Capítulo 3
L o primero que hizo Olerra en cuanto llegó a Zinaeya, capital del reino de Amarra, fue ir a informar a su tía.
Marchó por el palacio acompañada por un pequeño séquito de guardias; sus pasos retumbaban en las baldosas de obsidiana roja.
Olerra seguía sin acostumbrarse a la compañía constante, pero debía tener cuidado, porque su prima no dejaba de intentar asesinarla.
Alguien las interceptó, pero no era nadie peligroso.
—¡Olerra!
—¡Ydra!
Su hermana elegida la agarró del hombro y juntó su frente con la de ella.
—Gracias a la diosa que no estás herida. ¿Por qué no me avisaron de que llegabas? ¿Vas a una reunión de batalla?
Las dos se separaron y Olerra se explicó:
—Tengo un plan que necesito poner en marcha cuanto antes. La reina me está esperando.
—¿Algo de lo que yo debiera estar al tanto? —Como mano derecha de Olerra, Ydra solía estar en todas las reuniones importantes. Aquella era, sin embargo, algo distinta.
Olerra se inclinó para que no la escucharan.
—Voy a pedir permiso para secuestrar y quedarme con un príncipe bruto.
Ydra se cubrió la boca, extasiada. Le costó no alzar la voz de pura emoción.
—¿Ahora? ¿Después de todo este tiempo?
—Es sobre todo por motivos políticos. Tengo que superar a Glen.
Ydra asintió, pensativa.
—Sí, tú ve a ver a la reina y yo empezaré con los preparativos. Ay, tendremos que ir al Mercado del Placer. Y al de las Cazadoras. ¡Qué ganas!
Su amiga le apretó la mano antes de marcharse por el pasillo.
Olerra no podía evitar sonreír mientras caminaba. A ella también le entusiasmaba la idea de tener a un hombre en su vida, pero sabía que, además, supondría mucho esfuerzo. Sobre todo, si el hombre en cuestión era un bruto.
Cuando llegó a los aposentos de su tía, las guardias apostadas en la puerta la saludaron con un movimiento de cabeza antes de abrir.
Cada una de las mujeres vestía una armadura de acero que brillaba con un débil resplandor escarlata.
Las puntas de sus lanzas eran de obsidiana roja, una variedad que solo podía encontrarse en Amarra.
De sus yelmos salían unos pinchos que quedaban sobre sus frentes.
Las guardias de la reina tenían cierta costumbre de reventar los cráneos de sus enemigos.
—Esperad aquí —le dijo Olerra a su escolta.
La reina estaba de pie cerca de la chimenea, bebiendo de una copa de vino; su esposa, Toria, se encontraba a su lado, rodeándole la cintura con un brazo.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó la reina. Lemya era una mujer alta, ancha de espaldas y de pelo negro rapado.
No llevaba corona, ya que las reinas amarrianas no necesitaban de accesorios para conocer su valía.
Vestía un vestido plegado que le llegaba hasta la mitad del muslo y estaba sujeto a la cintura con un cinturón.
Olerra tenía un atuendo similar. Las mujeres guerreras priorizaban la facilidad de movimiento, y el clima cálido de Amarra requería de ropas ligeras.
—Muy bien, tía. Hemos perdido mucho menos que nuestro enemigo, que salió corriendo con el rabo entre las piernas. Capturamos a Atalius y lo interrogamos, y luego lo dejamos marchar.
—¿Vivo? —Quiso aclarar Lemya.
—Sí; pensé que lo mejor era no matarlo, para evitar una guerra.
Lemya sonrió y se giró hacia su mujer.
—¿Lo ves? Ya piensa como una reina. Dime, Olerra, que al menos le cortaste un dedo o le quitaste algo para avergonzarlo.
—Algo sí que le quité. —Olerra dejó caer las ropas que llevaba en la mano sobre el suelo, incluido el tabardo con el escudo real.
Sus tías miraron la ropa en el suelo y se echaron a reír.
—¿Dónde lo dejaste? —dijo Toria, secándose las lágrimas.
—Justo antes de llegar a las puertas del castillo.
La reina se recompuso.
—Por eso eres mi sobrina favorita.
Olerra le devolvió una sonrisa radiante.
—Tengo más ideas para avergonzarlo. ¿Podríamos hablar un segundo en privado?
Lemya asintió y se giró hacia su esposa.
—¿Qué tal si te vas relajando en la bañera? Ahora voy.
Toria la besó y se retiró al cuarto de baño contiguo, en absoluto molesta por estar siendo excluida de la conversación. Sabía que debía de ser por algún tema político, más que personal, si querían que se fuera.
De hecho, era ambas cosas.
En cuanto Toria cerró la puerta, Olerra habló.
—Necesito un marido.
Lemya parpadeó, procesando las palabras de su sobrina.
—Debatible, pero continúa.
—He descubierto que Atalius quiere a sus hijos por encima de todo, excepto de su orgullo. He decidido secuestrar a uno de ellos y reclamarlo como mío. Así castigaremos al rey de Brutus aún más, y reafirmaré mi derecho al trono de Amarra.
—Me impresionas. —El tono de Lemya no coincidida con sus palabras.
—¿Tenéis dudas?
—Preocupaciones.
