El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

A l principio, Sanos no le dio demasiada importancia a las palabras de Olerra, todavía convencido de que todo debía de ser una elaborada treta de su padre. Después, el parpadeo de un recuerdo llegó hasta él. ¿No había leído en alguna parte que las amarrianas secuestraban a sus maridos?

Además, su padre nunca usaría a mujeres pera meterse con él.

Olerra lo había levantado sin ningún esfuerzo…

Contaba con el poder de su diosa y podía superarlo.

No era una perspectiva muy esperanzadora.

Hasta entonces, Sanos solo había tenido que preocuparse por el daño que podía hacerle su padre.

Sabía con exactitud qué tipo de crueldades esperar de él.

Sin embargo, ¿de la princesa Olerra? No sabía absolutamente nada de ella, aparte de que quería a su hermano como marido y que, por culpa su propia estupidez, lo había capturado a él.

¿Qué haría si descubriera que no era Andrastus?

¿Matarlo? ¿O podía arriesgarse a desvelar su identidad con la esperanza de que pidiera un rescate por su vida?

Sanos descartó la idea de inmediato. O lo intercambiaba por Andrastus (cosa que Sanos no permitiría que le ocurriera a su dulce hermano) o intentaba chantajear a su padre por un rescate.

Y entonces Atalius lo mataría a él.

¿Dejarse secuestrar por las amarrianas? ¿Avergonzar a los brutos? ¿A su propio padre? El rey lo torturaría hasta que el corazón de Sanos no diera más de sí.

Y después iría a por Andrastus y lo entrenaría para ser su nuevo heredero.

Ninguna opción era aceptable.

Sanos tendría que aguantar hasta que surgiera una oportunidad para escapar. Volvería a casa, y su padre no tendría ni idea de dónde había estado. Diría que había alargado la celebración de su cumpleaños y el rey le daría una paliza como castigo.

Pero eso era mejor que acabar muerto y que su hermano heredara su destino.

Las dos mujeres apartaron el carro del camino y desengancharon a los caballos para que pudieran pastar. Ydra se puso a recoger leña y Olerra se colocó detrás de él.

Se había quitado la capa y los pantalones.

Ahora vestía un peto de cuero con tachuelas.

No tenía mangas, lo que le dejaba al descubierto gran parte de los brazos, aunque llevaba brazales en las muñecas.

Tenía los pies cubiertos por unas robustas sandalias, una falda corta de pliegue cubría sus muslos y, atada al cuello, una capa le llegaba hasta el final de la espalda.

Ahora, sabiendo que era una princesa, Sanos se sorprendió de que enseñara tanta piel.

Y, por los dioses, qué mujer tan grande.

Era una mujer enorme con una presencia imponente.

Se obligó a mostrar al hombre aguerrido que su padre había forjado con acero y varas pulidas.

—Me vais a soltar ahora mismo —dijo en el momento en que ella le quitó la mordaza.

Olerra sonrió, como si le divirtiera.

—Tienes una voz muy grave. Creo que me gusta.

Sanos parpadeó. «¿Me está echando un piropo?».

—Tu ropa no es práctica —le escupió él.

—¿Tienes el mentón puntiagudo o cuadrado?

—¡No me toques! —exclamó, al ver que Olerra alargaba el brazo.

—Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? —le preguntó, pero se cruzó de brazos y se quedó mirándolo. Tenía los ojos muy abiertos, observándolo, analizándolo. En cualquier otra situación, Sanos hubiera encontrado esa mirada muy halagadora.

—Deja de mirarme —reclamó, aunque sintiera como su cuerpo vibraba ante tanta atención.

—Hace unas horas me deseabas. ¿Ha cambiado algo?

Le devolvió la mirada, sin dignarse a responder.

—Me temo que voy a tener que seguir mirándote, príncipe. Sería complicado darte de comer con los ojos cerrados.

¿Darle de comer? ¿Acaso no tenía intención de desatarlo?

Las amarrianas hirvieron avena y la especiaron. Se sentaron a comer frente al fuego. Hablaban tan bajo que Sanos no podía enterarse, pero, de vez en cuando, se giraban hacia él.

Odiaba aquello.

Cuando acabaron de comer, Olerra se le acercó con un cuenco de avena humeante. Cogió una cucharada y sopló un poco antes de acercársela a la boca.

—Desátame. No soy un crío.

—Soy consciente. Tienes veinticuatro años, ¿verdad? Tres más que yo. Así que intenta aparentarlos.

Olerra le acercó la cuchara y Sanos se preguntó cómo era posible que supiera tanto acerca de Andrastus.

¿Cuánto tiempo lo había estado estudiando antes de ir a secuestrarlo?

Estaba claro que no lo había visto antes, porque su hermano y él no podían ser más diferentes físicamente.

Andrastus llevaba el pelo largo, por la espalda.

Sus facciones eran más angulosas. No tenía barba, y sus músculos estaban menos definidos.

Lo único que tenían en común todos los hermanos Ladicus era el pelo rubio platino, que les venía de su madre.

