El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Pero, al volver a casa, el rey estaba furioso. Había dicho que la reina no tenía derecho a quitarle tiempo de entrenamiento a su hijo. Que no podía salir a la ciudad sin su permiso. Le había arrancado a Sanos la perrita de las manos y le había roto el cuello antes siquiera de que pudiera protestar.

Con catorce años, Sanos tenía un mejor amigo: Vanus, el hijo de un conde.

Los niños practicaban esgrima en su tiempo libre.

Compartían sus sueños y deseos. Sanos quería irse de la ciudad, ver el mundo.

Vanus no quería ser conde, sino cantante.

El príncipe había animado a su amigo a que persiguiera sus sueños y Vanus le había dicho que Sanos sería mejor rey que Atalius.

Que debería tomar el trono cuanto antes y viajar.

Sanos seguía sin saber cómo se había enterado su padre de las palabras de traición de su amigo, dichas más bien en broma.

Vanus había sido decapitado; Atalius había obligado a Sanos a blandir el hacha, bajo la amenaza de que, si no lo hacía, la cabeza sobre el tocón sería la de su hermana pequeña, Emorra.

Sanos había entendido entonces que nadie podía mostrarle ningún tipo de afecto ni cariño. El rey lo quería aislado, para que no tuviera muchos aliados si se le ocurría intentar arrebatarle el trono. Era el buen comportamiento de Sanos lo que mantenía a su familia sana y salva.

Pero en su mente el hacha siempre pendía sobre sus cuellos, esperando para caer.

Por ello, el príncipe luchaba las batallas de su padre y hacía todo lo que podía por no ganarse el favor de nadie.

Y ahora resultaba que alguna general amarriana le había ido contando idioteces al rey. Idioteces que podrían provocar que su familia sufriera torturas atroces.

Quería retorcerle el pescuezo, casi tanto como deseaba poder matar a su padre.

—La gente habla, pero eso no hace que lo que dicen sea cierto. Soy leal a la corona de Brutus. Os soy leal a vos, padre. Todas mis victorias han sido gracias a vuestro entrenamiento. Las batallas las gano en vuestro honor.

Hablar con su padre era como hacer equilibrios. Un error y caería a su perdición.

El rey dio un largo trago de vino para bajar la comida.

—Hoy te has reído de mí. Con tu hermano.

—No, majestad.

—¿Y qué era lo que le parecía tan divertido a Canus, entonces?

—Le conté un chiste.

—¿Un chiste? Bueno, pues cuéntamelo a mí. Hazme reír.

Sanos se quedó completamente en blanco. Sus hermanos le habían contado todo tipo de chistes subidos de tono a lo largo de los años, pero, cuando más importaba, cuando su propio pellejo estaba en juego, no podía recordar ni uno solo.

—No lo recuerdo —dijo, por fin.

—Qué lástima.

Sanos fue siguiendo a su padre mientras este paseaba por el castillo.

Estuvo atento durante una reunión con sus consejeros, escuchando al rey ponerlos al día de la situación con las amarrianas.

Esperó mientras su padre visitaba a su madre, haciendo solo los dioses sabían qué mientras él aguardaba de pie frente a sus habitaciones.

Lo siguió cuando fue a elegir un nuevo caballo de guerra, dado que había perdido al anterior en la batalla.

El día fue agónico para Sanos: no podía hacer más que esperar a que llegara su castigo, siguiendo y sirviendo a su rey.

Cuando Atalius mandó llamar a Canus, supo que el momento había llegado y que podía relajarse por fin. No tenía que adivinar cuándo caería el hacha. Ya estaba ahí.

Los llevó hasta una sala en las profundidades del castillo, cerca de las mazmorras. Los muros estaban acolchados para silenciar los gritos de sus enemigos. Y de los príncipes.

—Sé que los dos pensáis que soy muy duro con vosotros —dijo Atalius quitándose el sobretodo para quedarse en mangas de camisa, pantalones y botas—.

Pero un bruto debe ser un guerrero aguerrido, inmune al dolor.

Capaz de soportar torturas sin dejar escapar ni una sola pizca de información.

Hace demasiado tiempo que no tenéis una sesión de entrenamiento. Hoy es un buen día.

Era increíble lo a menudo que coincidían esas sesiones con los momentos en los que el rey estaba de mal humor.

Sanos intentó pensar en algo agradable en lugar de en el dolor que lo esperaba.

Quedaban dos semanas para su cumpleaños.

Tenía ganas de salir con sus hermanos. Siempre acababan la noche en un burdel, y el príncipe pensó en la promesa del placer en lugar de en el dolor cuando el rey los ordenó que se desnudaran y se pusieran de cara al muro.

Canus estaba furioso. Su cara no ocultaba nada, ni el odio ni la ira. Sanos mantuvo un aire de indiferencia.

—Yo no disfruto con esto —dijo el rey.

Mentira.

—Mi padre también fue duro conmigo. Algún día, pensaréis en mí y os daréis cuenta de que tan solo quería fortaleceros. Cuando eres inmune al dolor, es cuando te conviertes en un verdadero bruto. Me lo agradeceréis.

