Capítulo 4 #3
—Lo tenemos, Ydra. Vámonos —dijo antes de cubrirlo meticulosamente con las mantas.
Mientras contemplaba el cielo estrellado, Sanos ató algunos cabos.
La mujer lo había drogado con algún tipo de paralizador.
Lo había tirado por una ventana.
Había caído en la parte trasera de un carro.
Los caballos se movían, lo estaban llevando a algún sitio.
Mientras la mujer misteriosa lo cubría con una última manta, tapándole la cabeza, sospechó que no trabajaba para sus hermanos.
No era una puta, y aquello no era un juego.
Para cuando el carro se detuvo, horas después, podía mover las dos primeras falanges de los dedos, pero nada más. Además, estaba completamente erecto.
Dolorosamente erecto.
¿Qué coño era ese veneno?
¿Era aquello acaso alguna prueba de su padre para que volviera a demostrar lo hombre que era?
¿Había elaborado algún tipo de treta para comprobar cómo se las apañaría bajo presión?
Era el tipo de cosas que haría el rey. Siempre encontraba nuevas formas de torturar a su primogénito con la excusa de fortalecer su carácter.
Antes de que pudiera volver a cerrar el puño, las dos mujeres lo ataron, dejándolo completamente estirado, con cada extremidad apuntando a una esquina del carro. Ahora que estaba empezando a amanecer, podía ver algo más de la segunda mujer.
Era más pequeña que la que lo había tirado por la ventana. Era rubia, y tenía el cabello dorado peinado en una larga trenza que le caía por la espalda. Sus ojos eran grises, y tenía un arco colgado de un hombro.
—¿Os ha mandado mi padre? —preguntó Sanos, cuando por fin pudo mover los labios, y la rubia, Ydra, entró en su campo de visión.
Le sonrió, pero no dijo nada.
Al menos no a él.
—No me lo esperaba así —le dijo a su compañera.
—Yo tampoco —contestó la otra.
—¿Le das tu aprobado?
Olerra se subió al carro con el hombre con el que pretendía casarse y pensó con detenimiento en la pregunta de Ydra.
Andrastus era un hombre grande. Mucho más pesado de lo que ella esperaba.
Estiró una mano para palpar su bíceps y no encontró nada más que músculo.
No había tenido oportunidad de tocarlo más que en los hombros (para recomponerse) y en el cuello (para aplicar el veneno).
Era un hombre físicamente intimidante. Y Olerra no sabía si eso le gustaba o no.
En realidad, no debería estar tan sorprendida. Atalius era un hombre inmenso. Obviamente, sus hijos también iban a serlo. Incluso el más pequeño.
El cabello del príncipe era de otro mundo.
Era tan rubio que parecía blanco y le llegaba hasta los hombros, denso, pero completamente liso.
La barba y las cejas eran más oscuras, de un tono dorado claro.
Olerra no sabía que los hombres podían tener tonos diferentes en el pelo de sus barbillas.
Los hombres de Amarra no llevaban barba.
Se quedó mirando la forma de su mandíbula.
Su piel era completamente blanca, pero Olerra sospechaba que eso se debía a sus recientes circunstancias. Necesitaría de aceites especiales para no quemarse cuando llegaran al calor de Amarra. No había pensado en eso antes, pero ya no había nada que hacer. Tenían que seguir el plan.
Bajo esa luz, sus ojos se veían negros, así que la general se imaginaba que serían de un tono marrón oscuro. Y cómo la miraban.
Por fin, dejó que sus ojos se desviaran hacia el bulto en los pantalones del príncipe, resultado de la vyra que le había inyectado.
Paralizaba a los hombres y les provocaba una erección.
Era el complemento preferido de su prima cuando alguno de sus compañeros de cama se portaba mal.
Olerra no se lo volvería a aplicar a Andrastus ahora que ya lo había capturado.
Pero eso no significaba que no pudiera aprovecharse de lo que había provocado.
Incluso con toda la ropa puesta, podía apreciar que tenía una polla proporcional al resto de su cuerpo.
—Parece que lo que dicen es cierto. Brutus no solo los bendijo con el don de la virilidad. También les dio pollas enormes.
—Igual debería secuestrar a un bruto para mí también —se rio Ydra.
Olerra vio cómo los ojos del príncipe se abrían cada vez más al escucharlas. Procuró no reírse de él. No sería un buen principio para su relación.
—Además, besa muy bien —dijo, para tranquilizarlo.
—¿Por eso tardaste tanto en engancharlo?
Olerra sonrió.
—Puede que me dejara llevar un poco. —Se frotó las mejillas—. Pero la barba pica. Qué ganas tengo de volver a besarlo en cuanto le afeitemos todo ese horrible pelo de la cara.
Andrastus entrecerró los ojos. Parecía haber encontrado la voz.
—No me vais a tocar la barba —dijo con la autoridad propia de un príncipe.
Olerra se inclinó hasta que sus caras casi se rozaban.
—Soy Olerra Corasene, reina potencial de Amarra.
Pronto, tendrás el honor de convertirte en mi marido.
Tu vida va a empezar a tener sentido. Tu semilla dará lugar a reinas y conquistadoras y, si me complaces, se te recompensará con creces.
Y ahora descansa, príncipe Andrastus. Nos queda bastante camino por delante.
—Ni de puta coñ…
Olerra lo amordazó.