Capítulo 6 #2
Lo ataron a un asiento de piedra con los brazos estirados y aplicaron sobre su pecho una sustancia caliente y espesa. El hombre puso un paño sobre ella.
—Preparaos, Andrastus. Esto va a doler.
Agarró el paño y tiró.
Un dolor agónico atravesó a Sanos. El hombre de la falda cogió otro trozo de tela y volvió a tirar. El príncipe agradeció estar amordazado porque, de no ser por ello, probablemente se habría mordido la lengua hasta arrancársela.
Dioses, cómo dolía. Era mucho peor que cuando sus hermanos le arrancaron el vello del pecho en su cumpleaños. Eso era fuego. Podría jurar que era peor que la primera vez que había sentido el corte de una espada, durante su primer entrenamiento con aceros reales.
Por sus mejillas caían lágrimas incontrolables, y, hasta que no le quitaron la mordaza, no se dio cuenta de lo que tocaba a continuación.
—Como me pongas esa puñetera cera en la cara, te juro por los dioses que te destriparé —dijo Sanos.
—Solo usamos la cera en el pelo del pecho, mi príncipe. Ahora no crecerá tan rápido, ya veréis. Para vuestros testículos y barbilla usaremos una cuchilla.
—Para mis ¿qué?
Su exabrupto quedó silenciado cuando el hombre de la falda le puso una fina cuchilla sobre la garganta.
—Si no queréis que os corte, os sugiero que os estéis muy quieto.
Sanos lo soportó. Soportó que le cortaran la barba. Soportó que le afeitaran sus partes íntimas. ¿Qué cojones les pasaba a esas mujeres que preferían a sus hombres pelados como niños de teta?
Le echaron más agua por encima, para quitar los restos de vello, y Sanos por poco se ahoga. Casi dio un respingo cuando le rociaron agua fría sobre la polla y los huevos.
Lo vistieron muy ligero de ropa. Con una especie de trapo que le rodeaba la cintura y quedaba atado a un lado. Una falda. Blanca. Demasiado fina. Demasiado reveladora.
La detestaba.
Lo volvieron a amordazar mientras lo conducían por pasillos y escaleras que entonces sí pudo observar con detenimiento. Escapar era su mayor preocupación, y procuró memorizar cada rincón que recorrieron, aunque no fue un paseo largo.
Se detuvieron ante un dormitorio.
El dormitorio de ella, sin duda. Había una cama enorme, con espacio de sobra para dos personas.
Una chimenea apagada adornaba una de las paredes, y una alfombra blanca y gruesa se extendía frente a ella.
La estancia estaba, por lo demás, extrañamente vacía, como si la hubieran despojado recientemente de toda decoración. ¿Por su llegada?
No lo llevaron a la cama. En su lugar, abrieron una de las muchas puertas a habitaciones adyacentes y lo metieron en un cuarto algo más pequeño con una cama igual de grande que la anterior.
Ahí sí que lo ataron, completamente extendido.
Sus brazos y piernas quedaron bien sujetos a las columnas del dosel con nudos que él no sabía hacer.
Sanos creyó saber lo que se avecinaba. Aquella horrible toxina que lo dejaría paralizado y con la polla dura.
Pero los eunucos se marcharon sin tan siquiera despedirse.
Sanos no supo cuánto tiempo se pasó atado a la cama, esperando. Al menos una hora. Quizá dos, y tenía un terrible picor en el pie izquierdo que no podía aliviar.
Cuando la puerta se abrió y ella entró, dejó de moverse.
Estaba… diferente.
Se había quitado la suciedad del camino.
Tenía parte de la melena echada hacia atrás, con un peinado intrincado pero liso, y el resto le caía sobre los hombros en ondas oscuras y exquisitas.
Tenía tinta negra alrededor de los ojos.
Pintura roja en los labios. Podía verse un atisbo de sus pechos a pesar de la bata que vestía.
El resto de ella era una silueta que se adivinaba a través de la fina seda.
Por algún motivo, la boca se le hizo agua, aunque apenas podía tragar con la tela que le habían metido en la boca.
La mujer se acercó a él lentamente y tocó la mordaza.
—Te voy a quitar esto y tú no vas a hacer ningún tipo de sonido desagradable. Si lo haces, te volveré a administrar la vyra. ¿Entendido?
Sanos asintió y su temperatura corporal subió por el puro odio que le profesaba a Olerra.
Ella le retiró la mordaza y la dejó sobre la mesilla que había junto a la cama.
Se sentó en el colchón, que se hundió bajo su peso.
Le ofreció un vaso de agua, inclinándoselo sobre la boca, y él estaba demasiado sediento como para negarse.
Cuando hubo terminado, Olerra subió también las piernas a la cama, recostándose como una reina mientras lo observaba.
La mirada que le dedicó le calentó la sangre en las venas, pero Sanos mantuvo la ira por encima.
—Si puedes dominarme, ¿cómo es que estoy atado a la cama? —preguntó. Si lograba engañarla para que lo desatara, podría intentar escapar. Era rápido. Seguro que era más rápido que ella.
—Aún no te has ganado el derecho a estar desatado. Como ya te he dicho, el buen comportamiento se premia; el malo, se castiga.
—¿Los eunucos? ¿Eso es lo que les pasa a los hombres que no se comportan?
—Dioses, no —respondió Olerra desconcertada—. No. Ellos lo eligen. Es un honor servir en el palacio, es una de las posiciones más elevadas que puede alcanzar un plebeyo en Amarra. Son muchos los que solicitan la oportunidad, pero pocos los elegidos.
—¿Se postulan para perder su hombría? —No era capaz de creerse que un hombre pudiera querer algo así.
—Sí, es un proceso sencillo, y se los anestesia. No se enteran de nada. Renuncian al sexo por honor, riqueza y una posición privilegiada.
—Qué sitio tan horrible.
Olerra deslizó su mano por las suaves sábanas de algodón, y Sanos se preguntó si seguía atento a su conversación.
—Puedo entender por qué lo piensas —dijo ella—, pero te prometo que no lo es. Todo irá bien, príncipe. No tienes nada que temer. —Bajó la mirada hacia el pecho de Sanos, admirando su piel desnuda.
—Sea lo que sea lo que creas que va a suceder esta noche —dijo él con una voz que retumbó como un trueno—, olvídalo. No me vas a poner un dedo encima.
Ignoró la excitación con la que se mezclaba su ira. Eso no lo podía evitar, y no tenía nada que ver con ella. Ya estaba acostumbrado a pasar un año sin sexo. Pero ¿pasar una semana atado, sin poder aliviarse con su propia mano?
Nunca había estado más de una noche o dos sin hacerlo.
Y ella llevaba seda transparente, por todos los dioses.
—Al contrario que los hombres de tu país —dijo Olerra—, yo no fuerzo a quienes no desean estar conmigo. No tienes que temer que te violente así, Andrastus.
—Entonces, ¿por qué estas así vestida?
La princesa miró hacia abajo, observándose a sí misma, admirando la seda.
Cuando volvió a mirarlo a él, Sanos no estaba seguro de lo que había en sus ojos.
Con la respiración entrecortada, la vio salir de la habitación, y pensó que quizá ya había terminado.
Pero Olerra regresó pasado un momento, con una caja en las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó Sanos.