El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Atalius no apartó la mirada mientras Olerra pensaba en voz alta acerca de su destino.

—O quizá un intercambio —dijo—. Uno de vuestros hijos a cambio de vuestra vida.

El rey la miró con un odio que Olerra veía capaz de romper sus ataduras.

—Lo trataríamos bien, la mayor parte del tiempo —continuó—. Lo tendríamos prisionero para evitar una guerra. Además, tenéis hijos de sobra. ¿No es eso lo que os caracteriza a los brutos? ¿No os bendijo vuestro dios con el don de la virilidad? ¿Con tantos hijos que no sabéis qué hacer con ellos?

Corría el rumor de que el dios de Brutus también había bendecido a los hombres del país con enormes pollas, pero eso es algo que los hombres suelen decir, ¿no? Además, el espadón del rey era prueba de lo contrario.

De todas formas, era un don ridículo en comparación con el que Amarra otorgaba a las hijas de su reino: la habilidad de superar físicamente a los hombres. Era un milagro que Atalius hubiera sobrevivido tanto tiempo en el campo de batalla.

—No —escupió el rey.

—¿Vuestro dios no os bendijo con demasiados hijos?

—No puedes hacer un intercambio —aclaró.

«¿De verdad ha sido tan fácil dar con su debilidad?».

—¿Ah, no? ¿Me estáis diciendo que preferís morir a entregarme a uno de vuestros hijos?

¿Estáis dispuesto a dejar el futuro de vuestro reino en sus manos?

En tal caso, espero que vuestro heredero esté listo para ocupar vuestro lugar.

Tengo entendido que se está labrando una buena reputación como general en sus escaramuzas con los efenos. ¿Cómo se llamaba? ¿Stantos?

El cambio fue prácticamente instantáneo. De un momento a otro, la cara del rey tornó de un blanco pálido a un púrpura intenso. ¿Era por cómo había dicho intencionadamente mal el nombre del príncipe heredero? ¿O porque su hijo estaba ganando más popularidad que él?

—¿Por eso estabais dando la cara hoy en el frente, meneando esa enorme espada vuestra? —preguntó—. ¿Para recordarle a vuestra gente que aún sois capaz de pelear? ¿Se está haciendo vuestro heredero más famoso de lo que os gustaría?

—Se. Llama. Sanos. —Con claras pausas entre cada palabra, el nombre del príncipe parecía una maldición.

«Está claro que su heredero es un tema sensible. Bueno es saberlo».

—Ah, ¿y qué tal le va a Sanos? ¿Se le da la política igual de bien que la guerra? ¿Le habéis enseñado las costumbres de mi pueblo para cuando tenga que tratar conmigo?

—Aún no eres reina —le espetó Atalius—. Y, por lo que tengo entendido, tu prima tiene más posibilidades que tú.

Sus palabras dolieron tanto como pretendían. Olerra detestó que el rey supiera exactamente dónde pinchar para hacerla sangrar.

La general podía tener al ejército de su parte, pero su prima, Glenaerys, tenía el dinero.

Glen ya contaba con el apoyo de gran parte de la nobleza y, teniendo en cuenta que era su voto mayoritario el que elegía a la heredera a la corona (concepto anticuado, puesto que las reinas amarrianas ya no llevaban corona), Olerra estaba en una posición precaria.

Necesitaba hacer un movimiento político contundente para atraer a más a su causa, y Atalius le estaba dando una idea.

Olerra ignoró la pulla del monarca.

—¿Con qué hijo me puedo quedar? ¿Puedo elegir? ¿Quizá el más joven, Ikanos? Aún no estará demasiado influenciado por vos ni vuestras costumbres paganas.

El rey no dijo nada.

—¿No? ¿El otro, tal vez? Al parecer, Andrastus es un hombre muy apuesto.

Es poeta, ¿verdad? Sería un bonito complemento para mi harén, ¿no crees?

—Atalius no sabía que Olerra ni tenía ni quería un harén—.

¿Qué precio ponéis a vuestra vida, Atalius?

Quizá no esté pidiendo suficiente. Quizá debería pedir dos hijos a cambio de vuestra liberación. O tres. ¿Vos qué…?

—¡Basta!

La general recibió la victoria con una sonrisa.

—Ya basta —dijo Atalius—. Lo has dejado claro. Estoy en tus manos, pero no metas a mis hijos en esto.

—¿Y qué precio pagaríais por ello, Atalius? ¿Vuestro orgullo? ¿Vais a suplicar? Adelante. Suplicadme que no os arrebate a nuestros hijos para convertirlos en putos.

En el cuello del rey palpitaba una vena. Parecía estar luchando contra sus ataduras, pero estas se encontraban tan apretadas que no le permitían ningún tipo de movimiento.

—Morirás por esto. —Lo dijo con un volumen tan bajo y grave que Olerra apenas pudo escucharlo.

—¿Y cómo se supone que vais a matarme estando ahí sentado?

Atalius gritó con toda su rabia en el interior de la tienda.

Cuando terminó, Olerra pudo continuar.

—Hay una cosa más que me gustaría saber, antes de tomar una decisión. ¿Por qué no os ha acompañado ninguno de vuestros hijos hoy a la batalla? No puede ser que todos estén luchando contra los efenos.

El rey no contestó. La mayormente unilateral conversación estaba siendo cada vez más interesante.

—¿No los habéis entrenado para la lucha? —Lo pinchó—. ¿O es que son unos cobardes?

Nada.

—¿Sabéis lo que creo, Atalius? Creo que, en el fondo, sabíais que ibais a perder, y no queríais que estuvieran aquí para presenciar vuestra derrota.

El rey la miró a los ojos, y Olerra supo que había dado en el blanco.

—Ay, Atalius. No sois más que un hombre, al fin y al cabo.

Inseguro, pero con demasiada fe en vos mismo.

Impulsivo incluso atado a una silla. Condescendiente hasta cuando habéis sufrido una derrota aplastante.

Una serie de contradicciones que nunca irán en vuestro favor.

Os tendríais que haber retirado en cuando visteis a mis refuerzos.

Quizá así no os hubierais llevado una pedrada en la cabeza. ¿Qué tal va el dolor?

Olerra era consciente de que no obtendría respuesta alguna, así que, cuando terminó de hablar, se levantó y se dio la vuelta, a sabiendas del gran insulto que suponía eso en su país. Nunca se le da la espalda a un rey. Sonrió mientras se dirigía en voz baja a sus capitanas.

—Vendadle los ojos. Hacedle creer que vais a matarlo y devolvedlo a su reino. Dejadlo donde sus hijos puedan encontrarlo. Que sean testigos de su derrota. —Hizo una pausa y añadió—: Y quitadle todo lo que le hayamos dado.

—Sí, general —contestaron al unísono.

Atalius le había dejado ver, sin quererlo, sus debilidades.

Quería mucho a sus hijos, y Olerra ya estaba ideando un plan que no solo reforzaría su posición como reina en potencia con los nobles, sino que también le permitiría vengarse de Atalius por haberle costado veinticuatro guerreras en esa batalla.

El primer paso era dejarlo ir. Lo divertido vendría después.

—Adiós, Atalius —dijo mirando por encima del hombro—. Espero no volveros a ver.

Y Olerra se fue en busca de un baño caliente.