El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Su prima Glenaerys, tres meses mayor que ella, no tenía marido a pesar de ser, también, diferre.

Su harén tenía ya treinta miembros, pero todos eran plebeyos.

Plebeyos guapos, sí, pero igualmente vulgares.

Glen no tenía la fuerza de Olerra, y ella sospechaba que por eso aún no había cazado a un marido.

El Don de la Diosa le daba ventaja, pero Glen no era la luchadora nata que sí era su prima; aunque tampoco es que eso la impidiera ser demasiado dura con sus hombres.

Había cinco grupos de personas en la recepción.

El primero estaba compuesto por una mujer y un padre que se encontraban de pie detrás de un joven que probablemente acababa de cumplir dieciocho años y no tenía nada que hacer con su vida.

Estaba delgado, claramente desnutrido, pero nada que no pudiera solucionarse con tiempo y buenas comidas. Glen se acercó a él.

—Saca la lengua —le ordenó.

El muchacho obedeció.

—¿Eso es todo lo que la puedes sacar? —preguntó Glen.

La madre le hizo un gesto a su hijo, animándolo. «Sigue», le decía. El chico estiró aún más la lengua.

—Le aseguro que ninguna mujer ha estado con mi Armandis —se apresuró a decir la madre—. Tengo entendido que los prefiere vírgenes.

—Ajá. —Glen no dijo nada más.

Se acercó al siguiente grupo. El hombre era más apuesto que el anterior. Glen le inspeccionó las manos con detenimiento.

—Siempre se corta las uñas —dijo la madre—. No podrá encontrar un hombre más limpio que Issan.

—Tengo sirvientes que preparan a mis hombres para el placer —respondió Glen altanera—. No tendrá que preocuparse por su limpieza. A ver tus músculos.

Issan dobló el codo, haciendo gala de un bíceps impresionante.

—Ajá —repitió Glen, y continuó hacia el siguiente grupo.

Los hombres eran cada vez más apuestos. Cuando llegó a la última pareja, un padre con su hijo, tuvo que agachar la cabeza en lugar de mirar hacia arriba para inspeccionar la mercancía. El muchacho no debía de tener más de catorce años.

El padre esperó antes de hablar, tal era su costumbre.

—¿Edad? —preguntó Glen.

—Trece, princesa.

—¿Y puede rendir?

—Por supuesto. No lo habría traído si no fuera así, lo juro. Ayer mismo lo pillé haciéndolo con su propia mano.

El chico dio un paso atrás bajo la atenta mirada de Glen. Era rubio, de piel clara y facciones suaves y redondeadas. Sería un hombre apuesto.

—No suelo ver a padres solos vendiendo a sus hijos.

—Perdí a mi esposa hace unos años. No tengo a nadie que me cuide. Estoy desesperado, necesito el dinero.

El muchacho se giró y miró a su padre. Si hubiera sido más grande, Olerra habría pensado que lo iba a golpear.

—¡Si bebieras menos, no necesitarías el dinero! —le espetó el chico.

El padre alzó un brazo, listo para pegarle, y el muchacho se encogió como si estuviera acostumbrado a recibir golpes de manera regular.

Glen agarró al hombre por la muñeca antes de que pudiera alcanzar su objetivo.

—Te doy cinco ederos —le dijo.

—Gracias, princesa —el hombre tragó saliva—, sois muy generosa.

Glen se giró hacia un sirviente para indicarle que pagara al padre. Cuando vio a Olerra, sonrió.

Solo Glenaerys Corasene podía hacer que una sonrisa pareciera una amenaza.

Pese a compartir sangre, las primas no se parecían en nada.

Los rizos de Glen eran del color de la arena dorada, y sus ojos, del tono cerúleo del cielo.

Glenaerys era pequeña en comparación con su prima.

Olerra tenía el pelo oscuro y los ojos avellana de la familia real, mientras que Glen se parecía más a su madre.

Olerra era general de los ejércitos de la reina y supervisaba el día a día de las tropas, mientras que Glenaerys era una estratega que se codeaba con la jefa de espías y la tesorera.

—No te había visto, prima —dijo Glen—. ¿Qué opinas de mi última adquisición? —Hizo un gesto hacia el muchacho.

—Es un poco joven para lo que sueles tener —contestó Olerra, asqueada por todo el proceso.

—He empezado a comprarlos más jóvenes para poder entrenarlos como es debido. El día que cumpla los dieciocho, tendrá relaciones por primera vez y podrá ser incluido en el harén como debe ser.

Claro que sí. Olerra no se creyó ni por un segundo que su prima fuera a esperar hasta que fuera mayor de edad. A Glenaerys le ponía el juego de poder.

Olerra deseó poder robar al chico y llevarlo a casa de Ydra para que estuviera a salvo, pero la única manera de poder liberar al muchacho era ser reina. Necesitaba el poder para hacer nuevas leyes. Para salvarlos a todos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Glen—. Hacía años que no venías de visita.

—Tan solo quería darte la buena noticia.

Glen se miró las uñas, como si no pudiera importarle menos lo que Olerra tenía que decirle.

—¿Y cuál es?

—La tía acaba de autorizarme que secuestre un marido.

Glen se estiró de repente.

—Fabuloso.

—¿Verdad que sí? Tengo claro que intentarás sabotearme de alguna forma, así que he pensado que quizá fuera buena idea decirte que tengo a gente vigilando los caminos de Kalundir. Y la tía te tiene controlada.

—Excelente.

Olerra se mostró de acuerdo. Estaba a punto de conseguir muchos apoyos. Y le acababa de dar a su prima un destino falso. Mientras Glenaerys esperaba que Olerra fuera al oeste, ella estaría yendo hacia el norte.

Glen apretó los labios y se dio la vuelta.

—Ven —le ladró al muchacho.

Y se marchó, orgullosa.

Olerra saboreó su victoria de camino a su encuentro con Ydra.