A Sanos le rugió el estómago, pero era demasiado orgulloso. Agachó la cabeza; sin embargo, en lugar de meterse la cuchara en la boca, hundió los dientes en los dedos de Olerra.

Su respuesta fue inmediata. Dejó caer la comida humeante al carro, que por poco no cayó sobre la entrepierna de Sanos. Lanzó una mano y lo agarró del pelo. Tiró de su cabeza hacia un lado, se agachó y…

Y lo mordió en el cuello.

Fue un movimiento territorial, doloroso y, por algún motivo, excitante.

Sanos no podía más que quedársele mirando mientras ella se retiraba, llevándose la cuchara y el cuenco.

Le había dejado marca. El príncipe no tenía la menor duda de que, si se miraba en un espejo, vería la huella de los dientes de Olerra. Junto al moratón que aparecería pronto.

Pero ¿quién cojones se había creído esa que era?

Él era un príncipe de Brutus. Un guerrero y un conquistador nacido para gobernar un reino entero.

Y ella lo acababa de raptar.

Como si hubiera sido lo más fácil del mundo.

Poco después, volvieron al camino. Olerra guiaba a los caballos mientras Ydra se echaba una siesta en la parte de atrás del carro. Habían atado a Sanos a uno de los lados, para que cupiera una persona junto a él. Apenas podía mover los dedos de tanta cuerda que habían usado.

Estaba hambriento. Y furioso.

Y nadie iba a ir a por él.

A nadie se le ocurriría preguntar por él hasta el mediodía del día siguiente.

Pero ¿entonces qué?

Cuando no volviera al palacio, su padre lo mandaría buscar. Inspeccionarían la ciudad y patrullarían las carreteras.

Aunque era imposible que fueran hacia donde lo estaban llevando.

Atalius nunca sospecharía que las amarrianas se atreverían a robarle algo. ¿Por qué lo harían? Ya lo habían vencido de forma aplastante en el campo de batalla. Lo habían tenido en sus garras y podrían haber pedido cualquier cosa.

Joder, seguro que no mandaban a nadie a buscar por el camino a Amarra. Porque, a causa de la situación actual entre Amarra y Brutus, nadie pasaba por esa carretera.

Atalius se pondría furioso cuando descubriera que Sanos había desaparecido. El rey necesitaba tener a sus hijos bajo control. Sobre todo, necesitaba mantener a su heredero bien dominado.

Pero no sabría dónde buscarlo.

Sanos estaba solo y necesitaba volver a casa.

¿Quién estaba protegiendo ahora a su madre y a su hermana?

¿Quién cuidaría de Andrastus cuando Atalius le empezara a prestar atención?

¿Mandaría a Canus en su lugar a lidiar con los efenos?

¿Qué haría el rey si Sanos huyera? ¿Qué castigos provocaría su rabia mientras lo buscaba?

Sanos escaparía en cuanto tuviera ocasión y mataría a las dos mujeres que se habían atrevido a secuestrarlo.

Unas horas más tarde, las mujeres intercambiaron posiciones. Ydra tomó las riendas y Olerra fue hacia la parte de atrás del carro. Le ofreció agua. Esa vez estaba demasiado sediento como para hacer nada.

Después de beberse medio odre, Olerra le limpió una gota que caía por su piel con el pulgar.

Antes de que pudiera quejarse, vio cómo ella se llevaba el dedo hacia la boca.

Sanos no tenía claro si se había quedado mirando a Olerra porque era lo que se suponía que debía hacer o si lo hacía para reprimir las otras reacciones de su cuerpo ante su presencia.

Como que su corazón palpitara con más fuerza.

O que la respiración se le entrecortara.

Era descarada y atrevida. Ya lo había sorprendido bastante cuando en el burdel lo había empujado contra la superficie más cercana, tomando la iniciativa con los besos.

En su momento, le había gustado. Ahora se daba cuenta de que debía de ser cosa de las amarrianas.

Cuando Olerra se llevó el odre a la boca, que posó donde la de él había estado hacía tan solo unos segundos, Sanos sintió un escalofrío.

Intentó revolverse, pero sus ataduras seguían demasiado apretadas.

Olerra se echó sobre las mantas a los pies de Sanos y se durmió.

Estaba de cara a él, así que podía contemplar las suaves facciones de su rostro.

Sus labios carnosos. Sus pestañas largas y femeninas.

Unas pocas pecas espolvoreadas sobre sus mejillas besadas por el sol.

Cuando se quedó dormida, puso una cara que hizo que le saliera un hoyuelo en una de ellas.

Sanos se forzó a apartar la mirada, pero no podía negar su curiosidad.

Sabía que esas mujeres secuestraban a sus maridos, pero no qué pasaba después. ¿Lo meterían en una jaula de su casa como a un perro? ¿Le volvería a dar ese horrible veneno y lo tomaría por las noches mientras él estaba drogado bajo ella? ¿Lo tendría amordazado a todas horas excepto para comer?

Su mente siguió dando vueltas a ideas cada cual peor que la anterior, impidiéndole dormir. Intentó liberarse de sus ataduras, aunque no logró que las cuerdas cedieran.