El legado de la furia (El legado de la furia 1)
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Capítulo 1
A juzgar por el exagerado tamaño de su espada, Olerra estaba segura de que aquel hombre tenía algún tipo de complejo.
Con esa ya eran cuatro las veces que la general Olerra Corasene se había enfrentado a las tropas del rey Atalius en dos años. Siempre se escondía detrás de sus soldados, berreando órdenes desde la retaguardia, el muy cobarde.
Ese día se había atrevido a dejarse ver por las primeras líneas, con su gigantesca espada hendiendo el aire como un hacha.
El propio rey era, también, gigantesco (el hombre más grande que Olerra había visto nunca, con diferencia), pero eso no implicaba la necesidad de semejante espadón. ¿A quién estaba intentando impresionar?
Además, Atalius vestía un tabardo sobre su coraza que lucía una corona negra sobre un fondo rojo sangre: el escudo de armas de Brutus.
Bien podría haberse pintado una diana.
«Soy el rey. ¡Atacadme!».
A Olerra le resultaba difícil contener la risa al pensar en un rey en el trono. Los hombres no eran aptos para gobernar. Se les provocaba con facilidad y siempre pensaban con la polla en lugar de usar la cabeza, y era por eso por lo que estaban mejor empleados en los dormitorios.
Tres nuevos brutos interrumpieron el pensamiento de Olerra, cargando contra ella todos a una.
Hicieron un barrido hacia las patas de su caballo, pero ella, con su mano y pierna izquierdas, hizo que el animal esquivara a la perfección a dos de ellos, al tiempo que introducía la punta de su espada en el visor del casco del tercero.
Tiró de su arma y la sangre salpicó de rojo su muslo y el pelaje blanco de su montura.
El capado no tenía nombre, como solía ocurrir con los caballos de guerra, pero eso no hacía más fácil verlos caer en el fragor de la batalla.
Olerra estaba decidida a que tanto ella como el caballo sobrevivieran.
En cuanto el primer soldado cayó, la general hizo que el animal se diera la vuelta.
Con un arco vertical increíblemente rápido que habría enorgullecido a Enadra, Olerra hundió su espada en el centro del yelmo del segundo bruto, partiéndolo en dos junto con su cabeza.
La hoja perdió inercia cerca de la nariz del muerto, y Olerra tuvo que poner el pie sobre el pecho del hombre para poder desencajar la espada de su cráneo.
El tercero huyó.
Ella volvió su atención hacia el rey, confiando en que estuviera, por fin, en posición, justo a tiempo para verlo asesinar a una de sus guerreras.
Pese a las incontables batallas que llevaba a sus espaldas, Olerra seguía sufriendo cada vez que perdía a una valiente luchadora.
Estaba demasiado lejos para ayudar. Tenía que mantener su posición en la cima de la colina, desde donde podía ver tanto la vanguardia como la retaguardia de las tropas brutas.
«Venga. Solo unos pasos más».
Necesitaba que el rey y sus soldados salieran del bosque.
Atalius despachó a otra amarriana con rapidez. Se agachó para esquivar su golpe y le cortó las piernas, dejándola arrastrándose en la tierra. Cuando se enfrentó a su siguiente oponente, rompió su defensa en dos movimientos antes de hundir su espada en el corazón de la guerrera.
No paraba. No frenaba.
Olerra ardía de rabia. Atalius debía de rondar los sesenta años, pero luchaba como un león.
Mirara a donde mirase en el campo de batalla, los hombres sucumbían ante la fuerza superior de sus guerreras.
Una mujer cruzó espadas con un bruto, pero tardó poco en sobreponerse a él y hundir su hoja en el cuello del hombre.
Otra cabalgaba al lado de un soldado bruto y, de una patada, lo tiró de su montura.
Una tercera amarriana cogió a un hombre del suelo y lo lanzó contra otro.
Pero el rey se mantenía firme. Una de sus guerreras logró, con un golpe bien calculado, romper las defensas de Atalius y hender su brazo izquierdo. Él gruñó, extrajo la lanza de su carne y le cortó la cabeza a la mujer.
Olerra se desesperó al ver caer a otra guerrera, pero Atalius estaba, por fin, donde ella lo quería, donde sus luchadoras en el frente lo habían llevado.
Se agachó para coger el estandarte que había clavado en la tierra antes de empezar la batalla y lo alzó, moviéndolo adelante y atrás.
Las tropas que habían estado ocultas en el bosque se unieron a la batalla, flanqueando a los soldados de Atalius desde atrás.
Ahora sí podía enfrentarse al rey.
Olerra hundió los talones en los costados de su caballo, haciéndolo correr colina abajo.
Golpeó a los soldados de a pie que se interponían en su camino, hendiendo su espada en los huecos entre los yelmos y las corazas.
Su caballo saltaba por encima de los cadáveres y los gritos de los heridos se convertían en gruñidos vagos mientras la general se acercaba a su objetivo.
Los brutos que estaban tras Atalius se habían dado la vuelta para enfrentarse a los refuerzos de Olerra, pero, a pesar de los gemidos de miedo y dolor, el rey siguió avanzando.
