Capítulo 4
S anos sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo en cuanto empezó a tomarse la segunda cerveza.
Las heridas de su espalda habían sanado a lo largo de la última quincena y había podido disfrutar de algunos momentos con su madre y su hermana. Ambas parecían estar bien.
Emorra se había interesado por la ingeniería. Pasaba las horas construyendo todo tipos de puentes en miniatura, edificios y cosas así. Recitaba números y palabras como «suspensión» y «arquitectónico». Sanos no tenía ni idea de qué libros leía ni de cómo los conseguía, pero así era su hermana.
Había llegado su cumpleaños y Sanos podía relajarse por fin. Había salido con sus hermanos y su padre no sabía dónde se encontraban. No los estaban vigilando. Lo sabía porque no dejaba de otear la taberna en busca de espías.
Nada de lo que hiciera allí podría alimentar la paranoia de su padre. No, en lugar de eso, tenía buena compañía, bebida decente y la promesa del placer al final de la noche.
Los hermanos Ladicus iban tan solo por la segunda taberna de la noche, pero Andrastus ya arrastraba las palabras. No sabía beber.
—Sanooooooooooos. Hoy ereeeesssss más viejooooooooo. Estááááás viiiiieeejo.
—Gracias, Andrastus —contestó Sanos.
Canus empujó a Andrastus y se sentó junto a su hermano mayor.
—Estaba charlando con un par de chicas muy majas en aquella mesa. ¿Te apetece acompañarme?
—Nada de chicas majas. —Sanos dio otro trago—. Hoy solo putas.
—Claro, porque el sexo solamente es divertido si lo estás pagando.
—Sabes que no es por eso.
Sí, Canus lo sabía. Era más observador que los demás. Sin embargo, eso no frenó sus intentos de lograr que Sanos se divirtiera un poco.
—Quiere que estés aislado —lo intentó Canus—. No dejes que gane.
—No me puedo arriesgar a que no lo haga.
—Sanos…
—He dicho que no. —Su voz no admitía réplica.
—Vale.
Canus volvió con las chicas. Trantos se acercó para ocupar su lugar.
—¿Ya estás asustando a todo el mundo?
—Suelo tener ese efecto.
—A mí no me asustas.
Sanos resopló conteniendo la risa. Trantos, cuarto hijo del rey, apenas tenía veinte años. Era lo suficientemente mayor como para que lo consideraran un hombre, pero seguía actuando de una manera tan pueril que todos lo consideraban un niño.
—¿A qué te dedicas últimamente? —le preguntó Sanos.
—A lo que me da la gana.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a tener.
Sanos puso los ojos en blanco. Sabía en qué empleaban el tiempo el resto de sus hermanos.
Andrastus no salía de la catedral, siempre estudiando poesía antigua y escribiendo con los monjes dedicados a servir al dios Brutus.
Canus pasaba el tiempo con los herreros porque quería estar tan cerca de la guerra como pudiera.
Ikanos seguía entrenando porque aún era demasiado joven como para poder elegir cualquier tipo de actividad o afición.
Pero ¿Trantos? No había demostrado tener ningún interés particular sobre nada.
O eso creía Sanos. Se preguntó si Trantos estaría siendo esquivo a propósito.
—Hagas lo que hagas, más vale que no sea nada que te vaya a meter en problemas.
—Pero ¿te quieres relajar? Intenta preocuparte por ti, para variar, que te vas a quedar calvo. —Trantos le dio unas palmadas en la espalda y se fue a sentar a Andrastus antes de que se tropezara.
Al parecer, sí que estaba asustando a todo el mundo. Ikanos se encontraba en una esquina garabateando un pergamino. Y Sanos giró la cabeza justo a tiempo de ver a una de las jóvenes darle una bofetada a Canus.
Casi escupió la cerveza de la risa.
—Me parece que va siendo hora de ir a la siguiente taberna —dijo Canus.
Ya se le había olvidado su discusión porque se sentó junto a Sanos cuando llegaron al siguiente establecimiento.
Ikanos se puso a recitar poesía para todos los parroquianos, porque Andrastus estaba demasiado borracho como para hacerlo.
Sanos y Canus se habían inventado el pasatiempo de beber un trago cada vez que su hermano hiciera una rima con la palabra «flor».
—Dioses, esta cerveza es un horror.
La luz era tenue, la risa, atronadora, y la bebida les sabía cada vez mejor.
—Querido hermano, ¿por qué tal rostro de amargor?
Sus otros hermanos se rieron con sus rimas. Ikanos se bebió otra cerveza mientras en el bar la gente clamaba por más versos. Sanos no estaba lo suficientemente borracho para eso, pero quería mantenerse sereno para poder disfrutar su última parada de la noche.
—Espero que hoy mi polla encuentre amor.
Ikanos se volvía más y más obsceno a medida que pasaba el tiempo.
—¿Dónde está la doncella más cercana? Que me la tiro sin pudor.
Por todos los dioses.
—Me voy —declaró Sanos.
— Vamosh a la úúúúlllltima —le suplicó Andrastus.
Consiguieron arrastrarlo hasta otra taberna, y fue allí donde Canus se le acercó con la cuerda.
«Mierda». Se le había olvidado.
—No —dijo Sanos con firmeza. Muchos lo temían, con su voz profunda y su porte autoritario, pero sus hermanos no se amilanaron.
