El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

S anos castigó a su montura para llegar cuanto antes a su hogar, deseoso de un respiro después de meses en el campo de batalla.

La campaña había sido ardua. Se había pasado los días matando efenos y las noches planeando la estrategia de las siguientes contiendas.

Dormía cuando podía, pero cada vez era más difícil encontrar el momento.

Gracias a los dioses, la fecha de su cumpleaños estaba ya próxima.

Era una de las contadas ocasiones en las que tenía permitido volver a casa, dormir toda la noche y ver a su familia.

Pese a que su madre y su hermana le escribían todas las semanas, no veía el momento de comprobar con sus propios ojos que todos estaban bien.

Nunca sabía lo que su padre era capaz de hacer en su ausencia.

Por suerte, el rey llevaba un tiempo ocupado intentando arrebatar el control de Shamire de las amarrianas. Brutus necesitaba el impulso económico que supondría la ciudad para financiar su campaña contra los efenos.

Conociendo el carácter de su padre, Sanos confiaba en que el rey tuviera buenas noticias a su llegada.

Al ir acercándose a las puertas del castillo, Sanos tuvo que abrirse paso entre una inesperada marabunta de nobles y soldados. Parecían estar todos colocados en torno a un punto central, y el príncipe decidió investigar qué era aquello tan interesante.

—¡Sanos!

El aludido giró la cabeza y se encontró a sus cuatro hermanos menores. Cuando los alcanzó, Canus, el tercer hijo del rey, prácticamente lo tiró del caballo, y todos ellos lo abrazaron con fuerza, estrujándolo hasta dejarlo sin aliento.

—Vale, vale. Ya está bien. —Les dio unas palmadas en la espalda—. Soltadme antes de que os pegue una paliza delante de toda esta gente. —Dio un paso atrás y preguntó—: ¿Por qué hay tanta gente?

En el rostro de Canus se dibujó una sonrisa que no gustó a Sanos. Su hermano señaló al frente y Sanos miró hacia donde estaba apuntando.

Parpadeó para asegurarse de que sus ojos no le estaban jugando una mala pasada.

El rey estaba atado a un poste en medio del camino, desnudo como el día que nació. Estaba sujeto con los brazos y piernas extendidos, de forma que nada quedara oculto a los ojos de la multitud.

Atalius parecía estar inconsciente, pero Sanos tenía que preguntar:

—¿Alguien ha comprobado si respira?

—Yo me he acercado —dijo Ikanos, el menor de los hermanos Ladicus—. No hay suerte. Sigue vivo.

—¿Ya nadie se le ha ocurrido bajarlo de ahí?

—¿Quieres ser tú quien lo despierte? —le preguntó Andrastus.

Claro que no, pero eso no podía seguir así. Cada vez salían más cortesanos para ver si los rumores eran ciertos. La muchedumbre crecía y la situación solo iba a ir a peor.

Sanos suspiró. A veces odiaba ser el mayor.

Le entregó su caballo al guardia más cercano para que lo llevara al establo. El soldado hizo una mueca, claramente molesto por perderse el espectáculo, pero cumplió con sus órdenes.

—Bienvenido a casa, príncipe —dijo según se alejaba—. Me alegro de verlo sano y salvo.

A raíz de las palabras del soldado, algunos guardias a su alrededor se giraron, percatándose de la presencia del príncipe. Varios tuvieron la decencia de poner cara de culpabilidad por hacer un espectáculo de la situación del rey.

—Tú —dijo Sanos, con tono autoritario—, ve a por una bata para el rey. Vosotros, id a desatarlo. Y, el resto, despejad a la gente. Ya.

Los guardias obedecieron, pero no sin antes saludarlo y congratularlo por su regreso a casa. Sanos estaba orgulloso de que sus camaradas lo tuvieran en tan alta estima. Pero lo estaba aún más de que lo escucharan cuando hablaba.

—Aguafiestas —dijo Canus.

—Deberíais iros —dijo Sanos— antes de que…

—¡Bajadme de una puta vez!

Sanos se volvió. Estaba claro que el rey ya se había despertado. Su rostro se tiñó de púrpura cuando vio su desnudez y a la muchedumbre, que no se alejaba con rapidez suficiente.

Canus tuvo que girarse para disimular su risa.

—Cuidado —le avisó Sanos—, te pegará una paliza hasta dejarte medio muerto.

—Y merecerá la pena. No pienso olvidarme de esa cara.

Era una visión espectacular. El rey de Brutus era un hombre orgulloso y despiadado, y verlo en un estado tan lamentable era, en una palabra, impagable.

—Le daría un beso al responsable —dijo Canus.

—Han sido las amarrianas —dijo Sanos—. Padre volvió a intentar arrebatarles Shamire. Nos hemos estado enviando informes de nuestras batallas.

—Esta vez lo deben de haber capturado.

—Y a su ropa —dijo Sanos, sin poder contenerse, y Canus soltó una carcajada.

Andrastus, Trantos e Ikanos los miraron espantados y se alejaron de ellos, seguramente porque no querían que su padre pensara que también se estaban riendo de él.

Cuando Atalius los miró, Sanos borró todo rastro de alegría de su rostro. Era el primogénito, curtido en la batalla. Estoico y letal, igual que su padre, tal y como el rey quería. Pero inculcarle tales niveles de brutalidad y ambición al príncipe suponía un peligro que Atalius no había previsto.

