El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

A Olerra le parecía que el tiempo iba cada vez más despacio por lo mucho que se resistía Andrastus. Cuando intentaba enseñarle historia, él hablaba y la interrumpía, por lo que tenía que amordazarlo. Entonces evitaba mirarla para demostrarle que no le estaba prestando atención.

Olerra intentó explicarle cómo sería su día a día cuando llegaran a Amarra.

—Por las mañanas, comeremos con la nobleza.

Después, yo seguiré con mis cometidos con el ejército de la reina y tú podrás ir al gimnasio, que es donde la mayoría de los maridos y harenes pasan el tiempo libre.

Podrás hacer las actividades que quieras.

Por las tardes, cenaremos en compañía y pasearemos por la ciudad.

Y nos retiraremos. —Hizo una pausa para analizar su reacción—.

Después de nuestra rutina nocturna, nos separaremos hasta la mañana siguiente.

Tendrás tus propios aposentos. Pasarás la mayor parte del tiempo solo, pero sí que necesito que hagas apariciones públicas para poder impresionar a todo el mundo.

—¡Vete a la mierda! —gritaba él cada vez que le quitaba la mordaza.

Era ruidoso e insoportable cuando se lo proponía, y Olerra temía que no resultara un acompañante adecuado cuando llegaran a Amarra.

La general intentó, durante días, darle la información que necesitaría. Andrastus comía de sus manos. Le dirigía miradas cargadas de odio. Nada estaba cambiando.

Olerra no esperaba resultados inmediatos, obviamente. Pero sí que confiaba en haber obtenido algo, por poco que fuera.

La noche anterior a que llegaran a su destino, Ydra habló con ella.

—Lo hemos intentado a tu manera. No funciona.

Los brutos no entienden la persuasión por las buenas.

Le tienes que enseñar cuál es la alternativa.

Cómo se le tratará si no se comporta. Trátalo como la mayor parte de la corte trata a sus hombres.

Puedes ser buena con él como recompensa.

Pero, ahora mismo, es momento de demostrar tu fuerza.

Puede que sea lo único a lo que responderá.

Andrastus oyó esas palabras, tal y como Ydra pretendía.

Olerra tomó a su amiga por el brazo y la alejó de Andrastus para que no pudiera escucharlas.

—¿Y qué propones?

—Conviértelo en un hazmerreír cuando lleguemos a palacio. ¿No se quiere comportar como un príncipe? Pues no lo trates como a un príncipe. Trátalo como un juguete, igual que el resto de las cortesanas hacen con sus plebeyos. Pero no en privado; solo en público.

Olerra miro hacia atrás por encima del hombro, hacia donde él seguía atado.

—No quiero que tenga que ser así.

—Lo sé, pero no tiene que ser para siempre. Solo hasta que entre en razón. No puedes negar que nuestras antepasadas perfeccionaron estos métodos. Si se usan, es por algo.

Olerra respiró profundamente. Así la odiaría aún más.

Pero mientras ese odio se convirtiera en deseo, merecería la pena.

A la mañana siguiente, le quitaron la camisa a Sanos. Lo agradeció, por el excesivo calor del aire amarriano, aunque después empezó a preguntarse por qué lo habrían hecho.

—¿Qué te ha pasado en el pecho? —preguntó Olerra escandalizada.

Sanos se miró el torso, hacia los parches de pelo que faltaban por culpa de las tradiciones de cumpleaños.

—Mis hermanos —explicó.

Olerra miró a Ydra.

—De lejos, nadie lo notará —le aseguró su amiga.

Después le quitaron los zapatos, lo alzaron como a una bandera y le ataron las manos a la parte de atrás de sus asientos, obligándolo a quedarse de pie.

Fue así como atravesaron las puertas de la ciudad.

Las trompetas clamaban, anunciando el regreso de la reina potencial, y Sanos quedó bajo el escrutinio de la muchedumbre a medida que avanzaban por la ciudad.

Sentía que la piel le ardía al contacto con el sol.

Las palmeras se mecían al compás de la brisa y podía saborear la sal en el aire del océano cercano.

Las mujeres lo señalaban y comentaban su físico.

Los hombres estaban a su lado, sosteniendo compras o mercancías de sus esposas o sus madres.

También había entre la gente personas cuyos géneros no acertaba a adivinar.

Algunas parecían hombres, pero llevaban vestidos.

Otras parecían mujeres, pero se dibujaban barbas en la cara con maquillaje.

Había, además, parejas extrañas. Hombres de la mano de otros hombres. Mujeres con mujeres.

Eso no ocurría en su país. Las parejas homosexuales eran ilegales, pero allí no se escondían. Allí parecían prosperar.

Los hombres que acompañaban a las mujeres llevaban extraños brazaletes alrededor del bíceps izquierdo. Algunos estaban hechos de alambre fino o de bramante. Otros estaban engarzados en piedras o conchas. Debía de ser algún tipo de moda amarriana.

Se extrañó de que los hombres llevaran más joyas que las mujeres, pero tenía preocupaciones más urgentes.

A pesar de sus muchos empeños, había llegado a Zinaeya, la capital amarriana.

Escapar iba a ser mucho más difícil, pero estaba decidido a encontrar una forma de hacerlo.

