Capítulo 4 #2
Quizá fuera por la cerveza, pero algo primario se apoderó de Sanos. Debía conquistar y hacerse valer. Así era la vida del bruto, como diría su padre.
Y llevaba demasiado tiempo sin sexo.
Ikanos se rio y le dio un codazo a Canus, que ya tenía la lengua pegada al pecho descubierto de una de las putas.
—A Sanos no le gusta que una chica prefiera a Andrastus en lugar de a él.
Canus le dio una palmada al pecho de la chica mientras le dirigía una amplia sonrisa a Sanos.
—En diez minutos se le pasa. Date prisa y elige, hermano.
Sanos lo ignoró. Se giró hacia la madame.
—Andrastus necesita ayuda para quitarse los pantalones y mear toda la cerveza que ha bebido. Esta noche no podrá hacer nada. Yo le haré compañía a la chica en su lugar.
Le demostraría que había elegido a quien no debía.
Madame Blanchette se quedó helada. Fue una pausa casi imperceptible, pero Sanos se dio cuenta. A nadie le gustaba decirle que no. Se preguntó si la mujer se atrevería.
—No pretendo ser descortés, mi príncipe, pero aquí no hacemos así las cosas. Mi chica ha pedido a Andrastus y, si él está de acuerdo, ella será solo suya.
No debería importarle. Hacía un momento estaba pensando que cualquier mujer le serviría.
Pero ¿por qué esa chica había pedido a su hermano?
El oro de Sanos valía tanto como el de Andrastus.
Sin embargo, esa mujer quería a su hermano.
Nadie había deseado a Sanos. No se había dado cuenta de que era algo que quería hasta que se había dado cuenta de esa desagradable realidad.
Sus tres hermanos menores se subieron a sus chicas a las habitaciones. Sanos miró a Andrastus y frunció el ceño al verlo apoyado contra una pared.
—Está en la habitación doce, alteza —le dijo la madame a su hermano.
Con un suspiro, Sanos se echó el brazo de Andrastus a los hombros para ayudarlo a subir las escaleras. Así, al menos, podría echarle un vistazo a la nueva. Quizá el año siguiente…
«Por las tetas de Amarra», maldijo lo deprimente de la idea. Todo un año hasta poder volver a hacer aquello. Una noche sin preocupaciones. El contacto con una mujer.
El placentero zumbido que embotaba sus sentidos no bastaba para aplacar la melancolía que se apoderó de él.
«Déjate de tonterías —se reprendió—. Estás protegiendo a tu familia. Es lo único que debes hacer».
Al llegar al último escalón, Andrastus casi se le escurrió. Tan solo los rápidos reflejos de Sanos lo salvaron de un doloroso viaje escaleras abajo.
El príncipe lo fue empujando en dirección a la habitación número doce, pero, antes de que pudieran alcanzarla, Andrastus se convirtió en un peso muerto. Cayó al suelo con un golpe sordo que quedó sepultado bajo todos los ruidos de placer que salían del resto de las habitaciones.
Sanos arrastró a su hermano de los brazos hacia un lado del pasillo para que nadie lo pisara.
Después, se tomó la molestia de ponerlo de costado, por si a la cerveza le daba por subir.
Sanos pensó que debería bajar y elegir a su compañía para la noche.
No tendría que estar perdiendo su preciado tiempo protegiendo a su hermano.
Dioses, cómo odiaba ser el mayor.
Su cabeza se giró hacia la habitación doce sin su permiso.
¿Quién era esa mujer que había tenido la desvergüenza de mostrar una preferencia entre los príncipes?
Sanos echó un vistazo sobre su hombro y luego devolvió la mirada a la habitación. El pasillo seguía vacío.
Y la curiosidad se apoderó de él.
Entró en la habitación doce y se encontró con una mujer apoyada contra la ventana. Le estaba dando la espalda.
—¿Tú eres la nueva? —le preguntó.
La mujer se dio la vuelta y Sanos se sorprendió al ver que estaba bastante cubierta; no iba vestida como el resto de las putas que se hacían pasar por amarrianas.
Quizá esa era su particularidad. La mujer escondía su rostro bajo una capucha, así que Sanos no podía discernir su apariencia más allá de que era una mujer grande.
Se le hizo la boca agua. Una mujer grande implicaba pechos grandes.
Sacudió la cabeza para centrarse. No se iba a abalanzar sobre ella sin antes charlar. No era un animal.
La mujer lo examinó lentamente, de la cabeza a los pies, y Sanos notó cómo le subía la temperatura.
—¿Sois vos el príncipe? —le preguntó. Tenía una voz profunda y sensual. Y eso le gustaba.
—Soy el mejor príncipe —respondió él, cerrando la puerta a sus espaldas para poder quedarse a solas. Le pareció ver un destello de sus dientes bajo la capucha.
—Sé que lo sois. Por eso os he elegido.
