Capítulo 6 #3
—Tantas preguntas… Te habría hablado de todo esto en el camino si no me lo hubieras puesto tan difícil. ¿Acaso no os enseñan nada de las leyes y costumbres de Amarra a los príncipes brutos?
Sí que lo hacían. Les contaban que las amarrianas secuestraban hombres y los obligaban a vivir con ellas. Y, al parecer, también les cortaban partes del cuerpo. ¿A qué más se podía estar refiriendo?
Ella entendió su silencio como una respuesta.
—En Amarra, que un hombre haga sangrar a una mujer está castigado con la muerte.
Hay excepciones, claro. Normalmente, se pasan por alto los accidentes.
A los hombres que están en el ejército no se les tienen en cuenta las heridas que puedan causar a otros durante los entrenamientos.
Así como tampoco cuentan las sufridas en una batalla.
La reina no tendría tiempo para nada más si tuviera que buscar a todos los hombres que han matado a una de sus guerreras.
—¿La muerte? —repitió él, quedándose con la palabra más importante.
—Sí. Así que puedes entender que la Primera Noche haya que tener cuidado.
—¿Primera Noche?
Olerra puso los ojos en blanco.
—Tenía esperanza en que te hicieras alguna idea de lo que iba a pasar entre tú y yo esta noche. No importa. Te lo explicaré como se lo explicamos a nuestras niñas y niños cuando empiezan a madurar. ¿Sabes lo que les pasa a algunas mujeres la primera vez que mantienen relaciones sexuales?
—Que sangran —contestó Sanos.
No le gustaba el tono de Olerra. No era tonto. Ni le faltaba experiencia.
—Parecías frecuentar burdeles. Pensé que quizá nunca habías estado con una virgen.
—Y no he estado. Pero eso no significa que no sepa nada de sexo.
—Es difícil saber qué conocimientos tienes.
—Conozco a las mujeres.
—A las nuestras, al parecer, no —dijo ella, con unos ojos que prometían que eso iba a cambiar.
Sanos se quedó pensando un momento antes de analizar lo que Olerra había dicho.
—¿Ejecutáis a los hombres que se acuestan con vírgenes por hacerlas sangrar?
—Sí —respondió con sencillez.
Sanos abrió mucho los ojos.
—Si un hombre tiene paciencia y calma, puede hacer que no haya sangre en la Primera Noche. Pero, como la mayoría de los hombres son imbéciles ansiosos que solo piensan en su propio placer, hemos tenido que encontrar una manera de no diezmar a la población masculina.
Entonces, Olerra abrió la caja y le enseñó su contenido. Sanos no sabía qué esperar que hubiera en el interior, pero, desde luego, no era una docena de falos.
—¿Para qué son? —preguntó.
—Antes de que una mujer se acueste con su primer hombre, puede adquirir un juego de utensilios como estos para quitarse de encima el feo asunto de tener que ensanchar su abertura. Así no tendrá que sangrar o sufrir.
—¿Y por qué querrías…? ¿Eres virgen?
Olerra no se inmutó.
—Obviamente —respondió—. ¿Es que no has prestado atención a nada de lo que te he dicho?
Dejó la caja, caminó hasta quedarse a la altura de la cintura de Sanos y le quitó la falda que cubría sus intimidades de un rápido tirón.
Sanos sintió un escalofrío por el roce de la tela con sus partes sensibles.
Después, no pudo hacer más que mirar cómo ella lo observaba.
No parecía… sorprendida por su aspecto. Ni…
impresionada, puesto que ya había estado examinándole el paquete en el camino.
No era que quisiera impresionarla. Pero Sanos la tenía grande, incluso para los estándares de los brutos, o eso le solían decir las mujeres del burdel. ¿Acaso les pagaban para decir eso?
—¿Por qué estoy desnudo?
—Tengo que calcular tu tamaño para saber qué falo utilizar antes.
La sangre le atronaba los oídos, pero consiguió hablar.
—Has dicho que no me ibas a forzar.
—Y no voy a hacerlo. Pero, dentro de poco, estarás listo. Será mejor que me prepare para la ocasión.
—Tienes los cojones bien puestos, ¿eh?
—No los tengo; sin embargo, ya te he dicho que es cuestión de tiempo que me desees tanto que te duela. Y esa es una promesa que tengo intención de cumplir.
Sanos odiaba lo segura que estaba Olerra de ese futuro. Como si fuera tan predecible. Se prometió a sí mismo que, por mucho tiempo que pasara en Amarra, nunca le pediría que lo tomara. Ni siquiera aunque no pudiera satisfacer su necesidad con su propia mano.
—Lamento decírtelo, princesa, pero tengo la polla mucho más grande cuando está erecta.
—Lo sé.
Sanos se preguntó cómo podía Olerra conocer el funcionamiento de una polla si nunca se había acostado con un hombre.
Aunque no era esa su mayor preocupación. Lo que más le preocupaba eran los planes de Olerra para esa noche.
—Está claro —siguió ella—, que necesito verte excitado. Así podré elegir el falo adecuado y habremos terminado por hoy, príncipe.
Tanto ella como Sanos se quedaron mirando su polla, que seguía completamente flácida, y él se rio.
—Pues mucha suerte. Estoy hambriento, cabreado y dolorido después de las torturas que tus hombres me han hecho pasar. —En su pecho aún había un destello rosado. Se quedó inmóvil—. No me vuelvas a pinchar el veneno ese. No…
—Shh —lo silenció Olerra con delicadeza.
Entonces se abrió la bata.