Capítulo 5 #2
Pasaron todo el día siguiente en el camino.
Cuando a Sanos le permitieron hacer sus necesidades, la que se llamaba Ydra lo llevó a un lado de la carretera, con una mano siempre sobre su hombro y aún maniatado.
Tuvo que soportar la humillación de mear con ella a su espalda.
Si intentaba quitársela de encima, Ydra apretaba aún más.
Por todos los dioses, ¿cómo podía ser tan fuerte?
No era natural. No tenía posibilidad de escapar de ella en esas condiciones.
Cuando cayó la noche, levantaron una tienda de campaña en torno a un árbol cercano y lo ataron al tronco. Lo mantuvieron amordazado mientras dormían.
No fue hasta el tercer día de viaje, cuando las dos mujeres ya estaban completamente descansadas, que Olerra se molestó a volver a dirigirle la palabra, acompañándolo en la parte trasera del carro.
—Tengo tanto que enseñarte y tan poco tiempo para hacerlo. Dime, ¿qué sabes de mi pueblo?
Sanos se quedó mirándola. ¿De verdad esperaba que cooperara?
—Sé que vuestra diosa os ha hecho anormalmente fuertes y feas —contestó.
Olerra se rio.
—¿Y por eso se te corta la respiración cada vez que me acerco a ti?
Sanos le dedicó otra mirada poco amistosa. Sabía que no tendría que haber dicho que no era atractiva. Aparte de que era categóricamente falso, él mismo le había demostrado lo atractiva que le resultaba en cuanto se conocieron.
«Necesito sentir tu piel contra la mía».
Se avergonzaría de esas palabras toda la vida.
—Esto será más fácil tanto para ti como para mí si aprovechamos el tiempo en el camino antes de llegar a mi reino.
—Todo será mucho más fácil para ti si me sueltas ahora, antes de que mi padre se entere de dónde estoy.
Olerra volvió a reírse.
—He coincidido con tu padre en el campo de batalla. No me preocupa.
Sanos abrió los ojos como platos.
—¿Tú eres la general amarriana?
¿La que había avergonzado a su padre? ¿La que había avivado la ira del rey y había provocado que Canus y él recibieran una paliza sin compasión?
—Sí.
Se acercó a él y Sanos se encogió.
Olerra entrecerró los ojos.
—No voy a hacerte daño, Andrastus. No sé qué te han contado de mí o de mi gente, pero no soy una persona cruel.
No uso mi fuerza para hacer daño. Te he raptado porque debía hacerlo para poder ascender al trono; sin embargo, esto puede ser beneficioso tanto para mí como para ti.
Eres el segundo hijo, no ibas a heredar nada.
Ahora vas a convertirte en marido y padre.
Tu situación ha mejorado. No tendrás que trabajar ni te faltará de nada. Yo cuidaré de ti.
»Tengo entendido que te gusta la literatura. Me he encargado de traer a nuestra biblioteca libros de escritores y poetas brutos. Hay un teatro en Zinaeya en el que podrás ver obras y óperas. Quiero que seas feliz, que prosperes.
Ojalá a Sanos le gustara alguna de esas cosas. Él prefería cazar y moverse. Salir de fiesta y beber. Leía por el conocimiento, no por placer. Y odiaba la poesía.
Pero tenía que fingir que era Andrastus…
Y una mierda. La ira le pareció la mejor salida.
—¿Te crees que vas a poder sobornarme para que haga lo que quieras?
—No es un soborno. Es un acuerdo de mutuo beneficio.
—¿Y tú qué ganas con este acuerdo?
—Desde luego, no tu encantadora personalidad.
—Me has secuestrado.
Olerra esbozó una sonrisa.
—Sí, ¿verdad? Y no lo podría haber planeado mejor.
Por las tetas de Amarra, se pensaba que le estaba haciendo un cumplido.
—Vas a tener mucho que demostrar cuando lleguemos a Amarra —dijo ella—. Creo que está claro que la corte quedará impresionada con tu físico, pero hay que trabajar esos modales.
¿Estaba de puta coña?
—Los hombres están para verlos, no escucharlos, a no ser que se les diga que hablen —continuó—. Te puedes dirigir a mí cuando quieras, si estamos a solas. Pero, ante la corte, tendrás que comportarte.
—¿Y cómo piensas obligarme?
Olerra se incorporó sobre las mantas, apoyándose en los codos. La fresca brisa bruta hizo que los mechones que le enmarcaban el rostro hondearan tras ella.
—Las mujeres de mi reino llevan secuestrando y quebrantando hombres casi quinientos años. Es un arte que se enseña a las nobles. Aunque yo no tenga un interés particular en la mayor parte de los métodos, haré lo que sea necesario para inculcarte buenos modales.
—¿Quebrantando hombres? —preguntó.
No era algo que le preocupara demasiado. No había nada que esa mujer pudiera hacerle que él no hubiera sufrido ya. Excepto, recordó, los posibles planes nocturnos que pudiera tener.
Se negó a pensar en eso.
—Reeducarte —aclaró ella—. Enseñarte a ser amarriano.
«¿Reeducarme?». Cada palabra que pronunciaba era más absurda que la anterior.
—¿Y qué métodos planeas usar conmigo? —preguntó.
—La práctica más común consiste en la privación de favores sexuales.
Sanos parpadeó, confundido.
—¿Me vas a negar el sexo? —se rio—. Eso solo funciona si quiero acostarme contigo, y te puedo asegurar que ya no es así.