Sanos era consciente de que su padre temía que su hijo mayor quisiera ascender al trono antes de tiempo.

No era cierto, pero no había nada que Sanos pudiera hacer para disuadir a su padre de su paranoia.

Los soldados ya le habían soltado los brazos y otros dos guardias lo mantenían en equilibrio mientras trataban de desatarle las piernas.

Esa humillación era peor que haber perdido la batalla contra las amarrianas, y Sanos lo sabía.

Quien lo hubiera ordenado era una persona fría y calculadora, y le gustaría felicitarla personalmente por ello.

Canus tenía razón. Valía la pena recibir otra paliza a cambio de presenciar aquello.

Su padre seguía observándolo, así que Sanos no dejó que su rostro reflejara ninguno de sus pensamientos. La general amarriana no estaba allí; le tocaba a él recibir la furia de su padre. Como siempre.

Iba a ser un día muy duro.

La bata llegó justo en el momento en el que el rey cayó del poste, golpeando su cuerpo contra el suelo, dolorido de estar ahí colgado durante a saber cuántas horas. El soldado se acercó temeroso a su señor, sin saber bien qué hacer aparte de extender la bata y esperar.

Atalius se puso en pie de un salto, le arrancó la prenda de las manos y abofeteó al soldado con el dorso de la mano.

—¡Cómo te atreves a mirar a tu rey desnudo! —le espetó.

El soldado se arrodilló y no dijo nada.

Atalius avanzó, ya vestido, logrando, como por arte de magia, caminar con superioridad.

—Ven —le dijo a su hijo mayor cuando llegó a la altura de Sanos y Canus.

Canus le dirigió a su hermano una mirada de ánimo, al tiempo que Sanos caminaba detrás del único hombre en el reino por encima de él. El único hombre capaz de vencerlo en duelo. El único hombre cuya opinión importaba. El hombre capaz de alterar el futuro de Sanos.

—Habla —dijo el rey mientras caminaban.

—He tomado las ciudades de Eritus y Blathe —dijo Sanos—. Estamos adentrándonos cada vez más en Ephenna, reclamando su territorio. La campaña está yendo muy bien. Los hombres tienen buen ánimo y salud.

«Aunque no estaría de más tener más comida».

Sanos no tuvo que preguntar cómo había ido la batalla contra las amarrianas.

Llegaron a las habitaciones del rey, y Sanos tuvo que esperar a que su padre se bañara y vistiera.

Tras dos semanas de viaje, él también estaba deseoso de darse un baño, pero sabía que no era buena idea marcharse cuando su padre le había ordenado que se quedara.

El príncipe mandó que les trajeran comida, y el rey engulló los huevos con salchichas sin dejar de mirar a su hijo. Sanos permaneció impasible, esperando a que su padre sacara el tema del que realmente quería hablar.

El silencio era agónico. Casi prefería que gritara. Así, al menos tendría alguna noción de lo que le pasaba al rey por la cabeza.

—He conocido a la general amarriana —dijo al fin su padre—. Es una desgraciada sin honor. No se enfrentó a mí cara a cara, no. Me tiró una piedra a la cabeza mientras peleaba contra una docena de sus mejores guerreras.

Por cierto que fuese que aquello era poco honorable, había resultado claramente efectivo, si había supuesto la captura de su padre.

Sanos no podía reprocharle a nadie no querer cruzar espadas con el rey.

Atalius era una bestia, más grande que cualquier hombre que el príncipe hubiera conocido.

Tan solo Canus se le acercaba en estatura, pero nadie estaba al nivel del monarca en lo que a habilidad con la espada se refería.

Una pedrada en la cabeza era probablemente la única forma de vencerlo.

—Despreciable, sin honor —respondió Sanos, conciso.

—También me contó cosas interesantes sobre ti. Rumores de que te estás haciendo más popular que yo. Rumores de que hay quienes te prefieren a ti en el trono, y cuanto antes.

«Mierda».

Conque eso era a lo que quería llegar el rey. Más acusaciones de traición.

—¿Acaso tengo que recordarte lo que ocurriría si yo muriera antes de tiempo? —preguntó su padre.

—No, majestad.

—Tu madre y tu hermana no me sirven para nada. Ya tengo cinco hijos y no necesito una hija. Si a mí me pasara cualquier cosa, tengo asesinos que se encargarían de ellas. No sería rápido. Y pasarían años hasta que pudieras encontrar sus cuerpos destrozados.

Sanos tragó saliva para evitar que su rabia se dejara ver en su rostro. Se forzó a no apartar la mirada.

Dioses, odiaba tanto a su padre.

Si Sanos quería ascender al trono cuanto antes, no era por ambición, sino porque deseaba librar al mundo de la maldad de su padre. Quería mantener a su familia a salvo.

Sanos había aprendido por las malas que su padre era experto en encontrar debilidades para provocar tanto dolor como pudiera.

Cuando tenía diez años, su madre había decidido que no pasaban suficiente tiempo juntos, y había llevado al joven príncipe a la ciudad; solo ellos dos y unos cuantos soldados.

Habían probado caramelos y comprado juguetes.

Antes de volver al castillo, Sanos había podido escoger un cachorro de entre una camada de un criador de la ciudad.