La rabia le daba fuerzas, imponiéndose al sentido común; lo cegaba ante los refuerzos que se unían a la refriega. Otra mujer cayó bajo su acero.
—¡Más rápido! —Olerra urgió al capado.
—¿Quién es la siguiente, eh? —gritó el rey. Se giró, mirando a su alrededor, manteniendo las distancias con una lanza que había recogido con la mano que tenía libre. Se le había caído el yelmo en su última pelea—. ¡Parece que vuestra diosa no tiene poder suficiente para protegeros a todas!
Sin frenar a su caballo, Olerra se deslizó por la silla para coger del suelo una piedra tan grande como su puño.
—¡A mí! —gritó Atalius a los soldados que se estaban retirando—. No les deis cuartel. Son…
Olerra lanzó la roca y acertó de lleno en su objetivo, que no era otro que la enorme cabeza del rey. Atalius cayó en un manojo de armadura abollada y ego masculino injustificado.
—Dejad que sus tropas huyan a sus hogares —les dijo Olerra a las soldados que tenía más cerca—. Llevad al rey a mi tienda. Ya va siendo hora de que charlemos.
Las palabras de la general eran la ley, y sus guerreras persiguieron a los soldados enemigos hasta la frontera.
Mientras tanto, Olerra ayudó a llevar a sus heridas hasta las sanadoras y concedió una muerte rápida a los brutos agonizantes que quedaban en el campo de batalla.
Dispuso a sus guerreras muertas en carros para que pudieran ser llevadas de vuelta a sus familias.
Revisó los daños que se habían causado a las afueras de la ciudad, asignando a soldados y habitantes para que ayudaran con la limpieza y las reparaciones.
Compensó a las familias que habían perdido ganado y a los negocios que habían perdido beneficios durante la hora que había durado la batalla.
Olerra podía llegar a ser reina algún día. Y trabajaría para su pueblo. Para hacerles ver que ella era la que debía sentarse en el trono.
No la insoportable de su prima.
Cuando todo estuvo como tenía que estar, Olerra volvió a su tienda. Aún le quedaba una tarea pendiente.
Atalius se encontraba sujeto a una silla, maniatado y amordazado.
Le habían curado las heridas y limpiado; también le habían dado ropa limpia y comida caliente.
No se lo merecía. Olerra, aún manchada de sangre seca y tierra, cogió una silla de la mesa de guerra, le dio la vuelta y se sentó, con los brazos reposando sobre el respaldo del asiento.
Hizo un gesto con la mano hacia el rey, y una de sus capitanas se acercó para quitarle la mordaza a Atalius.
Tosió cuando se la quitó, pero no dijo nada.
Dos años llevaba luchando por esa ciudad fronteriza. Shamire era rica en recursos, con sus dorados campos de trigo y el río Fren atravesándola. Los mercaderes de los reinos vecinos de Kalundir y Ephenna solían ir allí para comerciar. La ciudad era una bendición para quienquiera que la gobernara.
La reina Lemya, tía de Olerra, había conquistado la ciudad de los brutos hacía décadas, y ahora era ella quien tenía que mantenerla.
Cuando Vorika, su jefa de inteligencia, la había informado de que Atalius pretendía atacar la ciudad, Olerra había dispuesto a sus tropas para darle la bienvenida con toda la fuerza de Amarra.
Ahora que el rey y la general se conocían cara a cara, el hombre no tenía nada que decir.
Pero ella lo haría hablar.
—Normalmente os comportáis como un cobarde, Atalius —le dijo, mirándolo directamente a los ojos—, y salís corriendo antes de que nos podamos presentar como es debido. No creía que fuerais capaz de quedaros y asumir las consecuencias de la derrota. ¿Al final os habéis cansado de huir?
Viendo que eso no daba resultado, probó con un enfoque distinto.
—Soy Olerra Corasene, reina potencial de Amarra, y os he vencido las cuatro veces que habéis intentado tomar Shamire. Me parece que va siendo hora de que admitáis que no podéis reconquistarla.
Atalius apretó la mandíbula, procurando que no se le fuera la lengua.
—¿No tenéis nada que decir? Quizá esto os interese más: vuestro destino.
¿Qué debería hacer con vos? —Se dio unos toques en la barbilla, pensativa—.
Podría mataros, sin más, pero me preocupa que uno de vuestros muchos hijos heredara el trono y declarase una insensata campaña contra mi reino para vengarse.
Por mucho que me gusten estas escaramuzas fronterizas nuestras, no creo que nadie quiera que estalle una guerra a gran escala.
Sobre todo, vos. Tengo entendido que ya estáis demasiado ocupado con los efenos en la frontera sur.
¿De veras queréis dividir vuestras fuerzas para luchar contra un segundo reino?
Después de unos segundos, el hombre atado a la silla habló por fin:
—No deseo que haya una guerra entre nosotros.
Al menos no era completamente idiota.
—Podría pedir un rescate —reflexionó Olerra—, pero la verdad es que no nos hace falta el dinero. Shamire es una constante fuente de ingresos, además de nuestros otros activos. Quizá debería pedirlo igualmente; dejar a vuestro reino en bancarrota para que os cueste más volver a atacar.