Capítulo 7
D espués de haberlo aseado, Andrastus estaba más apuesto que nunca.
Su pecho depilado era espléndido: suave, marcado y terso. Olerra quería extender las manos sobre él, pero se contuvo, pues sabía que ese tipo de contacto no sería bien recibido.
En ese momento entendía que todo el mundo dijera que era hermoso. La barba escondía una mandíbula perfectamente afilada. Su barbilla era prominente en su justa medida y tenía un pequeñísimo hoyuelo. Quería lamerlo.
Ahora que estaba afeitado, sus ojos destacaban más. Esas profundidades castaño oscuro que se enmarcaban en pestañas doradas y cejas gruesas. Antes, parecía severo. Ahora estaba más delicado. Innegablemente masculino, pero también hermoso.
Se moría por volver a besarlo. Esa vez sin la barba.
Olerra detuvo sus pensamientos antes de que perdieran el control y se concentró en lo que tenía entre manos.
Llevaba un conjunto que le había elegido Ydra del Mercado del Placer.
Abrazaba sus curvas y realzaba sus pechos.
Tenía las piernas completamente desnudas, así como los brazos.
Se sentía hermosa. Se sentía poderosa viendo a Andrastus examinando cada palmo de su cuerpo. Sin embargo, la polla no se le movía.
Sabía que no sería fácil, pero estaba bien entrenada. Que aprendiera a controlar a un hombre era tan importante para sus profesoras como enseñarle aritmética.
Empezó alzando un brazo lentamente y dejando caer el resto de su cabello por la espalda.
Le llegaba hasta la cintura, aún húmedo del baño que se había dado antes.
Se pasó los dedos por la cabeza y, después, por el pelo.
Se lo echó por encima de los hombros para que Andrastus pudiera apreciar claramente su figura.
Olerra deslizó uno de los tirantes hacia abajo. Repitió el movimiento con el otro. Sin dejar de mirarlo, pasó un dedo por su pecho, sobre el conjunto que vestía, dibujando un círculo alrededor de su pezón.
—Así te estás excitando tú, no yo —dijo Andrastus, aunque su voz no era tan dura como lo había sido el resto de la tarde.
—Me estoy imaginando que eres tú quien me toca —dijo ella, con la voz más seductora que tenía.
Ahí. Eso sí le interesó a su polla.
Se palmeó ambos pechos al mismo tiempo. Con calma, Olerra se tocó tal y como había soñado que un hombre la tocara algún día. Tal y como ese hombre haría algún día. Era maravilloso, y dejó escapar un suave gemido.
La polla de Andrastus volvió a moverse, y Olerra empezó a deshacer los lazos de la parte frontal de su conjunto, mostrándole aún más de sus pechos y su tripa. Se detuvo justo antes de llegar a las caderas.
Se sacó un pecho para enseñarle lo duro que estaba su pezón, y contempló satisfecha que él apretaba la mandíbula. Lo que antes estaba flácido, cada vez lo estaba menos.
Andrastus cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera detener lo que le estaba ocurriendo. Estaba claro que no le gustaba que Olerra pudiera jugar así con él, y eso a ella le encantaba.
—¿Sabías que tengo las tetas tan grandes que puedo chuparme mis propios pezones?
Andrastus abrió los ojos de golpe, con la respiración entrecortada.
—Demuéstralo —reclamó.
Olerra se cogió un pecho y lo alzó hasta su boca mientras sacaba la lengua.
Y ahí él perdió la batalla. Cuando decidió que perder era ganar. Cuando su polla se elevó, completamente erecta.
Pero la princesa no había terminado. Pues, a pesar de nunca haber tomado a un hombre, sabía perfectamente cómo darse placer. Se deshizo de los otros lazos y dejó que el conjunto llegara a sus caderas.
—El resto —jadeó Andrastus—. Quítatelo todo.
Olerra inclinó la cabeza.
—¿Ya quieres que te tome? ¿Tan pronto me vas a suplicar?
Andrastus volvió a cerrar los ojos, obviamente intentando recuperar una pizca del control que había perdido. Que hiciera lo que quisiera. Estaba jugando con él. No seguiría, no importaba lo que dijera. Todavía no estaba preparada para aquello. De eso trataba esa noche.
Olerra tomó medidas mentalmente y miró al falo del tamaño adecuado.
Ahora quería correrse.
Deslizó la mano bajo lo que quedaba de lencería y empezó a tocarse. Estaba más mojada que de costumbre. Había algo en ver cómo él la deseaba que la excitaba aún más. Le palpitaba el clítoris. No perdió más tiempo y llevó los dedos donde los necesitaba.
Jadeó, mirándole la polla a Andrastus, que volvió a perder la batalla y abrió los ojos.
—Joder —dijo ante lo que vio. No podía ver el sexo de Olerra, aún cubierto por el conjunto, pero no dudaba de lo que estaba haciendo con la mano.
La princesa miró hacia arriba cuando encontró un ritmo que la complacía. Inclinó las caderas para poder mover los dedos. Cada roce a su clítoris era fuego por su cuerpo, y sentía que el final se acercaba más deprisa que de costumbre.
—Más despacio —le pidió él—. Vas a acabar demasiado pronto.
Olerra gimió cuando el orgasmo la alcanzó. Fue breve, pero le aclaró la mente y le recordó quién mandaba ahí.