—¿Se lo agradeciste tú a tu padre? —preguntó Canus con descaro.

Sanos deseó que no lo hubiera hecho.

—Sí. En su lecho de muerte.

El bastón era un palo largo al que el tiempo y el uso le habían dado suavidad.

Era importante no romperles la piel. Tenían que curar sin dejar cicatrices.

No podían tener marcas de latigazos como los sirvientes.

Sanos no entendía por qué. Quizá era por el ego de su padre.

Quería a los hijos perfectos, machacados hasta ser dóciles con su rey, pero gobernantes y conquistadores ante el resto del mundo.

No estaban atados. No hacía falta. Si se les ocurría ponerle una mano encima al rey, sería traición. Así que no podían hacer nada salvo soportar la tortura.

Zas.

Golpeó primero a Canus, y Sanos se estremeció.

Era peor cuando no le tocaba a él. Se anticipaba al dolor, pero no lo recibía.

Sentía un ínfimo alivio. Luego, el bastón lo golpeaba a él, y el dolor era peor cuando lo había precedido ese alivio.

Su padre alternaba. En ocasiones le daba a Canus tres veces seguidas antes de volver a por Sanos.

No sabía cuándo le tocaría. No sabía cuándo terminaría. No sabía nada.

Zas.

Zas.

Zas.

El tiempo lo medían la cantidad de golpes. Veinticinco. Cincuenta. Setenta y cinco.

Seguía y seguía. El rey se olvidó de la farsa de «aguantar la tortura». Atalius no se molestó en hacerles ni una sola pregunta. No prometió que el dolor se detendría si le contaban los secretos del reino. Aquel día, al rey no le importaba nada.

Cuando Atalius decidió que había terminado, les ordenó que se vistieran.

—Ahora, entrenamiento de esgrima.

Los hermanos estaban tan doloridos que apenas podían mantenerse en pie. Pero la tradición de Brutus ordenaba luchar, aunque estuvieran heridos. No tenían más opción que seguir al rey hasta el patio de entrenamiento.

Sanos aguantó la paliza mejor que su hermano. Quizá porque estaba más acostumbrado. Como príncipe heredero, era el que más se entrenaba, pues debía prepararse para ser rey algún día.

Practicaron con espadas de verdad. El rey se enfrentó a Canus y a él al mismo tiempo. Si tenían un buen día, podrían derrotarlo entre los dos, pero el rey había hecho imposible que lo vencieran: apenas se podían mover.

Sin embargo, algo se apoderó de Canus en cuanto la espada estuvo sus manos.

Cargó contra su padre con la rabia de un niño al que los golpes habían convertido en adulto demasiado pronto.

Con casi veintitrés años, Canus no había alcanzado su plenitud física.

No había participado en ninguna batalla, probablemente porque el rey no quería que se aliaran todos contra él.

Canus no tenía experiencia real de combate, pero, como Sanos, había tenido los mejores profesores.

Fue un movimiento preciso, dirigido directamente contra la cabeza de su padre.

Atalius lo esquivó y lanzó un ataque que agujereó la camisa de Canus. Sanos cargó desde atrás, cogiendo fuerza. Su padre lo hizo tropezar y caer, tan rápido que el príncipe no pudo ni verlo en su doloroso delirio.

Cayó al suelo sobre su ya herida espalda.

Y gritó.

—Arriba —ordenó el rey.

Ambos volvieron a cargar, y volvieron a caer.

—Arriba —repitió.

Siguieron así hasta que solo existían el dolor y la voz de su padre.

Sanos no sabía cuánto tiempo había estado inconsciente cuando se despertó en sus aposentos con un dolor frío.

—Shh —lo calló su madre. Puso otra venda embalsamada sobre su espalda dolorida, cubriendo todas las heridas a la vez.

Ferida era hermosa, de cabellos dorados blanquecinos y facciones delicadas que la hacían parecer una muñeca. Era pequeña. Muy pequeña, en comparación con sus hijos. Demasiado pequeña para haber sido desposada con alguien como Atalius.

Cuando la reina terminó, se levantó y llevó el cuenco de agua al cuarto de baño contiguo. Caminaba de una forma curiosa.

—Te ha pegado —dijo Sanos.

—Estoy bien —contestó ella.

—Canus…

—Emorra está con él.

—Bien —logró decir Sanos.

Pareció hundirse más todavía en la cama.

—No veo el día en que seas rey —dijo Ferida.

—Está demasiado sano y en buena forma. Aún le quedan muchos años.

—Es demasiado belicoso. Un día de estos, su orgullo lo llevará hasta su perdición. Y, si no, quizá deberíamos ayudarlo un poco.

Las palabras de su madre eran música para su alma, pero Sanos no se atrevía a decirle que nunca podría apoyarla.

No quería que se preocupara por la amenaza que su padre le había hecho.

O peor, no quería que le dijera que no le tenía miedo a la muerte, si así podía salvar a sus hijos y su reino de Atalius.

En su lugar, Sanos, intentando darle esperanzas, dijo:

—Algún día.

—Algún día —repitió ella.