—¡Sanos, es tradición! ¡Tienes que hacerlo!
Intentó salir corriendo. Los cuatro contra él solo no era una pelea muy justa, aunque uno de ellos apenas se tuviera en pie. De uno en uno podría con ellos sin problema, pero contra todos a la vez no había victoria posible.
Ikanos le lanzó un puñetazo que pasó cerca de su cara, pero Canos le dio en el estómago y cayó como un pájaro con una flecha en el ojo.
Le quitaron la camisa y lo ataron a una viga de carga del bar.
Estaba tan bien sujeto que no podía hacer nada para soltarse.
Así que le dedicó a cada uno de sus hermanos una mirada que prometía la muerte en cuanto lo liberaran.
—¿Cuántos años van ya? —preguntó Trantos.
—Yo creo que veintiséis —dijo Canus.
—Vvvvveintisieeteeeeeee —balbuceó Andrastus.
—Veinticinco —dijo Sanos—, y no tenéis ninguna gracia.
Cuanto más alto el número, más doloroso el ritual. Sanos no sabía cuándo había empezado todo, pero, por algún motivo, era tradición arrancar tantos puñados de pelo del pecho del hombre que cumplía como años tenía. Putos brutos con sus putas tradiciones.
Sus hermanos se fueron turnando para arrancarle pelos del pecho, contando en voz alta para que toda la taberna pudiera ser partícipe de la diversión. Sanos lo aguantó con rostro serio y ojos duros, sin gritar una sola vez y apenas encogiéndose.
—Dieciséiiiiiiiiiis —gritó Andrastus cuando le tocó.
Sanos cerró los ojos cuando notó un nuevo aguijonazo de dolor en el pecho.
Siempre anhelaba que llegara su próximo cumpleaños.
Tenía tantas ganas de volver a casa que se las apañaba para olvidar esa parte de la noche.
Debería intentar recordarla para la próxima vez.
Bebida, dolor, mujeres. Esa era la vida del bruto.
Al menos podrían intentar disimular lo bien que se lo estaban pasando.
—¡Veinticinco! —Proclamó Canus, y, por fin, lo soltaron.
Sanos estiró los brazos buscando el cuello del primero que se le pusiera delante.
—Vamos al burdel —dijo Ikanos, sensato.
Era lo único que podía frenar su venganza.
Sanos ocultó bien sus ganas, pero la verdad era que estaba desesperado por algo de contacto femenino.
Sanos no se podía arriesgar a que su padre se enterara de que sentía apego por ninguna mujer, ni siquiera cuando estaba lejos del hogar.
No necesitaba otra persona a la que coger cariño para que el rey la usara en su contra o, peor, se la arrebatara.
Y no le gustaba ir a los burdeles de las ciudades que conquistaba.
Así que Sanos se esperaba a su cumpleaños.
El Blanchette era un burdel especial que atendía a la más selecta clientela.
Además, estaba completamente decorado con estética amarriana, las rivales de Brutus en el sur.
Las putas vestían pantalones o faldas cortas en lugar de vestidos ajustados, y sus camisas estaban hechas de seda pura.
Todas las mujeres llevaban el pelo trenzado de alguna forma, al igual que las amarrianas.
Tenían arcos sobre los hombros o algún carcaj vacío.
Algunas llevaban tan solo vainas atadas a las cinturas o los muslos y nada más.
Las zorras amarrianas se creían superiores al resto de los reinos de Torateeria, pero en el Blanchette no eran más que simples putas.
Como debía ser. O eso decía su padre. Sanos nunca había conocido a ninguna amarriana, pero los rumores que circulaban sobre ellas eran terribles.
Amarra era un reino gobernado por mujeres.
Tenían encadenados a sus hombres. Bebían de su sangre.
Mantenían relaciones sexuales en público.
Las propias mujeres eran extraordinariamente fuertes y empleaban esa fuerza para tratar a los hombres como a perros.
La madame les brindó una cálida bienvenida, pero Sanos ya estaba mirando a las mujeres de la sala. No era muy exigente en cuanto a altura, tamaño o facciones. Le gustaban las mujeres. Cualquier mujer que pudiera conseguir.
Mientras que los jóvenes príncipes se tomaron su tiempo para elegir a sus acompañantes de la noche, Sanos ya estaba prácticamente decidido a coger a la mujer más cercana y llevársela arriba.
Sin embargo, justo en ese momento vio por el rabillo del ojo cómo madame Blanchette se acercaba a su hermano menor, que todavía se balanceaba con un precario equilibrio.
—Príncipe Andrastus —dijo la mujer con una reverencia—, tengo a una chica nueva que creo que será perfecta para vuestros gustos. De hecho, si me permitís la osadía, ha sido ella quien ha pedido que vos la acompañéis.
Eso llamó la atención de Sanos. Andrastus era un soso. Le gustaban la poesía y la ópera. Seguro que prefería estar debajo de sus mujeres.
—¿Una chica nueva? —repitió Sanos—. ¿Y quiere a Andrastus? ¿Por qué?
Madame Blanchette no se inmutó ante su tono.
—Ha oído los rumores sobre la belleza del príncipe. Quiere ver si son ciertos.
Andrastus era el guapo. Canus, el grande. Trantos era el problemático. Ikanos era el bebé. Y Sanos… ¿Qué era Sanos? Sanos era el príncipe heredero ausente.