El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Se lo diría a Andrastus, si fuera preciso. Ya tenía demasiado que asimilar con todas las novedades de ese lugar. La princesa no estaba segura de que su mente pudiera aguantar mucho más estrés.

Los sirvientes prepararon a Andrastus para ella. Vestía sus nuevas ropas de palacio, y Olerra vio al instante en su mirada que las detestaba.

La camisa era blanca y ligera, con una manga larga sobre el brazo derecho y sin manga en el izquierdo; toda su ropa estaba diseñada para que su bíceps izquierdo quedara al descubierto.

Andrastus tenía el hombro visible algo rojo, de haber ido sin camisa durante el desfile por la ciudad del día anterior.

No obstante, los eunucos ya se habrían encargado de ello.

El cuello de la camisa bajaba hasta el ombligo, dejando ver atisbos de sus pectorales y las marcas de sus músculos hasta el abdomen.

La rojez que la cera había provocado ya había desaparecido, pero Olerra asumió que su piel aún estaría sensible.

Le costaba sentir empatía, teniendo en cuenta el dolor que había tenido que sufrir ella la noche anterior.

Además, era antihigiénico para un hombre tener demasiado vello.

Los pantalones cortos de cuero eran apretados desde el culo hasta la mitad de los muslos. Acentuaban las curvas de sus músculos y el bulto de delante. Las sandalias le llegaban hasta las rodillas, enmarcándole los fuertes gemelos.

Ya parecía amarriano, y a Olerra le encantaba. Tan solo faltaba una cosa.

Olerra cogió una caja de su mesilla de noche. Dentro descansaba el brazalete que había mandado hacer para él. Estaba forjado en plata pura, y los extremos se entrelazaban en una espiral arriba y abajo. Una sola lágrima de ónice colgaba del centro.

Sus miradas se encontraron mientras ella se le acercaba. Por algún motivo, él no se pudo resistir cuando la general introdujo su mano izquierda en el brazalete y lo deslizó hacia arriba hasta que se quedó ceñido sobre su bíceps.

A Olerra le encantaba cómo le sentaba, casi tanto como que significara que él era suyo.

—Te queda perfecto —le dijo.

—¿Qué es? —preguntó Andrastus.

—Protección. Mientras lo lleves puesto, nadie en Amarra se atreverá a tocarte o hacerte daño.

—Pero ¿qué es?

—Es un brazalete: lo llevan los maridos y los miembros de los harenes.

—No me voy a casar contigo —respondió, con un tono que volvía a sonar desafiante.

Intento coger el brazalete, pero lo eunucos lo detuvieron rápidamente. Uno de ellos traía un par de grilletes acolchados. El otro tenía unos similares, pero algo más grandes. Los primeros eran para sus muñecas y los segundos para sus tobillos. Andrastus intentó forcejear.

—O dejas que te pongan los grilletes o te quedas también sin desayuno.

Al parecer, aquello no era motivación suficiente para hacer que no se los intentara sacudir como un pez coleando. Olerra empezó a preocuparse. No podía llevarlo a desayunar si se comportaba así.

—Deja que te pongan los grilletes —intentó—, y hoy no tendrás que llevar la mordaza.

Eso sí lo convenció. Se quedó quieto, mirándola mientras los eunucos intentaban esposarlo.

—Estos deberían ser menos molestos que los que tuviste que llevar durante el viaje. Están diseñados para ser cómodos durante los juegos de cama. Sin dolor. No son más que una precaución.

—Soy un príncipe, y, sin embargo, ¿me vas a tener desfilando encadenado?

—Andrastus, no estás poniendo de tu parte, y eso significa que se te tratará como a un prisionero y no como a un invitado. Dejadnos —les dijo a los eunucos cuando terminaron de atarlo.

Cuando se quedaron a solas, Olerra se forzó a mantener una postura calmada. Andrastus no sabía que era más fuerte que ella. Sabía que era una general con entrenamiento. Seguramente, podría con él si se enfrentaban cuerpo a cuerpo. El único problema era que descubriera su secreto.

«A tu manera no funciona», le había dicho Ydra.

Su hermana elegida tenía razón. Necesitaba intentar un enfoque diferente para amaestrar a Andrastus.

Era normal que los maridos raptados de sus hogares tuvieran alguna falla en su comportamiento, estaba dentro de lo esperado.

Sin embargo, si se comportaba tan mal como lo había hecho en el camino, Olerra tendría que castigarlo en público y con severidad, o arriesgarse a parecer débil.

No quería hacerle daño. Tampoco podía arriesgarse a que se pasara mucho de la raya.

Arruinaría su relación antes incluso de que empezara.

O, peor, se revelaría su secreto si él la superase.

—Voy a ser sincera contigo, Andrastus. —Puso la voz que usaba con sus tropas—.

Solo te he secuestrado porque necesito un marido para poder ser reina de Amarra en el futuro.

A pesar de contar con el favor de la reina, mi prima se ha ganado a la mayor parte de la nobleza a base de pasar tiempo con ellas y besarles el culo.

Son las nobles, por votación, quienes deciden quién será la próxima reina, así que deja que te lo dé masticadito: si no me hacen princesa heredera, no me servirás para nada. Si no te comportas, morirás.

Andrastus relajó la expresión.

—Bien, veo que tengo tu atención —continuó Olerra—.

Cuando me nombren princesa heredera, no tendremos por qué vivir así.

—Hizo un gesto hacia las puertas de las habitaciones adyacentes—.

Ni siquiera tendremos que estar siempre juntos para recordarle al pueblo mi autoridad sobre ti.

Podrás hacer con tu vida lo que te plazca.

Quizá, incluso, puedas volver a Brutus, si eso es lo que deseas.

Pero necesito ganarme el favor de las nobles, y te necesito para conseguirlo.

Andrastus se mantuvo en silencio un momento.

—¿Por qué me necesitas a mí?

—Las amarrianas valoramos la fuerza. El dominio.

La habilidad para la lucha. Al tomarte a ti, he demostrado mi valía.

Pero todavía me queda la parte más dura.

Tengo que hacerle ver a la corte que puedo manejarte, ejercer mi dominio.

Nuestra relación no tiene que ser así. Tan solo necesito que lo parezca. ¿Lo entiendes?

La miró a los ojos.

—¿Necesitas que finja ser dócil y servicial para que puedas ser reina?

—Así es.

—¿Y entonces qué cojones fue lo de anoche?

A Olerra le encantó ver el rubor invadiendo sus mejillas conforme lo decía.

—Todavía tengo esperanzas de que pueda existir una relación… amistosa entre tú y yo. Además, nos vamos a casar. No sería legítimo si no lo consumáramos.

Obviamente, Olerra no lo forzaría si él realmente no quería, pero confiaba en hacerlo cambiar de opinión.

—No habrá ningún tipo de relación entre nosotros —le espetó—. Y no me importan tu política ni tu futuro.

—No te tiene que importar eso, pero espero que te preocupe salvar tu propio pellejo. Tu vida está en juego, Andrastus, así que procura que me sienta orgullosa. —Hizo una pausa—. ¿Te importa tu gente? ¿El pueblo de Brutus?

—Por supuesto que sí. Como parte de la realeza, es mi trabajo preocuparme por ellos y por su bienestar.