Tomó el falo del tamaño adecuado de la caja y se lo enseñó al príncipe.
—Se parecen bastante, ¿no crees?
Andrastus la fulminó con la mirada.
—Buenas noches —le dijo, dándose la vuelta.
—¿Me vas a dejar así?
—¿Así cómo? —preguntó Olerra, deteniéndose junto a la puerta—. ¿Cachondo? ¿Atado a la cama? Sí, te voy a dejar así. No te vas a correr si no es en mis manos, Andrastus. No te vas a tocar si no te lo ordeno yo. Solo cuando seas un buen chico recibirás lo que anhelas. Que duermas bien.
Y lo dejo tal y como estaba. Duro e insatisfecho.
De vuelta en sus aposentos, Olerra contempló el falo. Era grande. No el más grande del conjunto, pero, definitivamente, no el más pequeño. E iba a tener que metérselo entero si quería reclamar por completo a su hombre.
Y cómo lo deseaba. Cuando lo había capturado, había pensado que su cuerpo era demasiado ancho; sus facciones, demasiado duras. Pero verlo desnudo y excitado había cambiado algo. Olerra había visto cómo podían ser las cosas entre ambos en el dormitorio. Y ella quería ese futuro.
También quería procrear con él, algún día. Sus bebés serían tan fuertes y firmes. Absolutamente perfectos.
Tan solo tenía que conseguir que él consintiera en acostarse con ella. Era cuestión de tiempo. Lo tendría comiendo de su mano dentro de poco.
Olerra se tocó con su mano no dominante, midiendo la distancia entre sus dedos antes de compararla con el falo que tenía delante.
Era imposible que le cupiera en ese momento.
Aun así, estaba decidida a intentarlo. Se tumbó en su cama, bocarriba. Todavía estaba mojada del orgasmo de antes; eso ayudaría. También la ayudaba saber que Andrastus se encontraba a una puerta de distancia, cachondo y, probablemente, todavía pensando en ella.
Colocó la parte superior del falo contra su vagina, y tuvo que apretar la mandíbula, mordiéndose un labio, cuando aplicó presión.
Joder, cómo dolía, y, si empujaba más, probablemente se desgarraría la piel. Apartó el falo y masajeó la zona dolorida.
Olerra se compadeció de las mujeres de Brutus.
Por lo que le habían enseñado sus maestras, los hombres les metían sus miembros a las mujeres en su Primera Noche aunque no se encontraran preparadas.
No esperaban a que estuvieran húmedas. Ni se preocupaban por ayudarlas a ensancharse y prepararse durante semanas.
Había vaginas de todos los tamaños, y era una estupidez por parte de los hombres pensar que, porque a ellos les gustara, también era placentero para las mujeres.
¿Cuántas mujeres sangraban por el placer de hombres que ni siquiera ponían el dolor de sus parejas sexuales por encima de su propio placer?
El pensamiento la enfurecía. Le recordaba que los brutos no se merecían cortesía ni amabilidad.
Olerra confiaba que Andrastus fuera diferente.
Tampoco era justo. Los hombres podían disfrutar del sexo durante toda su vida sin dolor, pero las mujeres tenían que pasar por ello primero.
Olerra devolvió su atención a la caja, cogió un falo mucho más pequeño y probó de nuevo.
Con ese, su carne se estiró cuando aplicó presión, y dolía, pero era soportable.
Hizo lo que le habían recomendado sus profesoras: contar hasta diez, retirar el falo para que su cuerpo se relajase y volver a introducirlo.
Estuvo así durante unos cinco minutos. Después, limpió los dos falos y los volvió a meter en la caja. Orinó en la bacinilla de sus aposentos, aunque no tuviera ganas; le habían enseñado que debía hacerlo después de tener dentro un pene o falo para evitar infecciones.
Los eunucos le habían preparado un baño hirviendo mientras estaba en la habitación de Andrastus, y el agua ya se había enfriado lo suficiente como para poder meterse. Se recostó y dejó que su cuerpo se relajara. Lo necesitaba. Aún tenía mucho trabajo por delante.
Olerra tenía que cortejar a su futuro marido. Pero primero debía inculcarle buenos modales. No había respondido demasiado bien a lo que le había enseñado durante el viaje, así que ahora tendría que intentarlo por las malas.
Olerra se despertó al amanecer. Como ese día no iba a entrenar con sus guerreras, se decantó por una túnica color crema que le llegaba a la mitad de los muslos y unos pantalones cortos ajustados que evitaban que se rozara la zona interior de las piernas.
Se ató un cinto, del que colgó sus armas.
Era una de las pocas personas del reino que dominaba la compleja técnica de la látiga, que consistía en una afilada cuchilla atada a un extremo de una cuerda larga.
También llevaba una espada al otro lado de la cintura para el combate a corta distancia.
No se molestó en coger su yelmo. Tan solo lo utilizaba cuando tenía turno de guardia o iba a la batalla.
Ni siquiera aunque supiera que su prima había recurrido a mandar asesinas tras ella.
No tenía ninguna prueba que la vinculara con los dos últimos intentos de asesinato que había sufrido, así que no tenía sentido decírselo a su tía. Y, teniendo en cuenta que Olerra era la mejor luchadora del reino, no iba a dejar que algo así le quitara el sueño.