La decepción se apoderó de Sanos al recordar que la mujer había querido a Andrastus, pero, mientras ella avanzaba, se encontró a sí mismo clavado al suelo.
—Sois el más apuesto, inteligente y romántico de los príncipes —le dijo.
Ahora frente a él, la mujer puso las manos sobre sus hombros. Con un dedo, Sanos le retiró la capucha.
Su cabello era castaño oscuro. Sus mechones tenían un brillo natural que destellaba incluso ante la tenue luz de las velas.
Lo tenía recogido en una sola trenza que reposaba sobre su hombro.
Dos mechones, uno a cada lado de la cabeza, quedaban sueltos, demasiado cortos.
No llevaba maquillaje ni pintura, algo inusual, pero a Sanos le gustó la idea de que no se le fuera a meter en la boca cuando la besara.
Su piel era clara, pero bronceada de estar mucho tiempo al sol.
Más oscura de lo que estaba acostumbrado a ver en Brutus.
Sus ojos eran de color avellana, y sus labios, tan carnosos que no veía el momento de saborearlos.
—Eres hermosa —susurró, estirando la mano para juguetear con su trenza. Su cabello era como terciopelo entre sus dedos. Quería deshacerle el peinado y enredar las manos en él.
—Sois más grande de lo que esperaba —dijo ella.
Sanos parpadeó al recordar que aún pensaba que era su hermano. Se inclinó.
—Soy el mejor príncipe —le repitió—. Y voy a demostrártelo.
—Cuento con ello —respondió ella.
Por algún motivo, la mujer estaba centrada en su cuello, así que Sanos puso un dedo sobre sus labios, dibujando su contorno. Eso atrajo su mirada hacia donde él quería: su propia boca.
Se inclinó un poco más.
Y degustó el paraíso.
Olerra sabía que tenía que sacar a Andrastus de allí tan rápido como pudiera. Pero el príncipe la había seducido con delicadeza y dulzura, y ella no estaba preparada para sentir la boca del chico sobre la suya.
No era su primer beso, por supuesto. Pero aquellos habían sido muchachos cuando ella aún era joven, antes de que decidiera que necesitaba distanciarse del sexo opuesto para poder mantener su secreto.
Nunca la había besado un hombre.
Los labios de él, más que besarla, la devoraron.
El príncipe gimió mientras tomaba su labio inferior entre los suyos y dejaba que su lengua bailara por su piel.
Notó cómo cerraba los dientes suavemente en ese mismo punto.
Sintió como si algo tirara de ella hacia abajo, un hilo que se tensaba entre sus piernas y era su perdición.
Lo empujó contra la puerta cerrada y lo besó con pasión, disfrutando de esa recién descubierta intensidad.
Andrastus dejó escapar una exclamación de sorpresa, pero no se detuvo.
Sus manos habían vuelto a la trenza. Cuando su cabello cayó, Olerra se dio cuenta de que le había desatado la cinta.
Y después deslizó los dedos por su cabeza, sosteniéndola por detrás mientras sus bocas se fundían.
Cómo lo estaba disfrutando.
Andrastus pasó los dedos por su cuello y serpenteó con ellos hacia abajo por encima de su capa hasta llegar a sus pechos, donde agarró tanto como le cupo en las manos y apretó con delicadeza.
Y gimió.
—Necesito sentir tu piel contra la mía —dijo el príncipe, justo antes de volver a meterle la lengua en la boca.
Sus besos la distraían. Incendiaban su cuerpo, entumeciéndola. Era un claro contraste con sus palabras, lo que le recordó que tenía una misión que cumplir.
No estaba allí por el sexo. Había ido a por un marido.
Abrió los ojos mientras se besaban, apreciando que la forma en que las pestañas de Andrastus chocaban contra sus mejillas era absolutamente preciosa.
«¡Céntrate!».
Abrió la pestañita del anillo que llevaba, revelando un dardo.
Sanos estaba listo para ayudarla a quitarse la capa cuando notó un pinchazo en el cuello.
No le dio mayor importancia y siguió, pero su cuerpo no parecía funcionar como debía. En lugar de estirarse para desvelar lo que quería ver, se estaba cayendo. La mujer se agachó y lo agarró por la cintura antes de que se diera contra el suelo. Se lo echó al hombro, gruñendo bajo su peso.
Era curioso que fuera ella quien lo llevara a la cama, pero eso no lo preocupaba tanto como el hecho de que no podía mover las manos ni articular palabras para preguntar qué estaba pasando.
Solamente podía mirar a la espalda de la mujer.
De hecho, su nariz se iba golpeando con ella a cada paso que daba.
—Ale, Andrastus, ahí lo llevas.
Acto seguido estaba cayendo.
Aterrizó sobre la espalda y el golpe hizo que le dolieran todos los huesos. Notó algo blando bajo el cuerpo, aunque no lo suficiente como para amortiguar la caída. Con otro golpe sordo, la mujer cayó a su lado sobre lo que sospechaba que eran un montón de mantas.