tan atraída por su futuro marido. Tenía que dejar de mirarlo.
Olerra se giró hacia Ydra.
—Daneryn ha vuelto. Está aquí.
—¿Cómo? —exclamó la general—. ¿Por qué? ¿Cuándo?
—Parece que…
Las palabras de Ydra quedaron interrumpidas por la aparición de nada menos que el propio Daneryn.
Estaba solo, aunque su madre debía de encontrarse por alguna parte de la sala si a él se le había permitido el acceso a la mesa de desayuno de la reina.
Estaba más alto y más ancho que cuando lo había visto por última vez, hacía un par de años.
Tenía la piel morena, un poco más clara que su madre.
Rizos perfectamente definidos le cubrían la cabeza. Sus ojos eran de un verde brillante.
Y estaban mirando a Olerra con tanto dolor que ella casi tuvo que apartar la vista.
Daneryn habló primero, un movimiento osado que se salía de las convenciones aceptables. Olerra se lo permitió.
—Princesa —dijo—, me he enterado de vuestra última escaramuza contra los brutos. Enhorabuena por obtener otra victoria.
—Gracias, Daneryn.
—Me alivia ver que no estáis herida.
Olerra procuró no poner los ojos en blanco. El único motivo que tenía Daneryn para querer que ella estuviera ilesa era que llevaba años deseándola para sí.
Daneryn tenía veintidós años, era hijo de una condesa y era el único noble varón de la corte amarriana mayor de veinte.
Durante el intento de rebelión del padre de Glen, hermano de la reina, Daneryn había tenido la suerte de haber estado estudiando fuera del país con su hermana, una extraña oportunidad para un hombre.
Dado que él no se encontraba presente durante la revuelta y ninguno de sus familiares directos se había visto involucrado, Daneryn era inocente de cualquier culpa o relación con el asunto.
Pero Olerra no estaba interesada en el hijo de una condesa; no cuando ella podía aspirar a tener un príncipe. Además, siempre había sabido que tendría que raptar a su futuro marido, al igual que su madre. Daneryn era el camino fácil, y no le habría servido para demostrar su fuerza ante las nobles.
Cuando Daneryn había vuelto de su viaje de estudios hacía un par de años, había convertido a Olerra en su objetivo por dos sencillas razones: era la mujer de más alto estatus con la que podía casarse y no era tan cruel como su prima.
Olerra había disfrutado de la atención, pero aún no estaba preparada para dejar que nadie se acercara a ella y arriesgarse a revelar su secreto. Así que Daneryn había dirigido sus esfuerzos hacia sus estudios y se había centrado en otros objetivos.
Hasta entonces, por lo que parecía.
Cuando Daneryn miró a Andrastus, casi se le humedecieron los ojos, y Olerra se preguntó si habría medido mal el cariño que le profesaba. O eso, o era un actor excelente. Debería investigar qué había estudiado realmente en el extranjero.
—La última vez que hablamos, dijisteis que no estabais preparada para el matrimonio —dijo Daneryn, bajando la voz.
—Y no lo estaba.
—Pero ¿ahora sí lo estáis? ¿Y habéis tomado a un bruto? ¿Uno de los hombres contra los que habéis pasado tanto tiempo luchando como general?
A Andrastus parecía interesarle la conversación, y eso a Olerra no le gustaba nada. Decidió que no estaba consiguiendo nada siendo amable.
—Soy una princesa —dijo con un tono más duro—, y elegiré a quien considere adecuado.
—Aún no es demasiado tarde. No os habéis casado con él.
Casaos conmigo, Olerra. Yo os trataría mejor que ese hombre malcontento.
Quedáoslo para vuestro harén, si así lo queréis, pero yo soy vuestra mejor opción, y todo el mundo lo sabe.
Mirad cómo se pelea con los grilletes. Olerra, para mí sería un honor llevar vuestras cadenas.
He deseado vuestro ónice desde el día que pude rendir.
Como declaración de amor no estaba mal. Sin embargo, Daneryn empezaba a llamar la atención, y cada vez más gente rodeaba la mesa.
—Si en algún momento decido que tengamos esta conversación, Daneryn, será en privado. No junto a una mesa de desayuno donde todo el mundo pueda oírnos. Si vuelves a abordarme así, no seré tan indulgente. ¿Entendido?
El hombre hundió la cabeza en los hombros.
—Sí, mi princesa. Mis más sinceras disculpas. ¿Puedo ayudaros con algún asunto hoy?
En ese momento, Andrastus parecía asqueado. La sumisión de Daneryn le resultaba absolutamente repulsiva.
A cualquier otra mujer la habría satisfecho, pero Olerra sabía que Daneryn era un arribista. En cuanto se enterara de que no tenía el Don de la Diosa, le vendería la información al mejor postor.
Quizá Andrastus hiciera lo mismo, pero su libertad pendía de un hilo que Olerra podía cortar. Él era la mejor opción.
—No, Daneryn. Márchate. Y quítate esas ambiciosas ideas de matrimonio de la cabeza.
El hombre se fue caminando con los hombros hundidos por el peso de la decepción.
—¿Qué coño ha sido eso? —preguntó Andrastus.
—Nada —respondió Olerra.
Después, enganchó su brazo al del príncipe y lo guio con calma alrededor de la magnífica mesa. Olerra no se detuvo hasta que llegaron a un grupo de cuatro mujeres mayores que el resto, sentadas convenientemente juntas.
Pese a que todo el conjunto de nobles amarrianas tenía en sus manos el futuro de la general, era el favor de esas cuatro mujeres el que se tenía que granjear, puesto que ellas tenían el poder de influir en la opinión del resto.
La primera era una causa perdida, pues era la madre de Glenaerys.
Estaba claro que Shaelwyn quería ver a su hija en el trono.
Como la mujer más rica de Amarra, era la que más poder podía ejercer sobre las nobles y sus votos.
La segunda era Enadra, antigua general de los ejércitos de Amarra. Al ser más mayor que el resto de las nobles, se había ganado el respeto de las masas. Había entrenado y visto crecer a Olerra, así que sabía que contaba con su voto.
Y luego estaban las dos impredecibles. Cyssia, amiga de la infancia de los infantes reales: la actual reina, la madre de Olerra y el padre de Glen. Su apego hacia todos ellos implicaba que aún no se había decantado por ninguna de las dos primas.
Por último, estaba Usstra, que tenía mano en todo lo que pasaba en Amarra.
No había alma en el reino que Usstra no conociera.
Además de tener muchos contactos, era una gran fuente de información para la red de espías.
Nadie tenía idea de cómo la mujer se enteraba de todo lo que sabía.
Ni tampoco de qué prima contaba con su favor.
Olerra trató de evaluar sus reacciones hacia Andrastus. Ya contaba con el desdén de Shaelwyn. Las demás se lo estaban pensando. Bien. Siempre habría tiempo para ganárselas.
Le guiñó un ojo a Shaelwyn; sabía que le molestaría.
—Podremos desayunar juntas en otro momento —dijo, dirigiéndose al resto—. Por ahora, la reina tiene el derecho preferente para conocerlo.
Y siguieron adelante.
Sanos sabía que Olerra estaba presumiendo de él.
No había otro motivo para estar dando vueltas a la sala.
No lo dirigía a ningún sitio concreto. No, Olerra paraba cuando las mujeres a su alrededor lo miraban embelesadas, y lo colocaba como le placía.
Le movía los brazos para que flexionara los músculos.
Le hacía girar la cabeza. Nadie dejaba de hablar, pero todas lo miraban.