—Glenaerys tiene a la mayor parte de la nobleza a su favor —explicó Olerra—. Tengo que seguir demostrando que yo soy la candidata ideal, secuestrando a un hombre y casándome con él.
En Amarra, el arte de cazar un marido era tan antiguo como el Don de la Diosa. No era obligatorio, pero muchas familias se enorgullecían de mantener su sangre noble. Y eso era casi imposible si no miraban más allá de Amarra, puesto que la mayor parte de los hombres nobles del reino habían muerto.
Olerra veía ridícula la importancia que se le daba, teniendo en cuenta que las mujeres que tenían un harén no podían demostrar de ninguna forma que su descendencia era legítima.
Tampoco es que tuviera importancia. Todas las hijas e hijos de una mujer noble eran criados por su marido y, por tanto, se los consideraba como tal.
A Olerra no podía importarle menos la pureza de la sangre de sus futuras hijas. No, tenía un motivo completamente distinto para querer secuestrar un marido.
—No quiero que te cases antes de tiempo —dijo la reina—. Quería mucho a tu madre, que la diosa la tenga en su gloria. No creo que hubiera deseado esto para ti.
—¿El trono o el matrimonio? —preguntó Olerra.
—Que te cases siendo tan joven. Solo tienes veintiún años.
¿Qué pasa si tus gustos cambian dentro de diez?
Era un riesgo, estaba claro, pero, una vez fuera reina, Olerra podría mandar a su marido a los confines más lejanos del mundo, si así lo quería; y era precisamente lo que planeaba hacer. No podía arriesgarse a que descubriera su secreto.
—Los maridos vienen y van, pero Amarra es para siempre —dijo Olerra.
La reina asintió y aceptó su respuesta, tal y como Olerra esperaba.
—Ojalá tu madre estuviera aquí. Dioses, la echo tanto de menos.
—Yo también.
A veces, cuando cerraba los ojos, Olerra podía oír su risa u oler su perfume. Pero su rostro había desaparecido. No recordaba su forma ni sus facciones, pues tan solo tenía cuatro años cuando se había quedado huérfana.
A Ivanisa la había matado el padre de Olerra. Su madre lo había tenido durante cinco años antes de que el hombre lograra pillarla desprevenida. No había sido una muerte rápida ni indolora.
Pero sí que había sido inesperada.
Gracias a la magia que les había concedido su diosa Amarra, las mujeres amarrianas podían superar físicamente a cualquier hombre que se les interpusiera.
Para que un hombre matara a una mujer, debía contar con el factor sorpresa o con una gran habilidad.
El padre de Olerra, tercer hijo de un conde cualquiera de Dyphankar, no debería haber tenido ninguna.
Nadie había presenciado el asesinato. Habían encontrado a su padre intentando huir del reino. Lo habían matado las guardias cuando intentaban apresarlo.
Que te matara tu marido era raro, pero ocurría. Solo que nunca antes había pasado en la familia real.
Por eso Olerra tenía más que demostrar que el resto. Porque era hija de su madre, y a su madre la había matado un hombre. Tenía que demostrarles a las mujeres de su reino que ella no caería tan fácilmente. Que podían confiar en la sangre de la familia Corasene.
Y, para probarlo, tenía que quebrantar a un hombre hasta hacerlo suyo.
Olerra iba a hacer todo lo necesario para convertirse en reina de Amarra.
Su tía no podía legarle el trono. El pueblo la quería, pero tenía que convencer a la nobleza; algo difícil de lograr, ya que su prima era la que pasaba más tiempo con ellas, supervisando las maniobras políticas e incluso inmiscuyéndose en la red de espionaje del reino.
Glenaerys no solo contaba con los contactos necesarios para asegurarse el apoyo de la nobleza, sino que también tenía la capacidad de sobornar a quien fuera necesario para que hiciera lo que ella quería.
La paga como general no era mala, pero sí insignificante al lado de la riqueza de la madre de Glen. Por eso la abuela de Olerra había casado a su hijo con ella.
La riqueza heredada no tenía orgullo. No era más que un accidente de nacimiento.
Olerra se había ganado su puesto porque era la mejor: la mejor luchadora, la mejor estratega y la mejor maestra.
Sentía un profundo respeto y cariño hacia sus tropas.
Contar con el apoyo de las fuerzas militares de Amarra era una gran ayuda.
Gracias a ello, podía persuadir a gran parte de la nobleza para que votara por ella.
Pero hacerse con un marido convencería a las que tuvieran dudas acerca de Olerra por lo que le había sucedido a su madre.
—Ya has dicho ser diferre. ¿Esto sigue siendo así? —preguntó la reina.
Olerra parpadeó, sorprendida por el cambio de tema. Deseaba poder decir que era sirem y que le gustaran las mujeres, al igual que a su tía. Olerra había intentado mantener relaciones físicas con mujeres en el pasado, pero le atraían cosas distintas.
Los hombres.
—Sí.
—Muchas diferres de tu edad y estatus ya han tomado a un hombre o han empezado un harén…
—Olerra la miró, y Lemya se apresuró a continuar—: Que no es que pase nada si no quieres tener un hombre.
—Hizo una mueca al pensarlo—. El pueblo de Amarra jamás discrimina a nadie por sus gustos, sean cuales sean.
Por lo que he visto, nunca has cortejado ni prestado particular atención a ningún hombre. ¿Estás segura de que no eres amise?