Capítulo 3 #2
Olerra no sentía, en absoluto, indiferencia ni repulsión hacia el sexo. Llevaba toda la vida reprimiendo su deseo sexual; pero no le podía contar a su tía su mayor vergüenza.
—No soy amise, tía. Simplemente estaba esperando al momento oportuno por motivos personales. De todas formas, ¿cuento con vuestra bendición para esta tarea?
Lemya enarcó una ceja ante el tono de su sobrina, pero lo dejó pasar.
—Muy bien. Tan solo quería asegurarme de que esto es realmente lo que quieres. ¿A qué hijo de Atalius quieres tomar?
—Al príncipe Andrastus —contestó Olerra.
—El rey tiene cinco hijos. ¿Por qué Andrastus?
Había muchos motivos para elegir a Andrastus.
—Dicen que es un muchacho asustadizo y leal, lo que lo convierte en el objetivo perfecto a reeducar.
Es el segundo hijo, por lo que es menos probable que estalle una guerra cuando lo secuestre.
—Aunque sí que esperaba algún tipo de represalia por parte de Atalius cuando lo descubriera—. También se dice que es muy apuesto.
—Es posible que Atalius venga a por su hijo. Es un hombre orgulloso. Estúpido, pero orgulloso.
—Nos casaremos en cuando estemos en tierra amarriana. Y consumaremos el matrimonio inmediatamente, por lo que no será más que mercancía usada. Ninguna otra mujer noble lo querrá, y ya no le será de utilidad a su padre.
—Ninguna noble de Amarra lo querrá, pero no olvides que no todos los reinos comparten nuestras costumbres.
Claro. El resto de los reinos y sus ideas retrógradas.
En Amarra, un hombre diferre valía tanto como la semilla que le podía proporcionar a una mujer.
En el momento en el que esa semilla se convertía en carne, el hombre dejaba de tener valor para otra mujer.
¿Madres con varias hijas o hijos del mismo padre?
Absurdo. No era algo que ocurriera. Por supuesto, los hombres podían compartirse con el placer en mente.
Los compraban por docenas de entre las clases bajas para llenar sus harenes.
Pero cuando se trataba de matrimonios, a los hombres se les exigía fidelidad.
Pero Olerra había oído que en otros reinos a los hombres se los animaba a dejar su semilla en tantas mujeres como fuera posible.
Era, incluso, un símbolo de habilidad. Como si un hombre tuviera que estar orgulloso de lo que podía hacer con la polla.
Perder su valía no era complicado. Pero complacer a una mujer en la cama, sí. ¿De qué debería estar más orgulloso?
Olerra sabía que, en realidad, su tía no quería discutir con ella. Tan solo estaba poniendo a prueba su plan para ver si era lo suficientemente fuerte como para llevarlo a cabo.
—Es importante —respondió Olerra— que Atalius sufra las consecuencias de intentar invadir nuestro territorio.
Odia a las amarrianas, y moriría antes de ver a uno de sus hijos casado con una.
Puede que tengamos que defendernos de alguna acometida, pero pasará algún tiempo hasta que sepa que he sido yo quien ha secuestrado a su hijo, a pesar de las amenazas que le hice cuando hablamos.
¿Por qué volver y secuestrar a un hijo, si podría haberlo intercambiado por él?
Y, cuando nos hayamos casado, no habrá mucho que Atalius pueda hacer para remediarlo.
—De acuerdo —asintió Lemya—. Cuentas con mi bendición. Si es lo que realmente deseas.
—Lo es.
—¿Quién te acompañará a secuestrar al príncipe?
—Tan solo Ydra.
—¿Estás segura? Hasta a las nobles de más baja cuna se les permite un séquito de tres guardias.
—Cuantas menos seamos, mejor. Os lo demostraré.
Lemya envolvió a Olerra en sus brazos y le dio un beso en la cabeza.
—A mí no tienes que demostrarme nada, sobrina. Te quiero, pase lo que pase. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé.
—Haz esto solo si de verdad quieres gobernar. Si no es lo que deseas…
—Quiero gobernar.
—Muy bien. —Lemya se quedó callada unos instantes—. No tienes por qué casarte con el bruto inmediatamente. Queda poco para el quinto centenario del Don de la Diosa. ¿Qué mejor forma de celebrarlo que con una boda real?
—Eso no lo había pensado.
—De esa forma, tendrás tres meses para someterlo una vez en nuestro reino.
—Pan comido —contestó Olerra.
—Dime qué necesitas y lo tendrás. Y, si ya lo tienes todo, buena caza.
Olerra se crujió los nudillos al salir de los aposentos de la reina. Era lo único que podía hacer para intentar distraerse de la desagradable sensación que se apoderaba de su estómago.
Tenía sus razones para haber evitado a los hombres durante todo ese tiempo. Para aún ser virgen.
No era que no quisiera tener un hombre. La primera vez que había sentido deseo por un hombre tenía trece años. Y ese anhelo había ido creciendo con ella, pero debía resistir sus impulsos; era la única manera de mantener su secreto.
Todas las mujeres de Amarra podían usar la magia de la diosa para mantener a los hombres a raya.
Todas, excepto Olerra.
Por muchas ganas que tuviera de volver a ver a Ydra, primero necesitaba hacerle una visita a su prima. La política no se le daba tan bien como a Glenaerys, pero Olerra sabía que ese era un buen momento para alardear.
Fue hasta el ala del castillo de Glen dando un paseo. Su prima tenía muchas propiedades por toda Amarra, pero pasaba la mayor parte del tiempo en palacio, trabajando y ganándose el apoyo de las cortesanas.
Cuando llegó, Olerra se encontró en medio de una subasta privada que estaba teniendo lugar en el centro de la enorme sala de recepción.
Las nobles de Amarra encontraban hombres de dos formas: o bien los robaban de los reinos vecinos, o bien los compraban entre las clases humildes de su propio pueblo. Aunque Olerra estaba decidida a aplicar la primera fórmula, como había hecho su madre, Glen era más propensa a la segunda.
Mientras que el secuestro de hombres era una tradición centenaria seguida por muchas familias, se había puesto más de moda en los últimos diez años.
Hacía una década, los hombres de la nobleza amarriana, liderados por el hermano de la reina (el padre de Glenaerys), habían dado un golpe de Estado para intentar derrocar al matriarcado.
Habían fracasado y, como castigo, habían sido ejecutados junto con sus primogénitos varones.
Ahora, los únicos hombres nobles eran niños.
Eso significaba que las nobles tenían que robar a sus maridos de los otros reinos. Los hombres se podían comprar para los harenes, pero la realeza, como Olerra, tenía que poder afirmar que su descendencia tenía sangre noble.