Capítulo 5 #3
—Permite que te deje una cosa muy clara, príncipe.
Te he reclamado. Eso significa que me perteneces.
Podemos hacer esto por las buenas o por las malas.
Pero no te equivoques: de ahora en adelante, nuestros destinos están entrelazados.
Puedes luchar tanto como quieras, pero no vas a volver a casa.
Y cuando haya terminado contigo… —Se agachó a su lado y lo examinó de arriba abajo con una mirada candente— no vas a querer.
A pesar de que aún quedaban horas de luz, Olerra guio el carro fuera del camino. Era una persona inquieta, y estar sentada durante mucho tiempo no era normal para ella. Tenía que moverse o se iba a volver loca.
Ydra no dijo nada; sin duda, había percibido lo que necesitaba, como solía hacer. Empezó a montar el campamento mientras Olerra se encargaba de su nuevo hombre.
Andrastus roncaba suavemente en la parte de atrás del carro.
La general sintió alivio al ver que por fin estaba durmiendo.
Apenas había pegado ojo en ese tiempo, y Olerra sabía que eso solo haría más difícil el tratar con él.
Procurando no hacer ningún ruido, subió al carro y revisó los vendajes que le había puesto antes sobre los cortes que se había hecho con la zarza bajo la que se había escondido.
Uno de ellos era más profundo, y Olerra había tenido que sacarle una espina clavada en la piel.
Cambió las vendas y se preguntó si su prometido siempre dormía tan profundamente o si es que estaba demasiado cansado como para despertarse.
Hecho eso, desenganchó a los caballos del carro para que pudieran pasear cerca del camino, atados con las riendas.
Ydra había terminado de levantar la tienda, así que se pusieron a recoger leña entre las dos.
Le sentó bien el movimiento, pero Olerra necesitaba más.
Se preguntó si sería sensato dejar a Ydra y al príncipe e ir a correr.
—Ven aquí.
La general se dio la vuelta y se encontró con Ydra mirándola, de pie en un claro cerca de su campamento. Tenía las piernas separadas y los puños alzados en la primera posición del luet, la técnica de lucha amarriana.
Gracias a los dioses.
Olerra se deshizo de sus armas y las depositó fuera del improvisado anillo de lucha. Giró la cabeza de un lado a otro, estirando el cuello y balanceando los brazos para soltar los músculos.
Cuando estuvo lista, imitó la postura de Ydra y lanzó un puñetazo.
No dio en el blanco. Ydra era rápida, pero no tanto como Olerra.
Ella llevaba toda la vida entrenando para ser la mejor.
No contaba con la magia, así que esa era la única forma que tenía de protegerse.
Cada día trabajaba los músculos hasta la extenuación.
Levantaba pesas o corría hasta que no podía más.
Entrenaba con Ydra o con cualquiera dispuesto a enfrentarse a ella.
Casi nadie se atrevía.
Veinte segundos después, Olerra había tumbado a Ydra.
—¿Cómo lo haces? —dijo entre toses—. Todas las putas veces.
Olerra, como todas las mujeres de Amarra, se manejaba con todo tipo de armas, Pero tenía preferencia por el combate cuerpo a cuerpo.
—Suerte, supongo.
—Claro, suerte de haber nacido con huesos más duros que las piedras.
Olerra estaba orgullosa de su físico. Era una mujer grande.
Más alta que la mayoría, con muslos anchos y un abdomen que se redondeaba hacia fuera casi tanto como sus pechos.
Era, físicamente, más intimidante que muchas mujeres.
Aun así, había algunas que la superaban en peso.
Y le gustaba todavía más luchar contra ellas.
—Y no olvides esta cara que hace que los hombres y las sirem se derritan.
Ydra puso los ojos en blanco.
—Tienes suerte de que no pueda usar el Don contra ti. Entonces sí que tendrías problemas.
Era cierto. Ninguna mujer podía usar la magia contra otra. Ni tampoco contra madorns (personas que, habiendo nacido en un cuerpo masculino, se identificaban como mujeres) o madereo (personas que no se identificaban como hombres ni como mujeres, o que fluían entre los géneros).
Era una magia sabia, capaz de ver el género verdadero de cada persona, y que, aun así, había rechazado a Olerra.
Durante mucho tiempo, había pensado que quizá fuera porque era madae (personas nacidas con un cuerpo femenino que se identificaban como hombres). Pero Olerra sabía, en lo más profundo de su ser, que era una mujer. Quizá algo en ella no era como debía.
O quizá la diosa se había avergonzado de la unión de un hombre que acabaría matando a su mujer y Olerra había recibido el castigo. Decían que el día de su nacimiento había habido en Amarra una tormenta como ninguna otra. Tal vez era su mera existencia lo que disgustaba a la diosa.
—Lo que sea que estés pensando, para —dijo Ydra mientras ambas volvían a tomar posiciones.
Olerra miró hacia atrás para comprobar que el príncipe seguía dormido. Ydra aprovechó para hacerle un gancho con el pie en los tobillos. La general dio una voltereta en cuanto tocó el suelo y se volvió a poner en pie.
—Yo solo… tan solo quiero gustarle.
—Le gustarás —dijo Ydra—. Pero primero te odiará. Debe hacerlo, por orgullo. Además, deberías preocuparte por si él te gusta a ti. ¿Y si resulta que es horrible?
—Entonces, será un medio para un fin. Me acostaré con él, nos casaremos y…
—¿Lo decapitarás?
—Qué graciosa. Iba a decir que dejaría que se fuera cuando hubiera cumplido su cometido.
Ydra apartó las manos de Olerra de un golpe cuando intentó agarrarla.
—¿Quieres que te guste?
Olerra estaba dividida. Quería una pareja.
Quería tener a alguien a quien querer y que la quisiera.
Pero no podía arriesgarse a que descubriera su secreto.
Sería, sin duda, más sencillo si él no le gustara.
Podía ser una cara bonita en su corte, ayudarla a hacerse con el trono, y vivir el resto de sus días haciendo lo que le diera la gana.
—No lo sé —dijo con franqueza—. Sea como sea, intentaré ganármelo.
Cargó contra su amiga, tirándola al suelo. Ydra clavó el codo contra el hombro de Olerra y esta movió su brazo para poder apretar la garganta de la mujer.
Ydra la miró y le dio dos manotazos en el brazo.
Olerra se levantó y extendió una mano para ayudarla.
Cuando giró la cabeza para mirar atrás, vio a Andrastus observándolas. Estaban demasiado lejos como para que pudiera oírlas, pero Olerra se preguntó si era cierto lo que le había dicho antes. ¿Podía dejar de sentirse atraído por ella con tanta facilidad? ¿De verdad ya no la deseaba?
Y, si así era, ¿qué podía hacer ella para remediarlo?