El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Entonces, entenderás que tengo que ser dura contigo por el bien de mi pueblo.

Mi prima no es una buena persona. Arruinará la vida de la gente corriente de Amarra con tal de consentir y mimar a la nobleza y a la realeza.

Es cruel e interesada. Yo quiero que todo mi reino prospere, desde la gente más pobre hasta la cortesana más rica.

Mujeres y hombres y toda persona dentro y fuera del binarismo.

Soy la única que puede hacerlo. Y es por eso por lo que debo convertirme en reina.

No se molestó en contarle el resto de la historia. La parte importante. Que necesitaba ser reina. Olerra tenía que demostrar su valía ante una diosa que no la consideraba digna de su Don. Tenía que demostrar que era la mejor.

Además, se lo merecía. Se había dejado el culo entrenando para ser la mejor luchadora de Amarra mientras ocultaba su secreto.

—No me importa la gente de Amarra —dijo Andrastus—. Pero no pienso darte una excusa para que me ejecutes.

—De acuerdo. Entonces, compórtate y a los dos nos irá bien. Vale —continuó Olerra—, ya te lo expliqué en el camino, así que esto no debería ser más que un recordatorio.

»El día de hoy va a ser de la siguiente forma.

Vas donde yo vaya. Me seguirás siempre a un paso de distancia.

Si, por cualquier motivo, te tocara de manera romántica en público, deberás corresponderme.

Con entusiasmo. Mírame como si me adoraras.

No hables si no te hablan, a no ser que me preguntes algo directamente a mí.

Que parezca que eres feliz por estar aquí, que sientes que es un gran honor que te haya elegido.

Que lo es, por cierto. Soy la mejor elección y, dentro de poco, la mujer más poderosa del mundo.

Hay madres que llevan intentando casar a sus hijos conmigo desde que tengo quince años.

—Entonces, ¿qué hago yo aquí? —preguntó él—. ¿Por qué no conformarte con algún amarriano agradable y guapito?

—Para empezar, a mí se me había dicho que tú eras mucho más guapo y agradable de lo que eres.

Pero supongo que los hombres de tu reino son tan horribles que tú eres quien pasa el corte.

No me mires así, Andrastus. Me gustas, de verdad.

Además, necesito a un hombre noble para reforzar mi propia descendencia.

Son muchas las formas que hay de ganarse a la nobleza y al pueblo.

Y la posibilidad de tener descendencia con sangre noble es una de ellas.

Convertirme en una candidata política sólida es otra.

Y la última es demostrar que mis hombres me respetan y obedecen.

—¿Hombres? —inquirió él, recalcando el plural.

—De momento solo tengo uno —contestó Olerra.

—¿Cómo que «de momento»? —le preguntó—. Pero ella ya se había cansado de hablar y se puso en movimiento.

La general sintió alivió al oír que Andrastus la seguía desde sus aposentos. Las cadenas tintineaban con suavidad a cada paso que daba. Olerra caminó despacio para que le pudiera seguir el ritmo aunque llevara los grilletes.

—Esta ropa es ridícula —dijo él por detrás de Olerra.

—Entonces, va a juego con tus protestas, ¿no crees?

—Creo que secuestrarme ha sido una completa estupidez. Mi padre…

—Tiene demasiados hijos. Piensa en todo lo que puedes conseguir si unimos nuestros reinos. Hasta tú puedes ver los beneficios de que dejen de estar enfrentados. Ya que no hacéis más que perder. Ahora, ponte recto. Saca músculo cada vez que veas que una mujer te mira. Y no dejes de sonreír.

—Sonreír y flexionar —dijo él sin inmutarse.

—Exactamente. —Por los dioses, no le había hecho ni caso en el camino.

El príncipe se quedó callado, y Olerra asumió que estaría analizando el palacio.

Escapar debía de estar entre sus principales prioridades.

Estaría intentando memorizar los caminos entre todos los lugares que recorrían y buscando puertas que dieran al exterior.

Olerra, en lugar de decir algo, optó por admirar sus cuadros favoritos.

Uno de ellos representaba a la primera reina de Amarra, que alzaba las manos hacia el cielo pidiéndole a la diosa que pusiera fin a su sufrimiento.

La historia tenía quinientos años y, a pesar de haber pasado de generación en generación, el nombre de la reina se había perdido. La llamaban la Elegida de Amarra.

Un tapiz mostraba la primera batalla con los brutos, a lo largo del río Fren. Los caballos llevaban a través del agua a las jinetes, que derrotaban a los soldados de a pie, dejándolos a merced de la corriente del río.

En las paredes había, colgadas de ganchos, armas que habían sido usadas a lo largo de la historia. Las que se habían utilizado en batallas reales estaban en vitrinas de cristal. En Amarra, el arte era muy apreciado. Y ningún arte se les daba mejor que el de la guerra.

Mientras caminaban, Olerra prestaba atención a los movimientos de Andrastus. Sabía que la idea de aprovecharse de que ella estaba de espaldas había cruzado su mente. Le bastaba con dar un paso, echarle los grilletes por encima de la cabeza y ahogarla.

Pero había guardias apostadas por el pasillo. Si intentaba matarla, sufriría una rápida ejecución. Debía de ser lo suficientemente egoísta como para no intentarlo.

Vaya alivio.