—Igual me lo creería si no me hubieras estado manoseando hace un par de noches.
—Viendo que iba a replicar, Olerra continuó—: Intentemos no discutir ahora, por mucho que me encanten nuestras riñas.
Mejor vamos a ir conociéndonos. Todo lo que sé sobre ti es lo que me han dicho mis espías. Cuéntame algo real.
La petición lo pilló desprevenido. Nunca nadie había querido conocerlo de verdad. ¿Cómo iban a hacerlo, si apartaba a todo el mundo?
—Pues… —empezó, pero se interrumpió.
Después de un segundo, Olerra tomó la iniciativa.
—¿Te resultaría más sencillo si empiezo yo? Como ya sabes, soy una guerrera y general. Y princesa. También me gusta cantar y los juegos de estrategia. Y… me dan miedo las abejas.
Sanos quiso hacer algún comentario hiriente, hacerle daño, pero fue incapaz. Procesó las palabras despacio, sintiendo lo reales que eran, y algo minúsculo cambió dentro de él.
—Abejas —dijo con voz inexpresiva.
—Sí. Son ruidosas. Pican. Y se ponen en medio cuando quiero oler flores. Hale. Ahora cuéntame tú algo.
Sanos debería estallar. Debería gritarle más y decirle que no iba a seguirle el juego.
Pero, en vez de eso, se sorprendió a sí mismo contestando.
—Siempre he querido ver el océano.
Sus ojos se encontraron y ella sonrió ampliamente.
—Yo te llevaré.
Sonreía tanto… ¿Por qué cojones tenía tanto por lo que sonreír?
—Me estoy cagando —dijo él, cortando la conversación.
Olerra no se inmutó ante su lenguaje soez. Le dijo a su amiga que detuviera el carro y soltó las cuerdas que lo sujetaban al vehículo. Volvió a atarlo de pies y manos. Sanos tenía que apartarse del camino, con la mano de ella siempre firme sobre su hombro.
Cuando alcanzaron un árbol, el príncipe se giró.
—¿Te vas a quedar mirando?
—Pues claro que no. Pero me quedaré cerca.
—Faltaría más.
La verdad era que sí que necesitaba hacer de vientre, así que se puso a ello en cuando oyó los pasos de Olerra alejándose. Después de volver a subirse los pantalones, buscó un palo o una piedra afilada. Cualquier cosa con la que poder cortar sus ataduras.
No había nada cerca, por lo que empezó a arrastrarse aún más lejos del camino. Cuando miró hacia atrás y no pudo verla, aumentó la velocidad.
—¿Has terminado ya? —La oyó llamarlo.
—Todavía no —contestó, alzando la voz para que pensara que estaba más cerca.
Por fin, encontró una piedra. Se acuchilló tras unos arbustos y empezó a cortar las cuerdas que le ataban las manos.
Estaba tardando demasiado.
Olerra iría a por él dentro de poco. Sanos miró a su alrededor desesperado, buscando un lugar donde esconderse.
Había unas zarzas no muy lejos de él. Se tumbo bocarriba, tan plano como pudo, y se arrastró, procurando no soltar la piedra. Las espinas le mordían la piel, pero al menos estaba fuera de su campo de visión. En el momento en el que se puso a seguir cortando las cuerdas, oyó sus voces.
—Te dije que saldría corriendo en cuanto lo dejaras solo —dijo Ydra.
—Sí.
—No es porque te falte encanto. Es un bruto. Les enseñan a odiarnos. Has elegido al hombre más difícil para reeducar.
—¡Para impresionar a la corte! —se defendió Olerra.
—Ya lo sé. Solo digo que no te esperes un milagro después de haber hablado con él solo una vez.
Se estaban acercando. Sanos se puso a cortar con más ahínco. Hasta que vio un par de sandalias junto a su cabeza. Paró y contuvo la respiración.
—¿Dónde crees que habrá ido? —preguntó Ydra.
—No puede haber escalado eso con los pies atados. Estará detrás de un árbol o debajo de algún arbusto. ¿Me dejas tu arco?
—Claro.
Pasaron de largo. Sanos consiguió romper por fin las últimas fibras de la cuerda. Tenía las manos libres, pero no podía alcanzarse los pies en esa posición. Contó hasta treinta y se arrastró fuera de entre las zarzas, arañándose aún más.
Ahí estaba Olerra. Se había apartado de la línea de visión de Sanos, pero no se había alejado más. La princesa sabía exactamente dónde estaba.
«Mierda».
Sanos echó a correr tan veloz como le permitían sus pies atados, que no era mucho más rápido que caminar. Si pudiera alcanzar los caballos. Ponerse detrás de un árbol. ¡Lo que fuera!
Durante su renqueante carrera, no oyó ningún sonido de persecución, así que se giró para mirar hacia atrás.
Olerra apuntó y disparó.
Sanos se preparó para recibir el dolor… y tropezó.
Sus manos se llevaron la peor parte del golpe, y, cuando intentó volver a levantarse, se dio cuenta de que no podía mover los pies.
Porque no se había tropezado.
Olerra había disparado entre las cuerdas que ataban sus tobillos, clavándolo al suelo. Ni siquiera pudo darse la vuelta hasta que ella recuperó la flecha. Cuando lo hizo, Sanos plantó el culo en el suelo y se quedó mirándola.
Olerra jugueteó con la flecha entre los dedos como dejando ver que tenía experiencia con el arma. Como si el disparo no lo hubiera dejado lo suficientemente claro.