Nunca pararía de luchar. No iba a dejar a su familia abandonada a su suerte.

No permitiría que esa mujer lo convirtiera en un hazmerreír.

No se casaría con ella. No se acostaría con ella.

De hecho, le rebanaría el puto cuello en cuanto tuviera oportunidad.

Llegaron a lo que debía de ser el castillo.

Estandartes escarlatas colgaban de las ventanas, cada uno de ellos luciendo el icono de un casco acabado en punta con una larga melena cayendo por detrás.

Una comitiva los recibió cuando el carro por fin se detuvo.

Todo el mundo los aclamaba y miraba embobado.

Olerra e Ydra ni lo miraron al bajarse del carro.

—Tengo que informar a mi tía —dijo la general—. Encárgate de que el príncipe esté limpio y preparado para esta noche.

Las palabras de Olerra provocaron que un torrente de ira se extendiera por todo el cuerpo de Sanos, pero se obligó a mantener la calma y estarse quieto mientras los sirvientes se acercaban para desatarlo del carro.

En cuanto estuvo libre de ataduras, intentó salir corriendo.

Uno de los hombres logró cogerlo por la cintura y otro le dio un puñetazo en el abdomen.

Sanos intentó contraatacar, aun habiéndose quedado sin respiración.

A pesar de que lo superaban en número, estaba claro que no eran luchadores entrenados.

Sanos se revolvió hasta que consiguió inspirar por fin una bocanada de aire, e hizo un barrido con el pie derribando a uno de los hombres.

—Ydra —dijo Olerra, perezosa—, haz que pare, ¿quieres? Le va a hacer daño a algún eunuco.

«¿Algún qué?».

Sanos apenas tuvo tiempo de mirar a Olerra cuando Ydra se abalanzó sobre él.

Se dispuso a partirle el cuello, pero no había llegado a tocarla siquiera cuando ya lo había derribado como si no pesara nada.

Lo mantuvo en el suelo sin esfuerzo ninguno, a pesar de que, con su peso, no debería haber sido capaz de hacerlo.

Después, le llevó las manos a la espalda y lo volvió a atar antes de levantarlo por los aires y colocarlo de rodillas sin emitir ni un quejido.

Una espantosa y deprimente sensación se apoderó de él cuando Ydra lo giró para ponerlo frente a Olerra. Sanos la detestaba por obligarlo a arrodillarse ante ella.

La princesa chasqueó la lengua, como si no fuera más molesto que una mosca.

—Sé que en Brutus a los hombres se os enseña a comportaros como animales, pero en Amarra no toleramos ese tipo de conducta.

Aún estás aprendiendo nuestras costumbres, así que tu único castigo será quedarte sin cena esta noche.

Pero como vuelvas a ponerte así, y sobre todo en público, perderás mucho más que comida.

Apartadlo de mi vista; no lo quiero ver hasta por la noche.

Sanos escupió a sus pies.

—Morirás por esto —murmuró antes de que lo volvieran a amordazar.

Todo el mundo se rio, pero no porque insultara a la princesa. Se estaban riendo de él.

Como si fuera algún tipo de entretenimiento que habían traído para que se divirtieran.

La princesa se inclinó para poder mirarlo directamente a los ojos y presionó los labios contra su oreja.

—¿De modo que haciendo promesas? Al contrario que tú, yo sí cumpliré la mía. Dentro de poco me estarás suplicando que te permita estar dentro de mí. Adorarás mis curvas y me amarás.

Eso fue lo último que le dijo antes de que se lo llevaran.

Todo era confuso a partir de ahí. El odio y la ira le nublaban la vista y no era capaz de ver nada de lo que lo rodeaba.

Casi se cayó por unas escaleras, tan distraído como estaba.

Sintió un aire húmedo y cálido contra la piel.

Lo habían llevado hasta una especie de estancia de baños en las profundidades del castillo.

Le cortaron la ropa. Los hombres. Los eunucos. Entendió lo que significaba la palabra en cuanto se desvistieron para poder bañarlo bien.

Les faltaba el miembro.

¿Les habían hecho eso las amarrianas?

No podía más que mirar mientras las palabras de Olerra tomaban un significado real en su mente. Perdería mucho más que comida. Por los dioses, ¿acaso se refería a cortarle la polla?

Le limpiaron todo el cuerpo a conciencia, incluidos el culo y el prepucio.

A Sanos le horrorizó sentir las manos de tantos hombres por tantas partes de su cuerpo.

Los eunucos no le hablaron en todo el proceso, ni tampoco lo miraron a los ojos, como si supieran lo que se encontrarían ahí y prefirieran ignorarlo por completo.

Una vez lo secaron con toallas limpias y templadas, Sanos pensó que lo peor había pasado, pero entonces entró un hombre que tan solo vestía una falda escarlata a examinarlo.

—Por los nombres de los dioses, ¿qué os ha pasado en el pecho?

Sanos se miró hacia el pecho y vio las calvas en su vello. Aún estaba amordazado, así que estaba claro que era una pregunta retórica.

—Traedme tijeras y cera.

A Sanos lo recorrió un escalofrío. Olerra lo había amenazado con afeitarle la barba, pero seguro que no se refería a hacerlo con…